Los brillantes y casi unánimes homenajes que le serán rendidos al Rey de España Juan Carlos I con motivo de su abdicación esta semana podrían darle alguna pauta al observador escéptico para el pensamiento. ¿Puede alguien ser tan bueno y tan noble en la política contemporánea?
¿Es Juan Carlos en realidad un hombre sin sombra? Vamos a encontrar, por supuesto, muchas referencias en estos tributos en cuanto a cómo su posición una vez impecable ha sido erosionada por acusaciones de corrupción creíbles contra los miembros de la familia real, y por su propio estilo de vida extravagante y relaciones extramaritales. Pero estas cuestiones son poco más que pecadillos si lo que sus obituarios políticos están diciendo es cierto. El punto central se resume en el titular de un artículo de Javier Cercas en El País: «Sin el rey no habría democracia».
Si esta afirmación fuera cierta, cabría preguntarse: ¿qué tipo de democracia necesita un rey que le de permiso para existir? Una contra- declaración apropiada podría ser: el tipo de democracia que se ha creado con la condición de que los crímenes de guerra cometidos por los generales, terratenientes, banqueros y obispos que destruyeron la democracia anterior de España sigan siendo inmunes a la investigación, y donde los valores de la dictadura que le siguió a tal destrucción aún sobreviven en las declaraciones de los políticos conservadores, clérigos, jueces y oficiales del ejército actual.
De hecho, por supuesto, España es un país mucho más complicado – y sofisticado – de lo que cualquier declaración sugiere, aunque todas contienen un grano de verdad. No podemos saber qué tipo de España habría surgido sin este rey en particular, pero no hay duda de que las fuerzas democráticas fueron claramente vaciadas de la estructura de la dictadura durante muchos años.
Vivir en España en los años crepusculares al régimen de Franco era vivir en universos paralelos. En la calle, la mayoría de las veces, el estado policial funcionaba con eficiencia aparente. Pero a puertas cerradas, las corporaciones internacionales estaban negociando con sindicatos democráticos ilegales y sacerdotes valientes estaban permitiendo que partidos democráticos ilegales se reunieran en las iglesias y monasterios. España estaba madura para el cambio total y los agentes de ese cambio eran millones de individuos actuando colectivamente, y no un solo rey- héroe.
Juan Carlos sin duda se merece un crédito considerable por facilitar ese cambio, y por garantizar que sucediera de una manera relativamente incruenta. Su coraje, paciencia e inteligencia maquiavélica fueron bastante notables. Tuvo éxito, enfrentando grandes dificultades, en persuadir a la mayoría de la clase dirigente franquista de que nada importante cambiaría si España se convertía en una democracia, mientras que convenció a la oposición democrática de que los cambios serían reales y sustanciales. Pero él es una figura mucho más ambigua que lo que los testimonios actuales sugieren.
Hay signos de interrogación reales sobre la naturaleza y el alcance de la transición tan alabada de España a la democracia, y éstos tienen sus raíces en el papel de Juan Carlos.
No debemos olvidar que el joven príncipe estaba estrechamente instruido en los valores de la dictadura por el propio Franco. Tanto es así que cuando él llegó al trono muy pocas personas esperaban que conduciera a España hacia la democracia. Franco dijo la famosa frase, después de haber puesto en marcha la sucesión de Juan Carlos, de que «todo estaba atado y bien atado». Esto normalmente se interpreta en el sentido de que esperaba que Juan Carlos continuara la dictadura como era en ese momento, y que, por lo tanto, el rey merecía grandes elogios por mantener el lugar del dictador.
Sin embargo, hay una visión más oscura: Franco reconoció que la dictadura como tal ya no era viable. Pero él quería asegurarse de que los valores fundamentales que siempre había defendido – el papel de la Iglesia Católica, la primacía de los derechos de la propiedad privada y, sobre todo, la «unidad eterna» de España – podrían sobrevivir a la transición. También quería asegurarse de que no habría ninguna investigación de los crímenes de los que él y sus seguidores habían sido responsables. Estos valores estaban todos consagrados en la Constitución de 1978 que, supuestamente, completaba la transición a la democracia. Y el «pacto del olvido», que era la condición tácita de esa transición, evitó que la gente erigiera justos monumentos por las decenas de miles de muertos de la guerra civil enterrados en fosas clandestinas en todo el país durante las dos décadas que le siguieron.
Incluso hoy en día, cualquier investigación seria de los crímenes de la dictadura sigue siendo muy polémica, con un poder judicial que está lejos de ser independiente del gobierno. Y este gobierno está en manos de un partido conservador cuyos valores a menudo se parecen mucho más a los de la extrema derecha de otros países europeos que a la democracia cristiana. También se suele decir que Juan Carlos ‘salvó’ la democracia española en la noche del intento de golpe militar en febrero de 1981.
Otra lectura, sin embargo, es que mientras el Rey evitaba un golpe «duro «, negociaba efectivamente lo que la mayor parte del ejército quería: un golpe de estado «blando» limitando firmemente la aplicación de la ya restrictiva Constitución de 1978. Lo que sí es cierto es que Juan Carlos le deja a su hijo, el príncipe Felipe, y a España, un legado con una gran cantidad de negocios democráticos inconclusos. Ya se están escuchando los llamados, desde voces tan sobrias como el de comentarista veterano Iñaki Gabilondo, para una «segunda transición».
Puede ser que esa transición ya esté en marcha, expresada en la paliza que los dos partidos que han gobernado España desde la transición, el PP y el PSOE, recibieron en las elecciones europeas del mes pasado. Y en las miles de personas que se volcaron a las calles españolas el domingo, pidiendo una Tercera República.
Fuente: The Irish Times, Irlanda


