Opinión

Proscripción constitucional

¿Y la Democracia?

Mucho se ha hablado en las últimas semanas de la imagen positiva que mantiene la Presidenta de la Nación, así como del balance optimista de once años de ‘Gestión K’. Por ejemplo a instancias de las últimas encuestas de CEOP.

Casi como contracara de una misma medalla, ha sido puesta de relieve la inexistencia de partidos, frentes, dirigentes y proyectos del ‘arco opositor’ capaces de concitar grandes adhesiones como para legitimar un hipotético ‘cambio de rumbo’.

 

Pararse ante esos dos datos que, con o sin encuestas, parecen reflejos fidedignos del sentir popular mayoritario, moviliza en nuestro pueblo organizado innumerables reflexiones, algunas de las cuales acaso sirvan de puntapié para la formulación de análisis y propuestas no sólo teóricas sino también estratégicas.

Una de esas reflexiones o propuestas teóricas, que el Nuevo Encuentro Tierra del Fuego quiere aportar al debate que nos debemos como Nación, parte de recuperar, de modo crítico, la historia, en el tramo que inaugura la revolución fusiladora de 1955.

 

Generalmente el relato histórico resalta el carácter fáctico del gobierno establecido a partir del golpe de estado. Nosotros, sin restarle gravedad a esa nota, nos proponemos poner el acento en el carácter antidemocrático del proceso que allí se inició, y que duró (salvo el pequeño intervalo de un par de años desde 1973) hasta 1983.

 

La nota esencial del carácter antidemocrático del proceso la pone la proscripción del peronismo (que incluyó exilio, persecución, fusilamientos y todo lo que ya sabemos). Esa nota se agrava si computamos que los principales afectados por la proscripción eran el movimiento, el proyecto y el líder políticos más legitimados por el pueblo de la Nación.

 

Diferenciamos las dos caracterizaciones negativas de la fusiladora y sus 18 años posteriores (ser un gobierno de facto, por un lado, y cimentar un proceso antidemocrático, por el otro) porque en estricta teoría, despojada de todo juicio de valor, es pensable que un gobierno de facto (por la forma de su ascenso) sea democrático (por su manera de conducir en los hechos el movimiento social y el proceso histórico), como es pensable que un gobierno democrático en las formas sea antidemocrático en la gestión, al imponer un proyecto contrario a los intereses de las mayorías populares y de la soberanía de la nación.

 

Entonces, si nos enfocamos más en el carácter democrático o antidemocrático de un proceso, que en su condición de origen de facto o de derecho, podemos afirmar que hasta una Constitución puede ser antidemocrática. Por ejemplo por ser proscriptiva de determinados espacio, dirigente o proyecto políticos legitimados por el pueblo en su inmensa mayoría.

Cuando se plantea una crisis, una tensión, un conflicto entre la Constitución y la Democracia, tomamos partido por la Democracia. La Constitución es instrumento de la Democracia, y no al revés. La democracia no se negocia; en tanto que una Constitución puede cambiarse todas las veces que el pueblo y la Democracia lo necesiten. De hecho hay Democracias que ni siquiera tienen Constitución formalmente sancionada por una Convención, y la van gestando al impulso de la historia y de la jurisprudencia de los precedentes que la receptan (por ejemplo en el Common Law).

 

De este punto de vista la situación que se avizora para Cristina Fernández de Kirchner a partir de 2015 es de antidemocracia, porque es de proscripción. No por la vía de facto, pero sí por la vía constitucional, lo cual es aún más grave.

 

El establishment que maneja el mundo nos ha llevado a asociar inconscientemente Democracia con Constitución, y nos ha impuesto textos constitucionales –que sacralizamos- a la medida de sus intereses y privilegios corporativos.

 

Falsos demócratas acusan al pueblo, sus proyecto y líder, de ‘populismo’, en nombre de la república y las instituciones, pretendiendo esconder que se tratan de formalismos de otros lugares (Francia, Europa, EEUU) y de otra época (1776, 1789).

 

El invento soberano, de nuestros pueblo, territorio e historia, es la Democracia, que ha de condicionar la república, las instituciones y la Constitución en tanto resulten útiles al proceso nacional, popular y democrático que surja del ejercicio de la libertad de autodeterminación, y que en caso contrario deberemos cambiar o reemplazar. Y si eso es populismo, parafraseando a San Martín diremos ‘seamos populistas, que lo demás no importa nada’.

 

El pueblo argentino no puede permitirse, en la segunda década del S. XXI, un proceso antidemocrático, ni con la excusa de una Constitución, vigente, a la postre proscriptiva del movimiento, del proyecto político y de la líder más legitimados. De lo contrario terminaremos forzados a optar entre quienes no cuentan con legitimidad (como en 1958, como en 1963, etc.), repitiendo la historia decadente de la que nos llevó tres décadas empezar a salir.

 

Y la Democracia no es plataforma de un partido. Es consenso unánime e irrevocable de nuestro pueblo y de su historia, por ende todos los partidos y dirigentes políticos que a lo largo de estos 11 años de kirchnerismo no han podido movilizar la pasión popular hacia otra alternativa debieran, en homenaje a la democracia y en un arrebato de grandeza y sabiduría, habilitar que nuestro pueblo pueda elegir con libertad.

 

Reformar la Constitución es aprender de esa historia triste y oscura que empezó en 1955. No sólo los golpistas sino todos y todas los que validaron la proscripción y el exilio participando del proceso en sus diferentes etapas, inclusive electorales, fueron cómplices de la antidemocrática proscripción. Esta vez debieran ‘saber perder’ y dejar que gane el/la mejor. No será porque no han tenido oportunidad de competir libremente que no ganen, si acaso.

No hagan como los golpistas. ¡Viva la Democracia!.