Por Armando Carmona. Traducción de Ana Vallorani
La indignación ha ganado impulso poco a poco y crecido hasta convertirse en masivas manifestaciones en solidaridad con las familias de los 43 estudiantes. Aunque los medios de comunicación social han sido útiles para el intercambio de información crítica y el llamado a la solidaridad, la fuerte red e infraestructura de los medios de comunicación y activistas independientes de la comunidad es la que ha respondido. Muchos han estado constantemente involucrados en la participación de las luchas del sur mientras trabajan activamente en sus comunidades locales.
La atrocidad Ayotzinapa sucedió sólo unos pocos días antes del 46 aniversario de la masacre de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968, cuando alrededor de 500 estudiantes murieron y miles resultaron heridos en manos de la policía. De manera similar a los recientes acontecimientos en Ayotzinapa, la violencia de 1968 fue ignorada en gran medida por los principales medios de comunicación y dirigentes políticos del Estado. Este silencio ha sido impuesto históricamente por los gobiernos y las élites, como parte de una estrategia para mantener la ilusión de la buena gobernanza y la verdad institucional.
Sin embargo, los momentos de silencio que son más significativos en el caso de Ayotzinapa han sido los que se han recuperado y utilizado para conmemorar, honrar y recordar la vida de las actuales víctimas de la violencia estatal. Este silencio no es de apatía, desconexión o retirada, sino de rechazo estratégico a participar en las narrativas dominantes y en los contextos que refuerzan las instituciones violentas, un silencio donde los participantes son capaces de reflexionar y escuchar las luchas de los demás. A pesar de que un momento de silencio es una práctica común durante el duelo, o como parte de una conmemoración histórica, recientemente se ha politizado el silencio para reflexionar, analizar y regenerar la comunidad.
Durante el octubre Ferguson, donde miles de personas marcharon en St Louis, Missouri, se vivió un momento de silencio de cuatro minutos para representar a cada hora en la que el cuerpo de Mike Brown, quien fue asesinado a tiros por un oficial de policía el 9 de agosto de este año, fue dejado tirado en medio de la calle.
Se trata de un silencio que nos recuerda que debemos hablar y escucharnos unos a otros, no a los burócratas o a los políticos que o bien no saben cómo solucionar el problema o, simplemente, hacen que la situación empeore. Esto no debería ser mal interpretado como un llamado para silenciar voces o demandas.
Los zapatistas de Chiapas, México siguen recordándonos la posibilidad de una alternativa no institucional construida por la gente común y sostenida como una política de la vida cotidiana, a través de la construcción de escuelas, clínicas, formas comunitarias de gobierno, que se hace visible en las Juntas del Buen Gobierno, y los esfuerzos hacia la justicia autónoma que se aplica a través de los convenios colectivos.
Recientemente, los zapatistas han mantenido un silencio muy deliberado y estratégico. Esto no es un silencio de resignación, derrota o rechazo; han estado en un diálogo muy activo con gente de todo el mundo, a través de comunicados y encuentros, así como a través de su participación en las acciones públicas en solidaridad con las comunidades de todo México.
Después de una marcha silenciosa de más de 40.000 zapatistas en todo Chiapas el 21 de diciembre 2012, declararon: «con nuestro silencio, nos hemos hecho presentes.» Ellos siguieron marchando en silencio y sin embargo, se han hecho presentes en «tratar de construir los puentes necesarios hacia los movimientos sociales que han surgido y surgirán, no para dirigir o suplantar, sino para aprender de ellos, de su historia, de sus caminos y destinos.»
A través de estas manifestaciones públicas, vemos que los zapatistas no sólo han sido capaces de escuchar a las luchas de todas partes del mundo, sino que también han respondido. Mientras que el silencio del Estado refuerza su complicidad en el mantenimiento de la guerra contra las drogas y la inmensa violencia contra el pueblo de México, el silencio desde abajo habla de un cambio de enfoque, donde los que están en las bases se hablan el uno al otro, construyen su nivel de organización, y revitalizan su compromiso de luchar por un tipo radicalmente nuevo de política.
Fuente: Toward Freedom



