Internacionales

Gwynne Dyer. Traducción de Ana Vallorani

Bolivia y Brasil

Sin ser una gran sorpresa para nadie, Evo Morales, ha ganado un tercer mandato de 5 años por una mayoría aplastante. No es ninguna sorpresa porque el PBI de Bolivia se ha triplicado desde que asumió el cargo en 2006, el número de personas que viven en la pobreza se ha reducido en una cuarta parte, incluso los más pobres tienen ahora derecho a una pensión, y el analfabetismo se ha reducido a cero. Por supuesto él ganó.

Lo que ha ocurrido en Bolivia parece tan milagroso como lo que ocurrió en Brasil, donde otro presidente de izquierda, Luiz Inácio «Lula» da Silva, asumió el poder en 2003, la economía comenzó a crecer en un 5 por ciento al año, el desempleo cayó abruptamente, y cerca de 40 millones de brasileños, casi una cuarta parte de la población, salieron de la pobreza. La ex jefa de gabinete y sucesora como presidente de Lula, Dilma Rousseff, probablemente también gane otro mandato en el cargo.

 

¿Hay algún secreto que compartan? Muchas otras economías de América del Sur han estado creciendo rápido también, pero sin el cambio dramático en la distribución del ingreso que ha ocurrido en Brasil y Bolivia. Incluso la «revolución bolivariana» de Hugo Chávez en Venezuela, a pesar de su retórica anti-imperialista y pese a la gran riqueza petrolera del país, no ha generado una transformación comparable en la vida de los pobres.

 

Así que ¿debemos celebrar la llegada de un nuevo y mejor modelo para el crecimiento económico y la justicia social? Por desgracia, no. El único secreto económico que Lula, Dilma y Evo comparten es que si se quiere que la economía crezca, no se debe generar indignación pública.

 

Los mercados internacionales se preparaban para un colapso cuando Lula, un ex líder sindical autodidacta con inclinación por la retórica radical, se convirtió en presidente de Brasil, pero éste resultó ser el alma misma de la responsabilidad fiscal. Y aunque Morales nacionalizó gran parte de la economía boliviana – petróleo, gas, estaño y zinc minería y los servicios públicos esenciales – negoció ofertas que compensaron a los inversionistas extranjeros y mantienen felices a los mercados.

 

Todo lo demás – cosas como Morales llamando a Barack Obama «imperialista» en la reunión de la Asamblea General de la ONU en Nueva York el mes pasado, y Rousseff cancelando una visita de Estado prevista para el año pasado a los Estados Unidos tras la revelación de Edward Snowden de que la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos había estado espiando sus mensajes de correo electrónico – simplemente no les preocupa a los inversionistas serios, siempre y cuando los números salgan bien y el entorno financiero y fiscal sea predecible.

 

Así que Morales no ha sido castigado por los mercados por ser un «socialista», y tampoco Rousseff. Ambos todavía tienen un fuerte apoyo en su país también. A diferencia de Morales, Rousseff no consiguió suficientes votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales a principios de este mes como para evitar una segunda vuelta el 26 de octubre, pero probablemente va a ganar de nuevo a pesar de que la economía brasileña está ahora tambaleando al borde de un recesión.

 

A pesar de todas las similitudes, sin embargo, la comparación entre Brasil y Bolivia es más bien como comparar manzanas y naranjas. Brasil tiene un muy grande y diversificado mercado interno (es el cuarto mayor fabricante de automóviles en el mundo, por ejemplo), y tiene veinte veces más personas que Bolivia. Este último tiene una economía que depende casi totalmente de la exportación de materias primas, principalmente petróleo, gas y minerales.

 

Morales ha gastado el dinero extra sabiamente, y será muy difícil para cualquier sucesor abandonar este tipo de «gasto social». También ha hecho que sea normal para la mayoría indígena de Bolivia el tener una gran influencia en las decisiones políticas a nivel nacional, lo que también será casi imposible de revertir. Incluso ha acumulado grandes reservas financieras para hacer frente a la caída de los precios de las materias primas. Pero en realidad no ha transformado la economía.

Fuente: Hurriyet Daily News, Turquía