Internacionales

Por Ellie Mae O'Hagan. Traducción Ana Vallorani

La mirada sobre Evo

Evo Morales ha demostrado que el socialismo no daña las economías. El re-electo presidente de Bolivia tiene críticos perplejos en Washington, el Banco Mundial y el FMI.

El socialista Evo Morales, quien fue reelegido el domingo para cumplir un tercer mandato como presidente de Bolivia, durante mucho tiempo ha sido tomado como una figura graciosa por los medios de comunicación del norte global. Al igual que el ya fallecido Hugo Chávez, Morales es a menudo representado como un populista bufonesco cuyas extravagantes denuncias a los Estados Unidos contradicen su incompetencia. Y entonces, los informes de su aplastante victoria se centran inevitablemente en su anuncio de que era «una victoria de la lucha contra el imperialismo», como si el sentimiento antiestadounidense fuera lo único que Morales le ha dado a Bolivia en sus ocho años de gobierno.

 

Lo más probable es que la perdurable popularidad de Morales sea el resultado de sus extraordinarias reformas socioeconómicas que – según el New York Times – han transformado a Bolivia de un «desastre económico» a un país que recibe elogios de algunos improbables contendientes tales como el Banco Mundial y el FMI: una ironía teniendo en cuenta que el éxito del país es el resultado de una administración socialista apartada de las recomendaciones en primera instancia del FMI.

 

Según un informe del Centro para la Investigación Económica y Política (CEPR) en Washington, «Bolivia ha crecido mucho más rápido en los últimos ocho años que en cualquier período durante los últimos tres decenios y medio.» Los beneficios de este crecimiento han sido sentidos por el pueblo boliviano: bajo Morales, la pobreza ha disminuido en un 25% y la pobreza extrema ha disminuido en un 43%; el gasto social se ha incrementado en más de un 45%; el salario mínimo real ha aumentado en un 87,7%; y, tal vez como era de esperar, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe ha elogiado a Bolivia por ser «uno de los pocos países que ha reducido la desigualdad». En este sentido, la reelección de Morales es realmente muy simple: a la gente le gusta estar económicamente segura; por lo cual si reducís la pobreza, probablemente te voten.

 

Es cierto que Morales se ha hecho de enemigos en la Casa Blanca, pero esto tiene probablemente menos que ver con la retórica que con el hecho de que él pide constantemente por la legalización internacional de la hoja de coca, que se mastica como parte de la cultura boliviana, pero también puede ser refinada para cocaína (a través de un proceso químico verdaderamente desagradable). Antes de que Morales fuera elegido por primera vez, informó The Telegraph: «la despenalización probablemente aumentaría la oferta de la hoja, que se procesa en cocaína, proporcionando a los narcotraficantes más cantidad de la rentable sustancia ilícita.» De hecho ha ocurrido lo contrario: en los últimos dos años, el cultivo de coca ha disminuido en Bolivia. Este hecho inconveniente es una fuente de gran consternación para el gobierno de Estados Unidos, que ha invertido miles de millones de dólares en una guerra totalmente ineficaz y altamente militarista contra las drogas en América Latina. Morales ha dado a entender – acertadamente, en mi opinión – que la guerra contra las drogas es utilizada por los EE.UU. como excusa para inmiscuirse en la política de la región.

 

Dicho esto, sería deshonesto argumentar que el mandato de Morales ha sido perfecto. A principios de este año, el gobierno boliviano fue criticado por grupos de derechos humanos por la reducción de la edad legal para trabajar a los10 años. Pero lo que la mayoría de los medios de noticias olvidó mencionar es que el gobierno estaba respondiendo a una campaña de la organización sindical de niños, Unatsbo, que ve el cambio en la legislación como un primer paso para proteger a 850.000 niños que trabajan en Bolivia de la explotación que ocurre con el trabajo clandestino. Aunque Bolivia ha dado pasos enormes en la reducción de la pobreza, más de un millón de sus ciudadanos siguen viviendo con 1 dólar por día: un legado de la pobreza lacerante del país antes de que Morales asumiera el cargo.

 

Sin embargo, Morales debe hacer de la reducción del número de niños que trabajan una prioridad durante su tercer mandato. No hacerlo sería un incumplimiento grave de su proyecto progresista. En cuanto a las reformas sociales, Morales debe atender las llamadas recientes del defensor público de Bolivia, Rolando Villena, para legalizar las uniones civiles del mismo sexo y allanar el camino para la igualdad de matrimonio. También debería seguir el ejemplo del presidente de Uruguay, José Mujica, y liberalizar completamente el aborto, lo que sería un buen primer paso para hacer frente a las altas tasas de mortalidad materna del país. Y Morales también debe abordar las críticas de los líderes indígenas que lo acusan de no cumplir sus compromisos para proteger a los pueblos indígenas y al medio ambiente.

 

Pero como sea que Morales lleve adelante su tercer mandato, está claro que lo que está ya hecho ha sido notable. Ha desafiado a la sabiduría convencional que dice que las políticas de izquierda dañan al crecimiento económico, que las personas de la clase obrera no pueden llevar adelante economías exitosas, y que la política no puede ser transformadora; y Evo ha realizado todo esto ante la enorme presión política del FMI, la comunidad empresarial internacional y el gobierno de Estados Unidos. En el éxito de Morales, se pueden encontrar lecciones políticas importantes: y tal a vez todos nos vendría bien aprender de ellas.

Fuente: The Guardian, Reino Unido