El salario real surge de comparar el salario nominal que percibe un trabajador con la cantidad de bienes y servicios que conforman su canasta de consumo. Estos difieren para cada cultura y cada momento histórico. El costo laboral es una medida a la que se arriba considerando los subsidios a la mano de obra por el lado de políticas como la energética, a los alimentos y de transporte, que hacen que los trabajadores gasten menos de su ingreso en estos rubros haciendo que sea el Estado el que “pague” los menores precios de los bienes subsidiados y como el salario nominal medio se fija aproximadamente en el nivel de los valores de la canasta de consumo, se reduce indirectamente el costo salarial de los empresarios. El costo salarial en dólares resulta simplemente de medir el equivalente en dólares de los salarios en pesos.
La productividad laboral es una medida de la cantidad de trabajo necesaria para poder producir una unidad de un determinado producto. Es decir que constituye una cuantificación del rendimiento de la mano de obra en término de productos terminados.
La medida es en extremo relevante, por un lado para los empresarios, para quienes la cuestión se toma ´por el lado de los costos, es decir no sólo cuánto debe pagar el capitalista en concepto de salarios sino en “cuanto rinde” la mano de obra en términos de los bienes producidos. Como afirma el experto argentino Javier Lindenboim “el punto en cuestión, sin embargo, pasa por la respuesta a lo siguiente: Si la productividad del trabajo aumenta en un monto dado, ¿cuánto de ello deberá quedar en posesión del empleador y cuanto en manos del trabajador? La respuesta a esta simple pregunta expresa una de las contradicciones más claras del capitalismo.”..
Los incrementos de los salarios nominales no necesariamente deben tener repercusión directa sobre los precios. No son directamente inflacionarios, su influencia sobre el nivel general de precios depende del contexto y del momento del ciclo económico. En primer lugar puede operar el mecanismo de aceptación por parte de los capitalistas de reducción de su margen de ganancias, es decir reducir la tasa, el porcentaje de utilidades apostando a un mayor volumen de ventas que incremente su masa de ganancias. Ganar más con menor margen. En segundo lugar si se incrementa la productividad del trabajo los aumentos salariales no tienen porque ser inflacionarios. Mayores ganancias los compensan.
La teoría microeconómica tradicional (neoclásica) afirma que el “empresario máxima sus ganancias y paga un salario igual a la productividad marginal del trabajo, lo que equivale al incremento del producto que genera la incorporación de un trabajador más. Veamos por caso un ejemplo de divulgación periodística de la teoría de los precios neoliberal en Juan Cerruti, editor de economía del Cronista Comercial, el que afirma “un aumento salarial (en términos reales) desde el punto de vista de la empresa es un costo adicional. Para que ese mayor costo no se traslade al precio de venta al público de un producto (y retroalimente la inflación y los reclamos salariales) el empleado que recibe el incremento debería producir más. En qué proporción? En la misma del aumento recibido. Es decir “que la mejora de salarios (en términos reales, descontada la inflación) vayan de la mano de la mano de los incrementos en la productividad laboral.
Simplificando: Las ganancias de productividad, producir por ejemplo el doble en el mismo tiempo, pueden mejorar el ingreso, el salario real del trabajador, pero pueden transformarse en un mayor beneficio del capitalista sin un reparto equitativo de esa mejora de productividad.
Javier Lindenboim, a quien ya he citado, afirma “Si el incremento de la productividad no es acompañado por un aumento de la misma proporción de la masa salarial se produce una disminución de la participación asalariada en el ingreso” y “Si al crecimiento de la productividad no le sigue un aumento del volumen general de la producción se produce una disminución del volumen de la ocupación, ya que se requieren menos empleados para producir lo mismo que antes”.
La productividad del trabajo en la Argentina es marcadamente inferior a la de los países centrales, esto forma parte de aquella vieja distinción de nuestro país como “estructura productiva desequilibrada”. La productividad media en la Argentina según Katz, junto con la CEPAL, se ubicaba hacia mediados de los noventa en un 33 % de la alcanzada por los países desarrollados. En un trabajo reciente de Porta, Santarcàngelo y Schteingart, se afirma que la productividad media del trabajo en la industria se incrementó un 35 % de 2002 a 2012, pero apenas supera en un 17 % a la de 1997. No obstante ello dicha “brecha de productividad”, se ha incrementado, ya que en el mismo lapso en un conjunto de países desarrollados la productividad creció en un 65 %. Como afirman los autores citados “Las mejoras distributivas hacia la clase asalariada y en su interior, no han sido acompañadas por un cambio estructural significativo, tal que haya permitido elevar la rezagada productividad de buena parte del tejido industrial argentino. La ausencia de transformaciones de largo aliento orientadas a darle sustento real y efectivo al objetivo de desarrollo inclusivo tiende a comprometer y limitar el horizonte redistributivo…. La persistencia y más aún la eventual profundización de las brechas de productividad pone límites a la expansión del excedente (empresarial, acoto), por un lado y por el otro, presiona negativamente a nivel macro forzando devaluaciones sucesivas.” Se ha incrementado el empleo, el salario real y la participación de los trabajadores en el ingreso durante la última década, pero la aguda brecha de productividad de nuestra economía con las economías centrales torna en extremo vulnerable ese dato.
Este análisis es clave. Una estructura de baja productividad ve erosionada su capacidad de competir internacionalmente, tiende a necesitar una protección estatal indefinida (subsidios, aranceles, etc.) y emplea un componente central de trabajadores de baja calificación (y por ende menores salarios). La debilidad fundamentalmente de la política industrial genera grandes riesgos de cara al futuro ya que existen formas no deseadas de lograr incrementos de la productividad (tomando lo deseado como la generación de valor agregado local y de mejores salarios y empleos) debido a que no todo incremento de la productividad se debe, siguiendo a Lindenboim a “cambios tecnológicos producidos por la inversión en el capital empleado, ya que también puede aumentar por una mejora en los métodos de producción sin que haya variaciones en el capital”. Métodos, que, afirmo yo, intensifican el uso de la fuerza de trabajo o mucho peor aún implican la reducción del salario real vía una mayor informalidad o despidos lisos y llanos que reduzcan el nivel de empleo.
La relación entre la productividad y el tipo de cambio pasa por tener un tipo de cambio que sea consistente con un incremento de largo plazo de la productividad industrial, el que logra profundizando inversiones por obrero ocupado, aplicando desarrollos tecnológicos de base nacional, profundizando la estrategia de sustitución de importaciones, trunca a mediados de los setenta y débilmente retomada en la década actual y logrando exportaciones industriales de complejidad tecnológica. Obviamente una paridad cambiaria competitiva es una condición, una parte de un plan integral. La elección tomada en la coyuntura por el equipo económico de elegir el tipo de cambio como ancla anti inflacionaria, es decir que el mismo crezca por debajo de los precios internos, hace crecer los costos salariales en dólares a niveles muy difíciles de compensar por el incremento de la productividad de la economía argentina, en particular su industria, en la actualidad sino no se quiere sacrificar la calidad del empleo o el salario real.
El problema es cómo se sale de este atolladero, ya que la inflación cambiaria que sucede a una devaluación en la Argentina, no es socialmente neutra. Es un fenómeno que permite y facilita que las ganancias de productividad que se generan en la creación de la riqueza social sean apropiadas en buena parte por los empresarios y no por los trabajadores y se expresan en que los incrementos salariales (fijados anualmente por Convenio) remuneren al salario solamente en relación con los precios internos del período anterior, por debajo de los precios de venta reales y de la mayor cantidad producida. Desde este punto de vista sí se puede afirmar que la inflación se enmarca en el conflicto distributivo, en la disputa social por el ingreso como diagnóstico. Las devaluaciones licuan el salario.
El nivel del salario real y el costo de la mano de obra en dólares, así como el nivel de empleo son interrogantes abiertos de cara al 2016. En muchos discursos aparece el “sinceramiento” cambiario, es decir un ajuste del tipo de cambio, una devaluación de magnitud, como respuesta a este problema. Se piensa que para que haya un acelerado proceso de acumulación del capital se debe retornar a situaciones de bajo salario real como en 2002. No existe experiencia histórica en la Argentina que permita una abrupta recuperación del salario real con bajo nivel de desocupación y un buen nivel de actividad económica. La recesión es una condición para sostener ese nuevo nivel de precios relativos con un fuerte ajuste de tipo shock. El problema es, como diría un economista amigo mío, no sé cómo es posible tener a fines del 2015 el tipo de cambio del 2007 con el salario real de 2014.
Entonces, ante una restricción real, sólo un administrado gradualismo, el uso de herramientas fiscales para mejorar la competitividad del tipo de cambio y su crecimiento futuro por encima de los precios internos actuales, permitirán que los salarios no empinen una larga escalera detrás de la inflación cambiaria sin el corte de luz, que en la metáfora traería la recesión interna.


