Una vez más, una esperada cumbre de los principales países desarrollados y emergentes del mundo se vio eclipsada por un conflicto internacional de extrema actualidad e importancia. Algo inevitable estando allí presentes las veinte principales potencias mundiales, que controlan nada menos que el 90% del PIB mundial y concentran en sus países a dos terceras partes de la población global.
La guerra civil que asola Siria, y más aún, la intervención militar estadounidense que se avecina inexorablemente, ensombrecieron en gran medida la discusión sobre temas para los cuales esperan respuesta millones y millones de personas en todo el mundo. Temas tales como que los ajustes y las recetas contra la crisis económica mundial no sigan recayendo sobre los de abajo, sobre sus víctimas; temas como el desempleo, que en 2012 afectaba ya a más de 200 millones de personas –al menos se logró que ahora no se presentara la flexibilización laboral como la panacea para combatirlo–; la puja de las economías emergentes contra la política proteccionista estadounidense, o que de una vez por todas se acabe con el secreto bancario y los paraísos fiscales, que cobijan a multinacionales, grandes fortunas y depósitos tóxicos.


