El funcionamiento de la política económica se estructura a partir de los objetivos que se desean alcanzar. Podríamos afirmar aquí que el objetivo del Gobierno, sin juzgar los aciertos y desaciertos en su implementación, es lograr el desarrollo con industrialización e inclusión social, es decir potenciar el aumento del PBI, generar valor agregado local y lograr una mejor distribución del ingreso, objetivos de largo plazo, que deberían mantenerse, perfeccionarse en su ejecución y ampliarse bajo un Gobierno del mismo signo surgido de las elecciones de este año.
Ahora bien, en los objetivos de corto plazo, la coyuntura económica, es donde se pone a prueba, a suerte y verdad, una política económica. En el largo plazo, es bien conocida la cita de Keynes, todos estaremos muertos.
Veamos las restricciones internas, sobre las cuales se pueden tomar decisiones. En la resolución de los los temas que se detallan a continuación de la coyuntura de la Agenda Económica, repito enfáticamente, se juega la continuidad o discontinuidad de un enfoque del desarrollo.
Tenemos:
• Un tipo de cambio oficial rezagado para la competitividad de la producción industrial y regional en sentido amplio, que por otro lado permite razonablemente la exportación primaria de alta productividad de la zona núcleo y alienta a su vez el gasto turístico y de servicios en el exterior, fenómeno que se robustece con la fortaleza del dólar a escala internacional. Por su parte, la administración del comercio exterior y las restricciones al movimiento de capitales han generado diversos mecanismos de dólar paralelo, legal o ilegal y una brecha de precios con el dólar oficial.
• Un persistente proceso inflacionario que sólo cede en su intensidad, no se espiraliza, pero no detiene.
• El problema energético, que como afirma el economista argentino Daniel Novak produce “La insuficiencia de oferta energética, frente a una demanda afortunadamente creciente, con impacto en el humor social y en las reservas de divisas.” Agrego además que el impacto de las importaciones de energía y los subsidios vinculados a ésta, son un componente decisivo del déficit fiscal, cuya monetización influye sobre el proceso inflacionario.
• El conflicto planteado con los Fondos Buitre y los abusivos fallos del Juez Griesa.
• La restricción externa, entendida como la incapacidad de la oferta exportable de hacer frente a las importaciones,(incluyendo la energía) los pagos de servicios de todo tipo, las transferencias de utilidades y regalías al exterior, las compras de combustibles y el atesoramiento local en divisas. Dicha restricción es el verdadero límite al crecimiento económico, no el ahorro interno.
Ante el problema del tipo de cambio, la inflación y el gasto público, el consenso de los economistas ortodoxos o heterodoxos descafeinados, con el apoyo decidido de los medios dominantes, proponen “el inevitable ajuste”. Se entiende por esto una gran devaluación, una política monetaria restrictiva o de “metas de inflación”, una reducción del gasto público, no sólo en los componentes vinculados al déficit energético sino en los subsidios al transporte, con una licuación en términos reales del gasto social de todo orden. La devaluación y el ajuste fiscal y monetario tienen como primer objetivo reducir el salario real en dólares y transferir recursos al sector primario exportador y a los exportadores de commodities industriales (acero, aluminio), y la minería extractiva.
Esto implica dejar de lado todo intento de desarrollo industrial con generación de valor agregado e inclusión social para centrarse en la producción de los sectores con “ventajas comparativas”, la importación de bienes sustitutivos de la producción local por su “ineficacia” y el retorno del ciclo de endeudamiento externo para financiarlo.
Es lamentable que los errores cometidos en la implementación por parte del Gobierno de la política económica ofrezcan argumentos a la vieja ortodoxia y que los mismos disputen el consenso. La conducción económica no supo anticipar en 2011 el cambio de la situación provocado por el déficit de la Balanza de Pagos, instrumentó primero una brutal reducción del coeficiente importador alejada de toda idea de sustitución de importaciones, el cepo, que afectó el nivel de actividad y la tasa de inversión. No solucionó adecuadamente los problemas del frente externo, demorando primero el arreglo con Repsol y el Club de París, no buscó cuando era posible, antes del insólito fallo de Griesa, resolver el conflicto de los Buitres para lograr financiar los intereses (no el capital) de la Deuda Externa, manteniendo la política de desendeudamiento en términos reales (si el producto crece y la deuda nominal se mantiene y sólo se atienden los servicios). La creación del IPC Nacional en nada sirvió para despejar las dudas sobre el INDEC. Hizo público un Plan de reducción gradual de los subsidios energéticos que no se implementó. Se vio obligada a devaluar en 2014 ante la acelerada pérdida de reservas, lo que afectó el salario real y el empleo. El PBI ha caído y su recuperación en 2015 será cerca del crecimiento vegetativo de la población. La situación se ha estabilizado satisfactoriamente con una conducción más coherente, pero los problemas existen. Todas estas afirmaciones se hacen compartiendo los objetivos del “modelo” de crecimiento, industrialización, una distribución del ingreso más equitativa e inclusión social, pero admitiendo con franqueza los claros errores que se han cometido.
La Argentina, puede definirse como una “estructura productiva desequilibrada”. Desequilibrada porque las divisas que genera dependen centralmente de su sector primario exportador, que opera con una productividad próxima a la internacional y posee un sector industrial heterogéneo, que en promedio opera con una productividad mucho más baja que la internacional (excepto los grandes productores de insumos industriales difundidos, denominados commodities industriales). Como consecuencia de ello, el balance sectorial en divisas de la industria es crónicamente deficitario, hecho que produce que los intensos procesos de crecimiento, que consumen importaciones de insumos, maquinarias y equipos hayan encontrado históricamente su límite cuando la escasez de divisas se manifiesta. Los tipos de cambio efectivos que aseguren el crecimiento deben ser múltiples, como lo son ahora a través de las retenciones, porque las productividades sectoriales son distintas o tal vez ampliarse a un desdoblamiento cambiario. El precio del dólar refleja una tensión entre el salario y la ganancia empresarial. Este precio no puede ser libre totalmente, pues un salto devaluatorio que implique el 40 % actual de Brecha, licuaría el salario real. Ni tampoco mantenerse en un valor como el actual, que actúa como ancla de los precios internos y deprime un conjunto de actividades industriales y las economías regionales.
La inflación es un fenómeno multicausal. Ni totalmente un producto de la economía real ni exclusivamente monetario, como sostiene la ortodoxia. Impacta sobre ésta directamente el nivel del tipo de cambio en la fijación de los precios internos, la puja distributiva, las particularidades de la estructura productiva, que trasforma el incremento de precios de un sector en el alza generaliza de todos los precios. El componente monetario pasa por la monetización del déficit, ya que se ponen en circulación billetes que no tienen contraparte en ninguna creación endógena de riqueza, es por fuera de la circulación de las mercancías y por lo tanto son billetes desvalorizados. Billetes que pierden su valor en relación el dólar, reserva de valor en una economía dolarizada y dependiente. Esto es muy diferente a sostener que la inflación es siempre consecuencia de cualquier impresión de moneda.
En relación con el déficit fiscal diré, siguiendo en esto a mi amigo Daniel Novak, que si es necesario sostener y ampliar un superávit comercial externo para hacer frente a los variados compromisos de pagos, no podemos sostener en forma permanente ese excedente, sino bajo la forma de que Estado capture el mismo con superávit fiscal. (Se acuerdan de los superávits gemelos?) Lo contrario sería la perpetua ampliación del gasto y la demanda, lícita en momentos de recesión productiva pero cuya persistencia contribuye a los desajustes y tensiones macroeconómicas. A eso debe tenderse.
En el debate sobre la cuestión fiscal debe evitarse cierta idea difusa de vincular el equilibrio fiscal con el ajuste y al déficit fiscal como un permanente incentivo progresista de la demanda y el consumo. La mejor idea para financiar gastos es incrementar los ingresos y en ese sentido una reforma fiscal sobre el alcance y extensión de los impuestos a las ganancias y al patrimonio, una asignatura pendiente, es el camino.
La restricción externa y la situación de conflicto con los Fondos Buitre están emparentadas. En este punto voy a seguir un análisis de la posición externa de divisas que debo a mi amigo el economista argentino Jaime Saiegh. Las Reservas actuales se ubican en U$S 31.000.- millones, con las exportaciones alicaídas (fuerte efecto precio de la baja de los granos) y las importaciones en un nivel ya difícil de quebrar a pesar del comercio administrado, el déficit de la Balanza de Pagos estará en unos U$S 7.000 millones. Esto asumiendo que el Boden 2015 se canjea en su totalidad en octubre por un nuevo título, el Boden 24. De no ser totalmente así el escenario es peor. En el computo de las Reservas se incluyen (aquí de fuentes varias) U$S 2800 millones retenidos por no haberse podido pagar el fallo obstruido por Griesa, unos U$S 5.500 corresponden a encajes del sistema financiero por los depósitos en dólares, U$S 5.500 millones a reservas en oro y DEG (derechos especiales de Giro, utilizados por el FMI). Los yuanes que han ingresado del crédito de China sólo son utilizados para el pago de importaciones con ese país. Por lo tanto el monto de las Reservas utilizables es menor al nominal. A su vez existen aproximadamente U$S 3.500 de importaciones demoradas en su efectivizaciòn y no menos de U$S 12.000 de utilidades retenidas por las empresas trasnacionales que no han sido giradas al exterior. Si a esto agrego las divisas que necesitaré importar para crecer un magro 1,50 % tengo otros U$S 3.900 millones. Se podrá evitar pagar las utilidades retenidas y dejar un stock de importaciones no pagadas en 2015, pero es claro que la Argentina no puede afrontar sus compromisos externos con Reservas porque son insuficientes y seguir acumulando, sobre todo, la deuda vinculada a las importaciones.
El conflicto con los Fondos Buitre deberá solucionarse en 2016, no aceptando seguramente el monto nominal exigido que surge del insólito fallo del juez Griesa, pero aceptando una forma de compromiso. El funcionamiento actual de la economía argentina demanda divisas que no se generan localmente. La única alternativa es endeudarse para el pago de lo que no se obtiene de la producción local e incrementar el nivel de nuestras exportaciones de todo tipo, que es donde aparece un plan integral de desarrollo. No se debe iniciar un nuevo ciclo histórico de endeudamiento, pero tampoco ya es posible crecer bajo la forma del desdeudamiento adoptado hasta hora.
En blanco sobre negro sobre los ejes descriptos transitará la política económica futura.
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