En realidad, nada nuevo o novedoso, sino simplemente reverdecer algún viejo laurel informativo, con datos de la actualidad. Las dos quincenas de enero fueron particulares. En ambas la juventud tomó el control y deslizó los días por suaves declives de vino y rosas. La primera, en forma especial –y sin discriminar de ninguna manera-, demostró posiblemente alguna consistencia mayor en la solvencia económica de los visitantes, reflejada puntualmente en calidades de ropa, por ejemplo. Aunque el tono general hasta estos días, mantiene una línea muy equidistante que permite un balance igualador en definitiva. El rasgo más destacable fue –sin duda-, la ausencia de problemas de cualquier tipo en el momento de producirse la desconcentración de los boliches, cuando alrededor de veinte mil chicas y chicos ganaban las calles de la ciudad. Para lograr esta palpable realidad, debieron ponerse en prácticas alguna medidas –como la de determinar que las pancherías cerraran sus puertas desde las 6 a las 8-, con lo que consiguió evitar aglomeraciones que siempre pueden ser conflictivas. La comprensión de los responsables de ese rubro y la contención de las autoridades Municipales, encabezadas por el propio intendente Jorge Rodríguez Erneta, quien recorría la ciudad en los horarios que hasta no hace mucho tiempo atrás eran conflictivos, otorgaron el resultado buscado, en el sentido de llegar al fin de una jornada de diversión sin tener que enfrentar realidades frustrantes. Hay que señalar, además, que tanto el personal de la Secretaría de Seguridad de la Municipalidad , como los efectivos de los distintos Cuerpos de la Policía Bonaerense y del Servicio Penitenciario Provincial, marcaron una presencia constante; hecho más que suficiente para redondear una temporada realmente tranquila. ¿Veinte mil jóvenes? Si, a veces más. Alguna –muy pocas-, menos, esa fue la cantidad de jóvenes que día a día, en lo alto de la temporada 2010/2011, se movilizaron para ir a los boliches y regresar después a sus lugares de residencia. De todas maneras, un solo complejo de boliches que ofrece desde restaurantes hasta discotecas, es quien más acapara la atención de la juventud que veranea de Villa Gesell. No es muy fácil para quienes no están en estos temas del verano y las movilizaciones dirigidas a lugares de moda, pensar en -por ejemplo- 15.000 chicas y chicos, concentrados en varios locales, dentro de un predio; el consumo que originan, los servicios que demandan, diariamente, durante 31 días, sin solución de continuidad. Hasta donde se pudo averiguar la seguridad, puertas adentro de esos boliches, fue confiada a particulares y también a servicios policiales especiales, lográndose similares resultados que los conseguidos por la Municipalidad en la vía pública. A pesar de los esfuerzos realizados por este cronista, la cantidad de clientes en el complejo que acapara la mayor parte de la juventud que pasa sus vacaciones en Villa Gesell, hace que una imaginaria calculadora comience a lanzar cifras, resultado de multiplicar a los clientes por el gasto que realizan diariamente. Entonces, los números con su contundente frialdad, comienzan a demostrar la validez del pensamiento que señala al turismo como una fuente de ingresos genuinos e importantes. Sin desmenuzar mucho las componentes de esta ecuación, el resultado global de los días de enero, arroja una cantidad muy parecida a los 32 millones de pesos, como resultante del gasto/inversión de cada uno de los clientes de esos boliches, durante el mes. De nada serviría cualquier comentario. ¿Excesos? Si, los hubo. Negarlos sería ingresar en un campo de la fantaciencia. El alcohol, la velocidad en motos vehículos y autos, la aparición de alguna sustancia prohibida, la ausencia de casco en quines viajan y conducen motos, cuatriciclos y similares. Nada que no pudo manejarse por los carriles correspondientes. Entre esos ”excesos” podría enumerarse también a las “previas”; las reuniones donde se prepara la salida posterior y en la que, muchas veces, puede perderse la línea. Pero también Villa Gesell ofreció lo que podría ser su “exceso top”: llegar a la playa en excelente compañía, luego de una noche de boliche, y recibir en la cara la brisa del mar, el olor del mar, escucharlo y, sin dar mucha importancia al calzado, chapotear por la orilla. Parafraseando al poeta habrá que saber que todo eso es Villa Gesell, “quien lo probó, lo sabe”.
Por Santiago Massafra
Villa Gesell y una temporada sin problemas
Superados los diez primeros días de febrero, la temporada en Villa Gesell otorga algunas posibilidades para que, con un poco de paciencia, se pueda hacer alguna apreciación distintiva.


