Internacionales

Laura Finley. Traducción de Ana Vallorani

En solidaridad con los pueblos indígenas

Por lo que entiendo, los acuerdos entre dos partes competentes y que puedan dar su consentimiento se supone que son vinculantes, con repercusiones si una de las partes viola lo que se ha acordado y codificado en un documento legal.

Esto es, por supuesto, a menos que sea el Estado el que entre en este tipo de acuerdos con los pueblos indígenas. Entonces, estos documentos legales no quedan más que de la boca para afuera, o eso parece en base a las acciones de los EE.UU., Canadá y otros gobiernos que pisotean y siguen pisoteando los derechos de los pueblos indígenas con impunidad. En lugar de tener que rendir cuentas a los acuerdos jurídicamente vinculantes que han firmado, estos gobiernos siguen privando a  los pueblos indígenas de sus tierras, sus medios de vida y sus culturas. Peor aún, tienen el descaro de señalar con el dedo a estos pueblos y sus aliados que se resisten a la continua destrucción de sus tierras y recursos, llamándolos criminales.

 

El gobierno de Estados Unidos ha negociado unos 600 tratados con los nativos, la mayoría de los cuales ha violado. A modo de ejemplo, si hubiera adherido a su propio acuerdo, la Nación Lakota habría abarcado gran parte de la región central occidental (y algunas partes de la región oriental de lo que hoy llamamos Occidente), con los vastos recursos que ofrecen la tierra y el agua en esa región. En cambio, muchos Lakota viven en las reservaciones (o campos de prisioneros de guerra, como bien podrían ser llamados) como Pine Ridge, que es anualmente uno de los lugares más pobres de los Estados Unidos. Las tasas de desempleo rondan el 70 por ciento y, desde 2011, casi el 50 por ciento de los residentes de Pine Ridge viven por debajo del umbral federal de pobreza. Como un país del tercer mundo, la esperanza de vida ronda entre los 40 años y comienzos de los 50, en marcado contraste con el resto de los EE.UU., donde la mujer promedio vive hasta los 81, y el hombre promedio hasta los 76. Sin embargo, cuando los pueblos indígenas se han organizado, como el Movimiento Indio Americano lo hizo en los años 1960 y 1970, son presentados como una amenaza, no como parte de la solución.

 

Canadá no ha hecho las cosas mucho mejor. En lugar de honrar sus acuerdos con los grupos indígenas, el gobierno canadiense ha robado la tierra y envenenado el agua, el suelo y el aire en el que muchas de las Primeras Naciones viven. El 15 de octubre de 2013, el relator especial de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas James Anaya emitió un duro informe, y señaló que el 20 por ciento de los pueblos aborígenes de Canadá viven en casas que necesitan reparaciones serias y que la tasa de suicidio entre los jóvenes aborígenes es cinco veces mayor que la de todos los canadienses. Anaya calificó la situación de «crisis «, y, entre otros factores, remontó el origen a las políticas del gobierno canadiense que rompieron hogares y destruyeron la cultura mediante el envío de jóvenes indígenas a horribles internados donde los obligaban a ser lo más blancos posible.

 

Pero, en lugar de reflexionar críticamente sobre el informe de Anaya, el gobierno canadiense optó por oprimir aún más a este ya marginado grupo. Hace apenas unos días, cuando los pueblos indígenas y sus aliados se organizaron para protestar contra el fracking en New Brunswick (un proceso de extracción de gas natural que devasta la tierra y las aguas subterráneas) la Policía Nacional respondió con la fuerza. En vez de escuchar las voces de los pueblos indígenas sobre el gasoducto de Tar Sands, el gobierno canadiense ha criminalizado sus voces y continúa con el saqueo.

 

Así, mientras que los EE.UU. y Canadá son dos de las naciones más ricas del mundo, ambas deberían asumir la responsabilidad y pagar el precio de convertirse en esto a través de la extracción de recursos y tierras que no les pertenecieron y no les pertenecen.

 

Los pueblos indígenas y sus partidarios no tienen que guardar silencio sobre estas cuestiones y no lo guardarán. Grupos como Idle No More han organizado, llevado a las calles, y utilizado la danza tradicional indígena y la cultura, así como enseñado y llevado a cabo otras acciones directas no violentas en pos de organizar a las comunidades para hablar sobre las políticas represivas. Tuve la suerte de escuchar a representantes de Idle No More recientemente y de participar en uno de sus encuentros. Llamarlo una experiencia de humildad es un eufemismo.

 

Para los lectores que no están familiarizados con estas historias, les suplico que se eduquen a sí mismos. Hay mucho más que la historia que he presentado aquí. Cuando lo hagan, ustedes también estarán indignados, y es de esperar que se sientan llamados a actuar, a apoyar a los pueblos indígenas en su lucha por recuperar lo que es legítimamente suyo, y para asegurar que puedan criar a sus hijos en entornos no tóxicos. Es lo menos que podemos hacer.

Fuente: Common Dreams, EE.UU.