Internacionales

María Dejevsky. Traducción de Ana Vallorani

Europa debe aprender a tratar con Moscú sin el respaldo de EE.UU.

En el nuevo mundo multipolar, a veces con los EE.UU. al margen, la unidad de la UE es esencial para su acercamiento a Rusia.

Tras un terrible retraso, los primeros cuerpos del vuelo MH17 llegaron de vuelta hoy a su punto de partida. La despedida de Kharkiv, la segunda ciudad ucraniana, fue digna, en contraste con la mayor parte de su tratamiento durante los seis días anteriores. Hubo ataúdes decentes, una breve ceremonia militar y funcionarios sobriamente vestidos con la cabeza gacha. Una pizca de orden fue restablecido.

 

Estos acuerdos, al parecer, fueron el resultado de las complicadísimas negociaciones entre muchas partes. Había representantes de Malasia (porque el avión era de ellos); de los Países Bajos (porque allí es desde donde el avión había partido, y la mayoría de los pasajeros eran ciudadanos holandeses); del gobierno de Ucrania (porque el avión cayó dentro de sus fronteras); de los rebeldes anti-Kiev (debido a que controlan el territorio real donde se estrelló el avión); y de Rusia (ya que tenía algunas fronteras abiertas a los rebeldes, si es que no tuvo una gran influencia real como muchos todavía creen).

 

A esto se le agregan las organizaciones internacionales, como la OSCE, y los diversos grupos oficiales encargados de investigar accidentes aéreos, además de funcionarios de países como Gran Bretaña, que también perdieron ciudadanos y que pueden ofrecer conocimientos especializados; y la imagen se vuelve aún más compleja. Si tenemos en cuenta esta amplia lista, sin embargo, lo que llama la atención no es sólo lo que está ahí, si no lo que no está. ¿Dónde, más visiblemente, está EE.UU?

 

En los primeros días, alguna acalorada retórica flotaba a través del Atlántico que culpaba por el MH17, especialmente por parte de Samantha Power, la embajadora de EE.UU. ante la ONU quien no pierde oportunidad para enumerar sus denuncias comerciales, a Rusia. Pero el presidente Obama siempre se mostró más cauteloso, y ahora los funcionarios de inteligencia de Estados Unidos han excluido expresamente la participación «directa» de Rusia en lo ocurrido, mientras que responsabilizan a Rusia por «ayudar a crear las condiciones».

 

En su mayor parte, sin embargo, EE.UU. se ha mantenido al margen. En caso de que se haya pronunciado, por ejemplo, mediante el envío de funcionarios de seguridad de aviación, se ha hecho sin fanfarria. En lugar de apresurarse a Kiev o Moscú o a los Países Bajos, el secretario de estado de EE.UU., John Kerry, se ha mantenido en el Medio Oriente, aplicando sus esfuerzos en el conflicto cada vez más destructivo sobre Gaza.

 

Si la intervención de EE.UU. hubiera sido bienvenida o no después MH17 no viene al caso. El derribo del avión de Malasia pronto se convirtió mucho mas en una grave crisis diplomática internacional (con Rusia en el banquillo) de lo que hubiera sido una tragedia humana muchas otras veces. De alguna manera, como se lo ve desde Europa, se hubiera esperado que EE.UU. hubiera estado allí.

 

Tal vez, sin embargo, nosotros, los europeos vamos a tener que acostumbrarnos a la idea de que en términos diplomáticos y militares -si no en económicos-, Europa ha dejado de ser especial para Washington. Ya hubo pistas, durante la primera campaña electoral de Obama, de que «Sí, podemos!». Podríamos completarlo un día con «prescindir de Europa».

 

Como un niño que nació mucho después de la segunda guerra mundial, criado parte en Asia y en la costa del Pacífico estadounidense, y sin ningún apego romántico al viejo continente, Obama siempre anunciaba la perspectiva de una política exterior post-atlantista para EE.UU.. La política del pivote asiático lo habría confirmado: a excepción de que EE.UU. envió a sus diplomáticos a Europa tratando de explicar que la medida no era lo que parecía, sino más bien un «reequilibrio», en el que Europa aún tendría un lugar honorable.

 

En su perspectiva post-atlantista, Obama también ha añadido una aparente aversión al liderazgo mundial que ha lanzado sus críticas a Washington, pero merecía una mejor recepción en otro lugar que la que tuviera habitualmente en casa. Rusia y Francia argumentaron, de diferentes maneras, por un mundo «multipolar». Bueno, eso es más o menos lo que tenemos.

 

Después de que Rusia anexó ilegalmente a Crimea, en lo que ha sido condenado como el primer cambio de frontera forzado en Europa desde 1945, EE.UU. mostró la bandera en la temerosa Polonia y los estados bálticos. Ofreció un poco de misiles de defensa aquí y algunas fuerzas especiales allá, pero el compromiso – en términos financieros y de personal – fue mínimo.

 

El mensaje, como lo había sido durante la mayor parte de la presidencia de Obama, era que si Europa quería paz y seguridad, tenía que confiar más en sí misma. Cuando estalló la crisis, no podíamos esperar que el caballero de EE.UU. montara en un caballo blanco, y mucho menos un tanque aliado para rescatarnos de nuestros propios desacuerdos. La intervención en Libia de 2011 puede haber sido la última vez que EE.UU. nos ayudara a salir de nuestras propias extralimitaciones, al igual que Irak y Afganistán pueden ser las últimas aventuras militares de Estados Unidos en que diversos europeos están unidos.

 

Hay una conclusión y es que Europa ha sido muy lenta para salir de esto: si queremos ejercer cualquier influencia diplomática, tendremos que ponernos las pilas, identificar algunas prioridades a escala europea, y decidir cuánto estamos dispuestos a pagar por el privilegio. Hasta ahora, la UE se ha apuntado un mini-éxito con el acuerdo entre Serbia y Kosovo, y un éxito de terceros con la apertura de las negociaciones nucleares con Irán. Pero no hemos resquebrajado la más cercana, pero de alguna manera más dura, nuez: Rusia.

 

Ucrania – no sólo el asalto de Moscú a Crimea, sino el desastrosamente mal manejado acuerdo de asociación de la UE – es un ejemplo de la discordia, al igual que el fracaso de la semana pasada de la UE en un acuerdo sobre un nuevo alto representante para suceder a la baronesa Ashton. La ministro de Asuntos Exteriores italiana, Federica Mogherini, fue considerada como demasiado suave con Rusia, mientras que el ministro de Relaciones Exteriores polaco, Radoslaw Sikorski, fue considerado como demasiado duro. Las divisiones entre la «vieja» y «nueva» Europa de repente se han vuelto tan profundas como lo que eran hace una década.

 

Frenar las ambiciones nucleares de Irán es importante, por supuesto que lo es, pero las relaciones con Rusia son la clave para la futura configuración y la paz de nuestro continente. En muchos sentidos, la ausencia voluntaria de EE.UU. debería estimular a Europa para encontrar un lugar que pueda soportar por sí misma. Esto no será fácil, pero sin un acercamiento unificado hacia Rusia, será difícil para la UE estar de acuerdo en algo más.

Fuente: The Guardian, Reino Unido