Traducción de Ana Vallorani
Los recientes acontecimientos que rodean a Siria me han llevado a que hable directamente con el pueblo estadounidense y sus líderes políticos. Es importante hacer esto en un momento de comunicación insuficiente entre nuestras sociedades.
Las relaciones entre nosotros han pasado por diferentes etapas. Luchamos unos contra otros durante la guerra fría. Pero también fuimos aliados una vez, y derrotamos a los nazis juntos. La organización internacional universal – las Naciones Unidas – se estableció entonces para evitar que tal devastación vuelva a suceder.
Los fundadores de las Naciones Unidas entienden que las decisiones que afectan a la guerra y la paz deben tomarse solamente por consenso, y el derecho de veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad está consagrado en la Carta de las Naciones Unidas con el consentimiento de los Estados Unidos. La profunda sabiduría del mismo se ha basado en la estabilidad de las relaciones internacionales desde hace décadas.
Nadie quiere que las Naciones Unidas tengan la suerte de la Liga de las Naciones, que se derrumbó porque carecía de influencia real. Esto es posible si los países influyentes eluden a las Naciones Unidas y llevan adelante una acción militar sin autorización del Consejo de Seguridad.
El posible ataque de los Estados Unidos contra Siria, a pesar de la fuerte oposición de muchos países y de los principales líderes políticos y religiosos, incluyendo al Papa, dará lugar a más víctimas inocentes y a la intensificación, lo que podría extender el conflicto más allá de las fronteras de Siria. Un ataque podría aumentar la violencia y desencadenar una nueva ola de terrorismo. Podría socavar los esfuerzos multilaterales para resolver el problema nuclear de Irán y el conflicto palestino-israelí y desestabilizar aún más el Oriente Medio y el Norte de África. Podría tirar todo el sistema internacional de ley y orden por la borda.
Siria no está siendo testigo de una batalla por la democracia, sino de un conflicto armado entre el gobierno y la oposición en un país multirreligioso. Hay pocos defensores de la democracia en Siria. Pero hay demasiados combatientes de Al Qaeda y extremistas de todas las tendencias luchando contra el gobierno. El Departamento de Estado de Estados Unidos ha designado a al Frente Al Nusra y al Estado Islámico de Irak y el Levante, que luchan con la oposición, como organizaciones terroristas. Este conflicto interno, alimentado por las armas extranjeras suministradas a la oposición, es uno de los más sangrientos del mundo.
Los mercenarios de los países árabes que luchan allí, y cientos de militantes de los países occidentales e incluso de Rusia, son un problema que nos preocupa profundamente. ¿No podrían volver a nuestros países con experiencia adquirida en Siria? Después de todo, tras los combates en Libia, los extremistas se trasladaron a Mali. Esto nos amenaza a todos.
Desde el principio, Rusia ha abogado por el diálogo pacífico que le permita a los sirios desarrollar un plan de compromiso con su propio futuro. No estamos protegiendo al gobierno sirio, sino al derecho internacional. Tenemos que utilizar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y creer que la preservación de la ley y el orden en el complejo y turbulento mundo de hoy es una de las pocas maneras de cuidar que las relaciones internacionales no se suman en el caos. La ley sigue siendo la ley, y hay que seguirla, nos guste o no. Según el derecho internacional actual, la fuerza sólo se permite en defensa propia o por decisión del Consejo de Seguridad. Cualquier otra cosa es inaceptable en virtud de la Carta de las Naciones Unidas y constituiría un acto de agresión.
No cabe duda de que se utilizó gas venenoso en Siria. Pero hay muchas razones para creer que no fue utilizado por el ejército sirio, sino por las fuerzas de la oposición, para provocar la intervención de sus poderosos clientes extranjeros, que estarían del lado de los fundamentalistas. Los informes de que los militantes están preparando otro ataque – esta vez contra Israel – no pueden ser ignorados.
Es alarmante que la intervención militar en los conflictos internos del extranjero se haya convertido en algo común para los Estados Unidos. ¿Este es el interés a largo plazo de los Estados Unidos? Lo dudo. Millones de personas en todo el mundo ven cada vez más a Estados Unidos no como un modelo de la democracia, sino como uno que confía únicamente en la fuerza bruta, improvisando coaliciones bajo el lema de «o estás con nosotros o en contra nuestro.»
Pero la fuerza ha demostrado ser ineficaz e inútil. Afganistán está sufriendo, y nadie puede decir qué va a pasar cuando las fuerzas internacionales se retiren. Libia está dividida en tribus y clanes. En Irak, la guerra civil continúa, con decenas de muertos cada día. En Estados Unidos, muchos trazan una analogía entre Irak y Siria, y se preguntan por qué su gobierno quiere repetir los errores recientes.
No importa cómo se dirigen los ataques o la forma sofisticada de las armas, las víctimas civiles son inevitables, como los ancianos y los niños, a quienes tienen el propósito proteger los ataques.
El mundo reacciona preguntando: si no se puede contar con el derecho internacional, entonces deben encontrarse otras formas de garantizar la seguridad. Así, un número creciente de países tratan de adquirir armas de destrucción masiva. Esto es lógico: si tienes la bomba, nadie va a tocarte. Estamos hablando de la necesidad de fortalecer la no proliferación, cuando en realidad ésta se está erosionando.
Tenemos que dejar de utilizar el lenguaje de la fuerza y volver a la senda de los acuerdos civilizados, diplomáticos y políticos.
Una nueva oportunidad para evitar la acción militar ha surgido en los últimos días. Los Estados Unidos, Rusia y todos los miembros de la comunidad internacional deben aprovechar la disposición del gobierno sirio de colocar su arsenal químico bajo control internacional para su posterior destrucción. A juzgar por las declaraciones del presidente Obama, Estados Unidos ve esto como una alternativa a la acción militar.
Recibo con satisfacción el interés del presidente en continuar el diálogo con Rusia sobre Siria. Tenemos que trabajar juntos para mantener viva esta esperanza, como acordamos en la reunión del Grupo de los 8 en Lough Erne en Irlanda del Norte en junio, y dirigir la discusión nuevamente hacia las negociaciones.
Si podemos evitar la fuerza contra Siria, esto mejorará el ambiente en los asuntos internacionales y fortalecerá la confianza mutua. Para nosotros será un éxito compartido y abrirá la puerta a la cooperación en otras cuestiones fundamentales.
Mi relación laboral y personal con el presidente Obama está marcada por una creciente confianza. Lo valoro mucho. Estudié cuidadosamente su discurso a la nación del martes. Y yo prefiero estar en desacuerdo en el caso que expuso de excepcionalismo estadounidense, afirmando que la política de Estados Unidos es «lo que hace a Estados Unidos diferente. Es lo que nos hace excepcionales.» Es extremadamente peligroso animar a la gente a verse como algo excepcional, sea cual sea la motivación. Hay países grandes y pequeños, ricos y pobres, algunos que tienen una larga tradición democrática y aquellos que todavía están buscando su camino a la democracia. Sus políticas son diferentes, también. Todos somos diferentes, pero cuando pedimos las bendiciones del Señor, no debemos olvidar que Dios nos creó iguales.


