Internacionales

John Nichols. Traducción de Ana Vallorani

El legado de Mandela

La Constitución de Sudáfrica no se anda con rodeos en cuanto al acceso a la atención médica.

John Nichols. Traducción de Ana Vallorani

 

«Toda persona tiene derecho a tener acceso a servicios de salud, incluida la atención de la salud reproductiva», declara el documento, agregando que: «El Estado debe tomar medidas legislativas y de otro tipo, dentro de sus recursos disponibles, para lograr la realización progresiva de cada uno de estos derechos.»

 

En un momento en que Estados Unidos está involucrado en un debate arcaico sobre si se debe tratar de proporcionar acceso universal a la atención médica, la mayoría de otros países entienden muy bien lo absurdo de condicionar el acceso a las necesidades humanas básicas – incluyendo el acceso a la atención sanitaria, la vivienda y la educación – a la capacidad de pago.

 

Este entendimiento fue defendido por Nelson Mandela, cuya vida y legado están siendo honrados esta semana por el presidente Obama, miembros del Congreso y líderes de todo el mundo. Como corresponde, los monumentos a Mandela coincidirán con el 65 aniversario de la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (el 10 de diciembre de 1948) por la Asamblea General de las Naciones Unidas: un documento que el ex presidente sudafricano veneró como un criterio para la construcción y el gobierno de la nación.

 

Mandela, abogado de profesión y estudiante de las constituciones, dirigió Sudáfrica hacia una comprensión amplia de los derechos humanos. Cuando su país aprobó la Constitución en 1996, anunció que: «La nueva constitución nos obliga a tratar de mejorar la calidad de vida de las personas. En este sentido, nuestro consenso nacional reconoce que no hay nada más que pueda justificar la existencia del gobierno, sino el corregir los siglos de privaciones indecibles, mediante el esfuerzo por eliminar la pobreza, el analfabetismo, la falta de vivienda y la enfermedad. Nos obliga, también, a promover el desarrollo de las estructuras independientes de la sociedad civil.» 

 

Hay muchas razones para honrar a Mandela. Y hay mucho que tomar de su legado.

 

Pero es absolutamente vital, ya que nos centramos en este hombre, recordar sus sabias palabras en materia de derechos humanos, y del papel que el gobierno tenía en asegurar el acceso a esos derechos.

 

Mandela abrazó la gran visión de los idealistas del siglo 20 quienes, al final de la Segunda Guerra Mundial, reconocieron la responsabilidad de abordar la desigualdad que fomenta el miedo, el odio y el totalitarismo. Fue un estadounidense, Eleanor Roosevelt, quien recordó a sus conciudadanos hace setenta años que: «En todo momento, día a día, tenemos que seguir luchando por la libertad de religión, la libertad de expresión, la liberación del miedo y de la miseria: estas son cosas que deben ser conseguidas tanto en la paz como en la guerra.»

 

El presidente Franklin Roosevelt, en su discurso » cuatro libertades» de 1941, comenzó a acercar una definición más amplia de los derechos humanos, hablando no sólo de las libertades de la Primera Enmienda, sino también de una «libertad del querer que, traducido en términos mundiales, significa entendimientos económicos que garantizarán a cada nación una vida saludable en tiempos de paz para sus habitantes, en todas partes del mundo.»

 

Después de la muerte de su esposo en 1945, Eleanor Roosevelt llevó adelante su visión en un papel dinámico como la primer presidente de la Comisión de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos. Ella supervisó el desarrollo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un documento que afirma: «Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social y tiene derecho a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional y de acuerdo con la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad.»

 

La declaración también sostuvo la promesa de que: «Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado para la salud y el bienestar de sí mismo y de su familia, que incluye alimentación, vestimenta, vivienda, asistencia médica y los servicios sociales necesarios; y el derecho a seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.» 

 

Cuando se celebró el 50 º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1998, Mandela se dirigió a la Asamblea General de la ONU.

 

«Nacida en las postrimerías de la derrota de los nazis y del crimen fascista contra la humanidad, la presente Declaración mantiene en alto la esperanza de que todas nuestras sociedades serán, en el futuro, construidas sobre los cimientos de la gloriosa visión especificada en cada una de sus cláusulas,» dijo Mandela, que había hecho la transición en la década anterior de prisionero a presidente de Sudáfrica. «Para los que tuvieron que luchar por su emancipación, tanto como para nosotros que, con su ayuda, tuvimos que liberarnos del sistema criminal del apartheid, la Declaración Universal de los Derechos Humanos sirvió como la reivindicación de la justicia de nuestra causa. Al mismo tiempo, constituye un reto para nosotros para que nuestra libertad, una vez lograda, se dedique a la realización de las perspectivas contenidas en la Declaración.» 

 

Mandela aceptó ese desafío, y explicó que seguía quedando insatisfecho en gran parte del mundo.

 

«El mismo derecho de ser humano se le niega todos los días a cientos de millones de personas como consecuencia de la pobreza, la falta de disponibilidad de las necesidades básicas como la alimentación, el empleo, el agua y la vivienda, la educación, la salud y un medio ambiente sano», dijo. «El fracaso en lograr la visión contenida en la Declaración Universal de Derechos Humanos encuentra una dramática expresión en el contraste entre la riqueza y la pobreza que caracteriza la brecha entre los países del Norte y los países del Sur como así tambien entre los distintos países de todos los hemisferios.»

 

El presidente de Sudáfrica fue explícito en sus críticas a los líderes que fallaron – por «actos de comisión y omisión» – en hacer frente a la injusticia civil y económica.

 

«Lo que estoy tratando de decir es que todos estos males sociales que constituyen una ofensa a la Declaración Universal de los Derechos Humanos no son un resultado pre-ordenado de las fuerzas de la naturaleza o el producto de una maldición de los dioses. Son consecuencia de las decisiones que los hombres y las mujeres toman o se niegan a tomar, los cuales no dudarán en prometer su dedicado apoyo a la visión expresada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos», explicó.

 

Mirando hacia el futuro, Mandela concluyó: «el desafío planteado para los próximos 50 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos, en el próximo siglo, cuyo carácter se debe ayudar a conservar, consiste en saber si la humanidad, y especialmente aquellos que ocupan posiciones de liderazgo, tendrá el coraje para asegurar que, por fin, podamos construir un mundo humano en consonancia con las disposiciones de esa Declaración histórica y otros instrumentos de derechos humanos que se han adoptado desde 1948».

Fuente: The Nation, EE.UU.