Por Ricardo Cortés. Traducción de Ana Vallorani Fuente: New York Daily News Domingo 13 de enero de 2013 La semana pasada, las Naciones Unidas votaron sobre un recurso presentado por Bolivia para modificar el tratado internacional que prohíbe la masticación de la hoja de coca. Bolivia obtuvo una victoria parcial; una pequeña señal de que el mundo puede estar muy lentamente llegando a comprender el duro trato que se le ha dado a esta humilde y mayormente inofensiva planta y a las personas, nativos sudamericanos en su mayoría, que la disfrutan en su forma natural. La masticación de coca ha sido un ritual en los Andes durante miles de años, y es practicada por millones de personas en todo el continente en la actualidad. A los turistas en las tierras altas se les ofrece té de coca para aliviar el mal de altura, y las suaves propiedades estimulantes de la planta se han conocido en todo el mundo durante siglos. En marzo de 2009, el presidente boliviano Evo Morales se paró frente a la ONU y habló de la historia del uso de la coca para fines sociales, espirituales, medicinales y nutricionales. A continuación, Morales, un ex cultivador de coca, se puso una hoja en la boca, lo que provocó aplausos en la asamblea. El polémico estimulante de la planta, por supuesto, es el alcaloide coca-ine, presente en pequeñas cantidades al masticar la coca, lo que le genera a los usuarios un impulso energético similar al de una taza de café (que contiene caffe-ine, otro alcaloide que es potente en forma concentrada). Cuando se refina, la planta de coca proporciona materia prima para la producción de la droga ilícita llamada cocaína y, en un esfuerzo por limitar el cultivo de la planta, incluso el uso tradicional ha sido prohibido en todo el mundo por un decreto. Ese es el problema: los esfuerzos para matar el negocio de la cocaína son poco sistemáticos, e insensiblemente endurecen las medidas contra todos aquellos que producen o disfrutan de la hoja sin adulterar. Un acuerdo de 1961 llamado Convención Única sobre Estupefacientes, aún vigente en todo el mundo, ordena a la gente que deje de masticar las hojas y exige la destrucción de todas las plantas de coca silvestres. Este podría ser simplemente un hecho desafortunado y demasiado entusiasta; pero, a causa de una vuelta en la historia de los Estados Unidos, también es tremendamente hipócrita. A saber, la Convención Única se adoptó después de años de negociaciones dirigidas en gran parte por Harry J. Anslinger, quien fue durante mucho tiempo comisionado de la Oficina Federal de Narcóticos. Mejor conocido hoy por su ferviente campaña contra la marihuana, Anslinger tuvo una extraña relación con la planta de coca, encabezando su prohibición y al mismo tiempo garantizando su acceso a un solo consumidor de gran alcance, The Coca-Cola Company. Durante las décadas anteriores a la firma de la Convención Única, Anslinger trabajaba en estrecha colaboración con Coca-Cola para adquirir un extracto de coca descocainizado para la «fórmula secreta» de la bebida. Cooperando con la Coca-Cola y los ejecutivos de Maywood, Anslinger fue también su aliado central en las negociaciones conducentes a la realización del acuerdo de la Convención Única. En efecto, tal como fue adoptado finalmente, además de prohibir el uso tradicional de la hoja de coca, el tratado contiene una disposición que permite el uso de la planta a los efectos especiales de The Coca-Cola Company. Desde 1903, coca peruana ha sido enviada a una planta de fabricación en Maywood, Nueva Jersey, a instancias del gigante de las bebidas. Durante el siglo pasado, miles de toneladas de hoja de coca se han enviado a este discreto establecimiento, donde la cocaína se extrae de la planta y se vende por separado con fines medicinales (en 1959, el sitio fue adquirido por la Compañía Stepan, que mantiene el negocio hasta hoy). Este es el mundo que hemos creado: se imponen duras restricciones a la agricultura y el uso de la hoja de coca natural para los pueblos de América del Sur y, al mismo tiempo, se le da el privilegio de usar una versión alterada de la planta a una empresa norteamericana que gana miles de millones de dólares con la misma hoja. Por supuesto, hay una distinción que debe hacerse entre la masticación dela hoja de coca en Sudamérica y el uso recreativo de la cocaína en los Estados Unidos. Pero uno puede estar vigorosamente en contra del narcótico cocaína – y las empresas criminales que ayudan a alimentarlo – y entender de todos modos los efectos perniciosos del instrumento contundente que es la Convención Única. Es hora de hacer frente a este error de larga data. La votación en la ONU de la semana pasada marcó una pequeña victoria: mientras que a Bolivia se le negaron sus continuos esfuerzos para reformar el Tratado, se le permitió retirarse del acuerdo y reincorporarse con una salvedad explícita contra las prohibiciones a la coca. Ese paso mínimo, simbólico en gran parte, no es suficiente. Los EE.UU. deben abandonar sus objeciones continuas hacia el deseo de Bolivia de cultivar una hoja tan estrechamente vinculada con la identidad cultural de su pueblo. Eso, o deberíamos reconsiderar la laguna legal global que permite a una gran empresa estadounidense de bebidas utilizar una planta que se le negó categóricamente a sus propios cuidadores nativos.
La condenada hoja de coca
Un emblema para un importante refresco, otro para los pueblos nativos de Sudamérica

