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Recesión europea: raíces enfermas y brotes verdes

Durante años, Europa ha pasado de crisis en crisis, haciendo caso omiso a la creciente pobreza que la Cruz Roja ha registrado ahora.

Editorial. Traducción de Ana Vallorani

 

La metáfora en la que se expresa un asunto cuenta su propia historia. Desde la crisis económica que se inició en 2007-08, el cuadro ha sido una tormenta financiera constante; un cuadro con dos implicaciones. En primer lugar, que se trata de un fenómeno natural e indomable que hay que soportar, en lugar de – por ejemplo – un incendio, lo que podría requerir esfuerzos para amortiguar las llamas, por no hablar de las preguntas sobre quién encendió la chispa. En segundo lugar, que esta es una emergencia pasajera que luego habrá que olvidar. Pero hoy en día, además de haber producido una serie de estadísticas deprimentes acerca de las secuelas de la duradera recesión reciente en Europa, la Federación Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja sugiere un cambio de marco: habla de las «raíces de la crisis» que han sido «plantadas», las raíces que, insiste, producirán un crecimiento amargo por muchos años todavía.

 

Mientras reparte comida desesperadamente, la Cruz Roja está particularmente bien situada para hacer un recuento de la penuria que se desarrolla en los niveles más bajos: las barrigas hambrientas han obligado a un aumento del 75% en los recursos destinados a tal asistencia durante cuatro años en 22 países. Más allá de esta intensa dificultad, están los inseguros términos y condiciones que son una característica de los tiempos difíciles en Gran Bretaña y los Estados Unidos. Lo que distingue a Europa es el desempleo. Aunque las condiciones siguen siendo, en palabras del presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi «débiles, frágiles y desiguales», la zona euro está técnicamente en recuperación. El desempleo, sin embargo, se mantiene cerca de un persistente 12 %; cinco puntos más que en Gran Bretaña, y el doble de lo que nunca se obtuvo durante la intermitente depresión japonesa de 20 años.

 

La Cruz Roja delinea problemas con la salud mental y física, que nos conectan de nuevo a esta realidad. Aún más escalofriante es la concentración de la falta de empleo en los jóvenes, en una etapa de la vida en que la ociosidad forzada incurre en una sanción económica que perdura desde hace décadas. Con un desempleo juvenil que se encuentra en un 30%, 50 % o incluso un 60 % en los países más afectados, los salarios y las oportunidades de una generación van a retroceder mucho en cualquier recuperación. Raíces enfermas siempre se esconderán bajo los proclamados brotes verdes. Una perturbadora migración transcontinental y políticas intolerantes son algunas de las horribles consecuencias de la tragedia del desempleo en Europa, pero -a los efectos tanto de la cura inmediata como de la prevención futura- lo más importante es entender la causa.

 

El análisis ortodoxo, por supuesto, tiene que ver con la protección social que hace del continente un lugar severamente costoso para contratar una mano. Sin duda hay algunas regulaciones en algunos rincones de Europa, que protegen a las personas con puestos de trabajo a costa de los trabajadores que no los tienen, pero la sabiduría convencional está errada. Por eso no es fundamentalmente una historia sobre salarios mínimos u horas máximas. Si las «rigideces del mercado laboral» hacen la diferencia, lo hacen al margen. La verdadera explicación aquí es macroeconómica, como lo fue en la totalmente pre-regulada economía americana de la década de 1930, donde el desempleo se elevó al doble de los terribles niveles de la Europa contemporánea. La neurosis alemana sobre la inflación ha impedido el mismo uso liberal de las imprentas electrónicas en Gran Bretaña y Estados Unidos, por lo que la política monetaria sigue siendo fuerte. Además de esto están los problemas estructurales de una moneda única, que impone una única magnitud para todos los tipos de interés y – para el sur del continente – bloquea todos los medios de restablecer la competitividad a excepción de los recortes salariales directos. En muchos aspectos, este es el patrón oro una vez más.

 

Durante los largos años en que Europa ha estado pasando de crisis en crisis, nunca se ha tratado nada de esto. La moneda única emergió de la sala de urgencias en el año 2012 cuando el Sr. Draghi, prometió hacer «todo lo necesario» para apuntalar a los bancos afectados. Esto formaba parte de un acuerdo implícito que también involucraba al sur, quien debería soportar una austeridad sin fin. La desordenada política actual en Grecia e Italia, que se deriva de la ira popular sobre la reducción interminable de personal, sugiere que no se debe asumir que el consentimiento del sur va a durar para siempre. Así se rompa o no finalmente la paciencia del sur, los europeos tendrán que pagar el precio de los últimos años durante los muchos más por venir.

Fuente: The Guardian, Reino Unido