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dom 19 May 2013

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ECONOMíA

21:58 | 21/07/2012

La productividad y los salarios reales

Por Pablo Tonelli, economista.

La columna económica semanal de Pablo Tonelli.

La columna económica semanal de Pablo Tonelli.

La productividad laboral es una medida  de la cantidad de trabajo  necesaria  para poder producir una unidad de un determinado producto. Es decir que constituye una cuantificación del rendimiento de la mano de obra en término de productos terminados.

La medida es en extremo relevante, por un lado para los empresarios, para quienes  la cuestión se toma ´por el lado de los costos, es decir no sólo cuánto debe pagar el capitalista en concepto de salarios sino en “cuanto rinde” la mano de obra en términos de los bienes producidos. Como afirma Javier Lindenboim “ el punto en cuestión, sin embargo, pasa por la respuesta a lo siguiente: Si la productividad del trabajo aumenta en un monto dado, ¿cuánto de ello deberá quedar en posesión del empleador y cuanto en manos del trabajador? La respuesta a esta simple pregunta expresa una de las contradicciones más claras del capitalismo.”..

Este interrogante no forma parte de las preguntas de la economía ortodoxa. Para los neoclásicos la producción surge de la interacción de los llamados “factores de la producción”, el trabajo, el capital y la tierra, que en forma conjunta constituyen la llamada “función de producción”, factores que perciben por su participación en el proceso de generación de bienes diferentes retribuciones, el salario, la ganancia y la renta, en lo que constituye un simple proceso técnico de asignación de recursos. Dicha participación es fijada por su productividad marginal, es decir en cuanto aumenta la producción de cada factor al agregarse una unidad más a lo producido. En este esquema el empresario empleará trabajadores e incrementará el producto producido hasta el momento en que incorporar una unidad más de trabajo disminuya su retribución (la ganancia, retribución del capital). El trabajo se incorporará al proceso productivo hasta que el valor de una unidad más del mismo disminuya la retribución del capital. Así cada factor se emplea en el proceso productivo hasta el límite de su productividad marginal en condiciones de mercado de libre y absoluta concurrencia, es decir un mercado librado a sus propias fuerzas sin injerencias externas  obtiene una armónica situación de equilibrio.

Vinculado a este pequeño y muy rudimentario ejemplo, debo agregar que el pensamiento neoclásico utiliza una noción vinculada a la idea de productividad que denomina PTF (productividad total de los factores) que se asocia a la idea de las mejoras que produce el proceso técnico, al combinarse capital y trabajo, es decir lo que permita elevar el producto por fuera de la existente, en una situación dada, tecnología incorporada al capital o al trabajo. A mi juicio y como afirma Rolando Astarita “en todos los cálculos neoclásicos está subyacente lo que se llama el problema del pastel (Nelson 1981, Felipe 2008). Supongamos que cocinamos un pastel, en que empleamos x cantidad de harina y cantidad de agua, z cantidad de trabajo, más cierto tiempo de cocción ¿Cómo es posible determinar que tanto por ciento del pastel corresponde a la contribución de la harina, qué tanto a la contribución del agua, etc.? No tiene sentido…” En el capitalismo real los instrumentos que el empresario utiliza son para elevar su ganancia incrementando la productividad de sus trabajadores. La única relación pertinente de ser analizada es desde esta perspectiva, que comparto, es  la de la productividad del trabajo.

En ese sentido, valga una primera definición: La productividad del trabajo en la Argentina es marcadamente inferior a la de los países centrales, esto forma parte de aquella vieja distinción de nuestro país como “estructura productiva desequilibrada” , una productividad media que según Iñigo (economista argentino) se ubica en el período 1950-2004 en un 20 % de la estadounidense y según Katz hacia mediados de los noventa en un 33 %.  No existen mediciones más recientes,(al menos no las conozco) aunque empíricamente podríamos afirmar que dicha “brecha de productividad”  ha disminuido, sin alterar aún su relevancia. Afirmo esto por la llamada ley de Kaldor-Verdoorn, dos prestigiosos economistas que sostienen y han demostrado una correlación entre el incremento del producto (PBI) y la productividad del trabajo en el sector industrial. Es decir que el fuerte crecimiento de estos años y del sector industrial en particular han mejorado en alguna medida este indicador.

Veamos que dice Lindenboim al respecto “Finalmente, detrás de la recuperación  de la participación asalariada hasta 2006 encontramos un crecimiento del salario real mayor que el de la productividad (18% y 10%, respectivamente), con una particularidad: mientras que ésta ya había superado la pérdida post devaluación, aquél se encontraba aún 8,5% por debajo de su nivel de 2001. Si incorporamos lo que presuntamente habría sucedido en los siguientes cuatro años, esta última tendencia se encontraría reforzada, en tanto el incremento de la participación asalariada del 30% en 2002 al 41,4% en 2010 se explicaría por una expansión del salario real del 34% y de la productividad del 30%.”….La situación del 2011, empíricamente, dados los indicadores conocidos, (crecimiento del PBI, incremento del salario real) deben haber mejorado parcialmente estos guarismos.

 

En 2012 claramente el crecimiento del producto no inducirá a significativas mejoras de la productividad y el control de cambios vigente, junto con el modelo de sustitución de importaciones elegido no permitirán un desarrollo de las empresas locales a una escala de producción que se aproxime a acortar la “brecha de productividad”, esto debido al pequeño tamaño de nuestro mercado local.

 

Entonces qué debemos hacer para sostener el crecimiento, mejorar la productividad y el salario real?

 

El eje pasa a mi juicio por la implementación de la política industrial: Como afirma Juan Graña, economista del CONICET, “la planificación debe considerar la transformación del aparato productivo en dos ejes, la concentración y logro de tecnologías de producción y escala internacionales en productos donde ellos sean centrales y el posicionamiento por diferenciación de producto donde ellas no lo sean.”  Concentración del sector pyme de alto empleo y baja productividad y una activa política de transformación de la estructura productiva incorporando tecnología, para lo cual deben reunirse en un solo organismo los hoy dispersos esfuerzos del Ministerio de Ciencia y Técnica, del Ministerio de Industria, del INTI  y del INTA. El estado debe volcar aquí recursos del ANSES, de las retenciones a la producción primaria exportadora, del sistema financiero público y establecer metas sectoriales y empresariales de exportaciones industriales e inversiones y contribuir al incremento de la escala del sector pyme apoyando su concentración productiva, ayudando a la generación de mayor valor agregado, apostando al crecimiento de los salarios reales de empresas más competitivas. La sustitución de importaciones forma parte de este proceso, pero no impulsado por la mera necesidad de contar con divisas, haciendo que las empresas que importan por ejemplo semi conductores exporten arándanos. Esto es coyuntural, soluciona un apremio existente pero  no puede fundar una política de largo plazo.

 

Esta nota  ha evitado deliberadamente hablar de inflación y de tipo de cambio para centrarse en esbozar una línea de acción que es la única que permitirá resolver estas cuestiones en el tiempo. Una industria competitiva no necesita un “tipo de cambio competitivo” especial, una adecuada oferta de productos torna menos traumática (no elimina) la modificación de los precios. Si se expande la productividad de la economía el salario real podrá seguir creciendo y disputar con el capital las mejoras de productividad, no de otra manera.

 

 

 

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