Internacionales

Por Joann Wypijewski. Traducción de Ana Vallorani

Para Julian Assange, no hay Justicia

De vez en cuando surge una situación que captura tan completamente el espíritu de la época, que los supuestos ordinarios, los argumentos comunes y sus conclusiones limitadas sólo sirven para destruir la honestidad y cualquier esperanza de lidiar con lo real. Tal es el caso actual de Julian Assange.

Él es un hombre buscado. Buscado con el propósito de llevar a cabo un proceso penal, aparentemente por acusaciones de mala conducta sexual en Suecia, pero tal vez no; tal vez por cargos de espionaje o conspiración en los Estados Unidos, tal vez para enfrentar una detención indefinida, quizás la tortura o la vida en prisión. Es tan difícil saber … Esto no es acerca de los pormenores de la opresión; se trata del contexto político de la ley, los límites de las expectativas liberales y la monstruosidad del Estado. Con Assange, el contexto político es la inmoralidad totalizadora del estado de seguridad nacional en una escala global. Las denuncias de delitos sexuales contra Assange surgieron en Suecia el 20 de agosto de 2010, aproximadamente cuatro meses y medio después de que WikiLeaks estallara en la esfera pública mediante la liberación de un video clasificado que mostraba a la tripulación de un helicóptero Apache de los EE.UU. matando a más de una docena de civiles, entre ellos dos periodistas, en un suburbio de Bagdad. En agosto de ese año, el soldado Bradley Manning, la presunta fuente del video y de cerca de otros 750.000 documentos filtrados del gobierno, fue detenido sin cargos en régimen de aislamiento en el Marine Corps en Quantico, sometido a lo que su abogado, David Coombs, describe en desgarrador detalle en una reciente moción como «castigo preventivo ilegal». En términos sencillos, Manning fue torturado. Se enfrenta a una corte marcial por ayudar al enemigo y ha sido denunciado como un traidor por miembros del Congreso. Por la difusión de materiales clasificados que expusieron crímenes de guerra, Assange ha sido llamado un terrorista. Un libro para colorear para niños contra el terrorismo, Los verdaderos rostros del mal, de Big Coloring Books Inc. de St. Louis, incluye su cara en una hoja de tarjetas comerciales desmontables, junto con Timothy McVeigh, Jared Lee Loughner, Ted Kaczynski, Nidal Hasan y Bill Ayers. Un comentarista de Fox News instó al presidente Obama a ordenar su asesinato. El vicepresidente Joe Biden lo llamó un «terrorista de alta tecnología», y sugirió que el Departamento de Justicia podría estar buscando una acusación; esto fue hace dos años. Indicaciones de una gran investigación judicial secreta y una acusación inminente han incrementado la retórica y la tensión en los alrededores de la embajada de Ecuador en Londres, donde Assange ha recibido asilo político. En los medios ha sido común la categorización: por un lado, hay quejas de mala conducta sexual contra Assange por dos mujeres en Suecia, que deben ser vistas como un asunto sencillo de hacer cumplir la ley, por otro lado, está su actividad política, también su «búsqueda de atención», «narcisismo» y «arrogancia», lo cual, ahora que lo pienso, se parece mucho a los rasgos del perfil de un violador. Sólo en raras ocasiones alguien (sobre todo Naomi Wolf y el equipo del programa Four Corners -Cuatro Esquinas- de la Australian Broadcasting Corporation) ha indagado en el desafío político intrínseco planteado por WikiLeaks y examinado desde allí la maquinaria fiscal sueca. Este mecanismo es complicado. La policía fue tan rápida para iniciar el proceso de detención que una de las mujeres que acudió a ella (para ver si Assange podría verse obligado a tomar una prueba de ETS después de que ella había tenido relaciones sexuales sin protección con él) se angustió y se negó a dar más testimonio. La fiscalía sueca emitió una orden de arresto por violación y abuso sexual un día y al siguiente la retiró, diciendo que no había razón para sospechar de violación, y que la otra acusación no era lo suficientemente grave como para una orden. Aproximadamente una semana después, el director de la fiscalía reabrió la investigación, y la corte más tarde aprobó su solicitud de detener a Assange por violación, abuso sexual y coerción ilegal. Para entonces, él ya estaba en Londres, después de que le dijeron que era libre de salir de Suecia. Assange estaba trabajando con el New York Times y The Guardian en el lanzamiento de los registros de la guerra de Irak cuando los suecos emitieron una orden de arresto internacional. Estaba preparando el lanzamiento de cables diplomáticos ocultos cuando se involucró Interpol, emitiendo una «notificación roja» para su detención. En Londres, sus esfuerzos legales para bloquear la extradición fueron rechazados por el Tribunal y por la Suprema Corte del Reino Unido. Si la afirmación sueca contra Assange hubiese implicado lo que sea menos sexo, es poco probable que los liberales, e incluso algunos autodenominados radicales, estuvieran merodeando alrededor de esta parte de la historia, ya sea preguntando «¿Entoces se supone que es un chico malo?» O argumentando «Por supuesto que tiene que responder por sus crímenes». Si hubiera sido cualquier cosa menos sexo, insistimos en la presunción de inocencia. En su lugar, nos hemos sentido cómodos con la presunción de culpabilidad y la confianza en los procesos dignos de ley para garantizar la imparcialidad. «Creerle a la víctima» entró en el léxico hace décadas por razones históricamente comprensibles. Las mujeres habían sido privadas de su debido proceso, en un sentido; su derecho a presentar una denuncia y a esperar justicia, no difamación o algo peor. Aún se las sigue negando y ridiculizado, como lo ilustra el idiota de Todd Akin, candidato republicano del Senado. La mutación de los derechos fundamentales en un imperativo para la creencia, y de ciudadanos plenos en víctimas, no les ha dado más seguridad a las mujeres, pero su manipulación cultural(especialmente en los casos de mayor difusión) ha golpeado los cimientos de la libertad civil de una manera que no se puede prever. Así que aquí está el espectáculo de Assange, por el momento no enjuiciado, cargando con la doble marca de delincuente sexual y terrorista, los seres infrahumanos del siglo XXI. La fusión de abuso y terror en su caso implica dos víctimas a las que se les debe creer: las mujeres y el Estado. Pero las afirmaciones de las mujeres no son claras, y el Estado no es creíble. Debería ser posible imaginar una resolución fuera del sistema de justicia penal para los problemas que surgen en el curso de un acoplamiento sexual consensual: insatisfacción por el uso (o mal uso) de los preservativos, restricciones que impiden a la gente expresar sus deseos o intuir los del otro, egoísmo, insensibilidad, confusiones como «sí» que se transforma en «no» y de nuevo en «sí», tal vez sin palabras; todas cuestiones que parecen aplicarse en el caso Assange pero que existen más allá de él. Eso requerirá de una política sexual más valiente, y no menosprecia la experiencia de reconocer que el lenguaje del castigo es un pobre sustituto del lenguaje perdido del amor. Acerca del estado, sin embargo, no debe haber ilusiones. Una nación que va a la guerra con fraude, que insiste en que «Nosotros no torturamos», cuando abunda evidencia de lo contrario, que secuestra a ciudadanos extranjeros y los pone en aviones para enviarlos a calabozos, que espía a su gente, afirma su derecho a encerrarla indefinidamente y deja a documentados torturadores de la CIA libres de la rendición de cuentas, ya que sólo seguían órdenes: esa nación complotará, traicionará, y matará. Suecia participó en el programa de EE.UU. de rendición extraordinaria. El Reino Unido ha amenazado con asaltar la embajada de Ecuador. Los Estados Unidos ahora dicen que no reconocen el derecho histórico de las personas a solicitar asilo diplomático. Los abogados de Assange han dicho que él va a ir a Suecia si consigue una garantía absolutamente firme de la administración Obama de que no lo arrestaran. Tal garantía es imposible en el imperio de la mentira.

Fuente: The Nation, EUA.