Un verdadero gigante del pensamiento moderno, Ludwig Wittgenstein creía que todos los problemas de la filosofía surgen del uso erróneo del lenguaje. Aunque esta opinión, expuesta en sus primeros escritos, parece inverosímil hoy en día, Wittgenstein tenía razón.
Desde el comienzo de la crisis de deuda soberana, dos analogías falsas han prevalecido en el debate público sobre Europa: la primera esboza paralelismos entre la situación actual en la periferia de la eurozona y la crisis de Argentina en 2001, mientras que la segunda, especialmente popular en la prensa británica, compara el proceso de unificación europea con la federalización de los Estados Unidos de América.
Con respecto a la primera analogía, es casi imposible seguir el debate sobre la crisis del euro por una semana sin encontrarse con un artículo que compare a Grecia y el resto del sur de Europa con Argentina. El ejemplo más reciente que vi, fue escrito por Thomas Catan y Marcus Walker y publicado en el Wall Street Journal el 19 de mayo: «Al igual que los países que se incorporaron a la zona euro, Argentina, en la década de 1990 cedió el control sobre su propia moneda, fijando el 1 a 1 con el dólar estadounidense … Como los miembros actuales del euro hoy, Argentina tuvo que sonreír y aguantar hasta que los salarios y los precios bajaron lo suficiente para que el país vuelva a ser competitivo «, se lee en el artículo. Los autores afirman que la Argentina debería ser «una advertencia» para los líderes europeos, porque los argentinos, como los griegos o los españoles, apoyaron la paridad del peso con el dólar, hasta que de repente se detuvo.
La analogía es indignante. Argentina, al igual que decenas de países antes y después que ella, había optado por fijar su moneda a otra, es decir, el dólar. De hecho, esto no es inusual en la economía internacional. Los 17 miembros de la zona euro, por su parte, han optado por condenar a sus propias monedas y adoptar «irrevocablemente» otra. A veces me pregunto cómo la gente no puede ver la diferencia en este caso: la dracma, la lira, el marco alemán, simplemente no existen en la actualidad. Por lo tanto, nadie puede desvincularlas del euro o del dólar. Permítanme decirlo de otra manera: Argentina devaluó su moneda, Grecia tendrá que introducir otra. La nueva moneda no será la dracma de la década de 1990. Solamente tendrá el mismo nombre que la dracma.
Es cierto que no hay una decisión en política que sea verdaderamente irrevocable. Así que los chipriotas o los griegos, por ejemplo, podrían optar por ignorar el caos logístico de abandonar el euro e imprimir una nueva moneda. ¿Pero tendrá la nueva moneda, que será expedida por los Estados en bancarrota, valor de cambio alguno? ¿La aceptarán los rusos a cambio de petróleo, y los estadounidenses a cambio de medicamentos? Especialmente Grecia que, a diferencia de Argentina, no es un exportador neto de materias primas (o cualquier material para el caso), no tiene medios para apoyar a la nueva moneda. Los griegos pueden imprimir tanta moneda como les guste, pero ¿serán capaces de comprar electrodomésticos, coches o incluso alimentos producidos en el extranjero con ella? La respuesta es no. Claro, tendrán dinero real en sus manos, pero aún así serán «pobres», probablemente mucho más pobres de lo que son ahora.
Hay otra diferencia más obvia entre la zona euro y Argentina. El gobierno de Buenos Aires decidió desvincular su moneda de la moneda de una nación extranjera. En el caso de la zona euro, la moneda única es la parte más importante de una estructura sumamente compleja de toma de decisiones unificada que vinimos a llamar la Unión Europea. Al igual que el euro, la UE también es una construcción única en la historia moderna y todas las analogías entre este y otros casos de crisis económicas son infundadas. La Unión Europea se basa en la premisa de una «unión cada vez más estrecha». Por supuesto, se puede retrasar todo el proceso e incluso llevarlo a un punto muerto, como el gobierno británico demanda. Pero si se le da marcha atrás mediante la disolución del euro, esto dará lugar a una reacción en cadena de «renacionalizaciones», que llevará a la UE a su fin. Y eso es sólo en el mejor de los casos. De hecho, el escenario más probable es que el caos que se producirá inmediatamente después de la disolución del euro lleve a la muerte súbita de la UE. No hace falta ser un genio para entender que los intereses económicos, políticos y geoestratégicos son inmensamente más grandes para los estados miembros de la eurozona que lo que fueron para Argentina en 2001. No estoy diciendo que esa eventualidad es imposible, pero será algo que no hayamos visto antes, al igual que la Unión Europea no se parece a nada que hayamos visto antes.
Y eso nos lleva al segundo punto. El término «Estados Unidos de Europa», que se utiliza tan a menudo en la prensa británica, erróneamente equipara la Unión Europea a los EE.UU. e implica que Bruselas es (o que pronto será) la capital de un estado federal. Nada podría estar más lejos de la verdad. En cada estado federal del mundo, el gobierno central es responsable de la «alta política», sobre todo la defensa, la política exterior y el presupuesto. Los gobiernos locales, por su parte, son relativamente libres de decidir en cuestiones de «baja política», como escuelas, asistencia sanitaria, etc. Lo qué sucede en la UE es exactamente lo contrario. Sus estados miembros son estrechos aliados (la mayoría son miembros de la OTAN de todos modos), pero no tienen una política común de defensa. Hay un cierto grado de coordinación en los asuntos exteriores, pero raramente unanimidad, ni que hablar de planificación central. Y el presupuesto central de la UE es sólo un 1% del PBI total de la región. Los Estados nacionales recaudan impuestos y deciden dónde y cómo van a gastar la mayor parte de su dinero. El pacto fiscal, que fue firmado voluntariamente entre los gobiernos soberanos de la UE, sólo pone un límite a la cantidad que se les permite gastar.
A diferencia de los Estados federales, la UE es responsable de la microgestión en los terrenos de la «baja política». Esto, obviamente, es molesto para algunos de nosotros porque Bruselas tiene que decidir sobre cosas triviales, pero también es la única forma de que un mercado único funcione. Alguien tiene que elaborar y hacer cumplir las reglas de la competencia, el comercio, las patentes, el reconocimiento de las cualificaciones profesionales, etc. De otra manera la libre circulación de bienes, capitales, servicios y personas que hacen de la UE, por lejos, el mayor mercado del mundo, sería imposible. De hecho, son los Estados miembros y los representantes de los gobiernos nacionales los que deciden la mayoría de estas normas, en las reuniones del Consejo de Ministros. La Comisión de la UE sugiere en gran medida las directivas a los Estados miembros, aplica sus decisiones y actúa como el guardián de los tratados que los gobiernos nacionales han acordado. Incluso para los Estados miembros de la zona euro, el más poderoso órgano de toma de decisiones no es la comisión, sino el Eurogrupo, que se compone de los ministros de Finanzas de los países miembros.
En otras palabras, la UE y la zona euro son estructuras únicas. Las analogías con los EE.UU., Argentina y otros lugares del mundo, son erróneas y sólo confunden el tema. Así que por favor, colegas, simplemente paren con las analogías, sino es por otra razón, porque Wittgenstein estaría furioso con ustedes.
Fuente: The Guardian, Reino Unido

