Miles de jujeños acuden cada año para esta época a los cementerios a recordar a familiares y amigos que ya no están en este mundo, con la ilusión de que sus almas regresan de visita a comer y disfrutar de lo que más les gustaba en vida.
El fenómeno convierte a la celebración del Día de Todos los Santos, el 1 de noviembre, y el de los Fieles Difuntos o de los Muertos, el 2, en una de las tradiciones católicas más arraigadas del norte argentino.
Tanto es así que hay toda una tradición para la elaboración de las ofrendas con las que se agasaja a las almas que retornan a la tierra para mezclarse con sus seres queridos, observar el estado de lo que les perteneció y recordar los momentos más lindos de su paso por este mundo.
Hoy comenzará la preparación de los altares familiares en los que se colocan fotografías de los seres queridos fallecidos, las pertenencias que más querían, donde no faltan las camisetas de equipos de fútbol, pero además las ofrendas de pan y otros objetos rituales.
Hay ofrendas con figuras de ángeles, escaleras para bajar y subir al cielo, la paloma del espíritu santo, cruces, lazos, ubicadas en la mesa desde el 1 de noviembre hasta el mediodía del 2.
Además de los objetos rituales la mesa ostenta también todo tipo de confites, como caramelos de chancaca o miel de caña, rosquillas dulces y empanadillas, sin que falte un vaso de agua para que el alma satisfaga su sed por el largo viaje.
Sobre las calles Escolástico Zegada y Santiago del Estero, a pocos metros de la terminal de ómnibus de esta ciudad, se han instalado hoy no menos de un centenar de puestos donde se pueden comprar las ofrendas para armar el altar doméstico.
Es una verdadera feria donde se venden flores naturales y de papel, como lágrimas de la virgen, achiras, siemprevivas, claveles, varas de flor de cebolla y coronas de papel, de gran factura artesanal producto de años de experiencia de sus realizadores, que luego adornan los enterratorios en nichos o en la propia tierra.
El Día de los Muertos se realiza la visita a los cementerios. Los más pintorescos, en la Quebrada de Humahuaca, son los de Volcán y Bárcena, al igual que Maimará, ubicados sobre montículos que se pueden mirar desde la ruta nacional 9, adornados con flores.
Cuando los familiares retornen de los cementerios comenzarán a servirse los platos de comida que les gustaban a los difuntos por lo que no faltan los asados de cordero, cabra, también los picantes de lengua vacuna, pollo, panza y pata, empanadas, humitas y tamales, un verdadero muestrario de la gastronomía regional.
En la ceremonia, se reza frente al altar y comienzan a circular también las bebidas que tomaban familiares difuntos como vino, cerveza, bebidas blancas o la tradicional chicha de maíz o maní, un brebaje considerado bebida sagrada de los incas, a la que se agrega un poco de alcohol para animar el espíritu.
A los momentos de constricción, más tarde se le suma el de la alegría, puesto que si en la casa hay músicos, comienzan a tocar y no falta el baile para diversión de los que partieron a otro mundo y retornaron de visita.


