“…No existe tal problema como la inserción de los jóvenes en el mundo del trabajo; el problema real es la escasez de trabajos para los jóvenes”…. (Emilio Pauselli, “La Cultura del Trabajo y la Danza de la lluvia”).
“El trabajo sigue siendo, en el imaginario social de los jóvenes, el principal articulador y facilitador de los procesos de afiliación y reafiliación social. Las aspiraciones de este segmento en particular en cuanto al futuro giran en torno al anhelo de conseguir un empleo “formal”, en “blanco”, “bien blanqueado”, a través del cual puedan percibir un ingreso monetario estable, gozar beneficios sociales, una jornada laboral no superior a las ocho horas diarias, lo que denominan como “un trabajo normal” (Guillermo Pérez Sosto, “Trabajo decente para la juventud argentina “Informe a la OIT)
He utilizado estas citas de dos investigadores argentinos que hace mucho se ocupan del tema para introducir el objeto de esta nota desde un enfoque económico. Comienzo con algunas precisiones. La noción de “trabajo decente” pertenece a la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y estructuraría según Julio Neffa, una autoridad local en temas de empleo, las siguientes dimensiones: trabajo productivo en condiciones de libertad, equidad, seguridad y dignidad, en el cual los derechos son respetados y cuenta con remuneración adecuada y protección social. “Trabajo decente” sería una noción equivalente a la que utiliza la economía clásica para definir el salario, sería sinónimo de lo que David Ricardo denominaba el “precio natural” en torno al cual la retribución de los trabajadores oscilaba o la retribución de la fuerza de trabajo en Marx, es decir equivalente a la canasta de bienes que aseguran su reproducción. Ese “precio natural” del valor del trabajo o esa “retribución de la fuerza de trabajo” debe entonces contextualizarse. A tal efecto voy a sostener que el nivel de las remuneraciones formales al trabajo en la Argentina oscila en torno a ese nivel mencionado y que la informalidad laboral consiste en pagar al trabajo por debajo de ese precio, por debajo de lo que el salario debería cubrir.
Siguiendo a Julio Neffa en lo que sigue, lo que el autor denomina “corrosión del trabajo” es un proceso iniciado a mediados de la década del setenta, en la cual las potencialidades del régimen de acumulación del capital vigente entraron en crisis. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta más o menos 1975, los “gloriosos treinta años” de expansión, marcan una etapa de preeminencia de la actividad industrial manufacturera, de constante expansión del consumo y la inversión privada que tuvo su correlato en un modelo de trabajo “que contaba con garantías de seguridad, gozaba de la garantía legal de la estabilidad y estaba declarado ante la administración del trabajo y el sistema de seguridad social; los aportes correspondientes otorgaban una protección social que beneficiaba también a la familia del trabajador” (Neffa).
El contexto económico entra en crisis a partir de un conjunto de hechos concurrentes ubicados en los años setenta, en primer lugar, el abandono por parte de los EEUU de la paridad fija de su moneda con el oro y el consecuente “crack” de los tipos de cambio fijos atados a ésta, lo que generó un fenómeno inflacionario global y una dislocación de las paridades de las monedas. Se elevó sideralmente el precio del petróleo hasta ese momento un insumo barato que engrasaba las ruedas del sistema, las ganancias empresariales se debilitaron y la inversión productiva entró en crisis. La inflación y la abundancia de recursos monetarios sin ancla en el oro dispararon la tasa de interés internacional a niveles inauditos, los capitales comenzaron a refugiarse en las colocaciones financieras ante la falta de alternativas de inversión productivas rentables.
En ese contexto las industrias emblemáticas de la expansión de posguerra, la automotriz, la de bienes de consumo durable y la textil, entraron en crisis. Los países centrales viraron hacia el neoconservadurismo, con Reagan y Tatcher como ejemplos. Se produjo la llamada “reacción neoliberal” en lo económico con sus conocidas premisas de desregulación, entronización del libre mercado y abandono del rol rector de los Estados. Creció la desocupación y se estancaron los salarios reales. En Japón nació el denominado “toyotismo”, por la empresa automotriz Toyota, que marcó la primera gran trasformación del mundo de trabajo, se impuso la llamada “acumulación flexible”, el modelo JIT por las siglas “just in time”. Este sistema irá paulatinamente desplazando al modelo tradicional de producción en cadena, centrado en un gran establecimiento, con una gran estructura logística para el depósito de sus productos, el modelo llamado “fordista”, por estar inspirado en la fábrica Ford Motors y la elaboración de un único modelo el Ford T., de un solo color, negro, en donde existía una cadena de producción manejada por trabajadores manuales de tiempo completo sujetos a una relación salarial estable y permanente, como he descripto. El toyotismo introdujo la flexibilidad laboral, la alta rotación de puestos de trabajo, la automatización en reemplazo del trabajo manual, lo que implica menor control de los trabajadores de la cadena productiva y el “stock cero” de producción, que elimina los costos de almacenamiento y produce para lo que efectivamente se vende a partir de la demanda conocida. Este fue el inicio de la desregulación del trabajo.
Como es propio del sistema capitalista este sistema en su forma plena o bajo modalidades híbridas se expandió en todo el mundo desarrollado porque permitió restablecer la tasa de ganancia y la inversión a costa de modificar estructuralmente a la baja la relación salarial y las condiciones de trabajo. Los grandes establecimientos se redujeron y porciones de la producción se tercerizaron a proveedores más pequeños, en una búsqueda constante de reducción de costos. La denominada “revolución informática” permitió luego intensificar estos procesos de automatización y relocalización de la producción.
La globalización posterior a la caída de la URSS y el ingreso de China al camino capitalista de otros países asiáticos menores acentuó aún más el fenómeno de la relocalización productiva a escala planetaria de las ET, empresas trasnacionales.
Todo este proceso modificó radicalmente lo que se conocía como “empleo típico”, propio del modo de acumulación “fordista” e implicó, siguiendo nuevamente a Neffa, la instauración de los contratos de duración determinada, que eliminan la obligación del contrato laboral permanente y permiten a los empresarios ahorrar salarios en tiempos de baja demanda o respondiendo a requerimientos estacionales, la naturalización del trabajo en domingos y feriados sin pago extraordinario, la proliferación de empresas de trabajo temporario ETT, o de servicios eventuales, EST, que “triangulan” la relación laboral, ya el trabajador realiza su actividad en el establecimiento que contrata los servicios eventuales como cualquier otro trabajador de la firma pero su relación laboral es con la ETT., la generación de “pasantías” por tiempo determinado y renovables, que nunca finalizan con contratos definitivos. En resumen, la informalidad laboral ha sido una estrategia del capital para abaratar el costo del trabajo.
La desregulación y flexibilización laboral alcanzaron fuerte expansión en nuestro país bajo el régimen de Convertibilidad. Entre nosotros las empresas más concentradas de las cadenas de valor son las que ostentan una formalidad mayor en las relaciones laborales pero la estrategia de abaratamiento de costos lleva a la subcontratación de productos o servicios o la venta de su producción a sectores menos capital intensivos y con diversos grados de informalidad laboral, lo que constituye un fenómeno de conjunto.
Dicha informalidad llega en la Argentina al 34,8 % en el entramado productivo a pesar de haberse restablecido en los últimos años mecanismos propios de la tradición salarial “fordista”, como ser la vigencia de un salario mínimo, vital y móvil, ajustable, la reinstauración de convenios colectivos para la negociación salarial, el retorno de un sistema jubilatorio de alcance universal y la incorporación al mismo de los pasivos que no poseían aportes suficientes para acceder a la jubilación, políticas, que entre otras cosas sumaron más de dos millones de trabajos formales. A su vez, la informalidad citada se explica por la vigencia de Regímenes de Contrato laboral específicos en algunas ramas, como la textil y la construcción diferentes a la Ley de Contrato de Trabajo y por la alta informalidad en las empresas más pequeñas de la cadena de valor (1 a 5 miembros). Es claro que identificar el problema de la informalidad global es condición necesaria a su resolución, pero ni remotamente suficiente.
Dentro de este problema, veamos a los jóvenes, objeto de esta nota. Según Guillermo Pèrez Sosto “la proporción de ocupados jóvenes con empleo formal sólo alcanza al 30,4 %. La mayoría salta de trabajo en trabajo y son pocos los que conocen la protección legal y la seguridad social.” Y estamos hablando del 20 % de la Población Económicamente Activa (PEA) de la Argentina. Por qué?
Emilio Pauselli afirma provocativo: “En el caso de los jóvenes, se acentúa la cantinela de que hay que recuperar la cultura del trabajo. “No han visto a sus padres trabajar”, dicen los instruidos, y concluyen con sabiduría que lo que no han visto no se puede hacer. Esto inaugura un mundo en verdad notable, en donde todo el que no haya visto a sus padres tener sexo morirá virgen”…
En la Argentina la tasa de desocupación juvenil más que duplica al promedio de la economía, la vulnerabilidad, pobreza e indigencia del sector juvenil superan los guarismos del conjunto de la población.
Así, como la regulación estatal permitió la incorporación de millones de trabajadores al sistema formal y sus imperfecciones, como la señalada vigencia de regímenes laborales por fuera de la Ley de Contratos de Trabajo alimenta la perpetuación de la informalidad en el sector textil y de la construcción, algunas de las políticas “focalizadas” al empleo juvenil que subsidiaban al empleador con el 75 % del salario del “empleo joven” creado constituyeron errores. Primero porque la remuneración elegida estaba por debajo de la remuneración al trabajo habitual en el área o la industria, induciendo a una “selección perversa” en detrimento de asalariados mayores también precarios y luego estableciendo un horizonte de alta incertidumbre a la continuidad de la relación laboral eliminado el subsidio.
Sólo el despliegue de una política de desarrollo que genere valor agregado, con más industria y tenga como objetivo direccionar el empleo resultante, como empleo complejo, hacia los jóvenes, podrá comenzar a trabajar en la solución de este problema. Es decir crear oportunidades de trabajo que hoy no existen a partir de una fuerte decisión institucional.
Como afirma Pérez Sosto, discípulo de Robert Castel “La temática de la vulnerabilidad, precariedad y desafiliación de los jóvenes interroga a la sociedad, desde el punto de vista sociológico, acerca de las formas de garantizar su cohesión y desde el punto de vista económico, a propósito de su capacidad de reproducción de la fuerza de trabajo”. He ahí el debate.



