EL FUTURO DEL CRECIMIENTO.Por Pablo Tonelli, economista peronista.
El dilema económico que enfrenta la Argentina hoy podría expresarse así: Cómo continuar creciendo y mejorando la distribución del ingreso y la inclusión social en un escenario internacional adverso y en uno nacional en el que asoman claras restricciones. En relación con la situación internacional, signada por la crisis, el problema reside en cómo proteger nuestro mercado local de sus impactos. En ese sentido, siendo el comercio internacional la principal vía de contacto con el mundo capitalista en crisis, el objetivo de mantener el saldo de la balanza comercial mediante un moderado crecimiento de las exportaciones y una disminución mucho más drástica de la verificada de la tasa de incremento de las importaciones, constituye la primera prioridad. Esto último implica la administración lisa y llana de las compras externas. Estas acciones se complementan con las relacionadas con la Balanza de Pagos, en particular moderar el flujo de utilidades giradas al exterior por trasnacionales y bancos así como disminuir la formación de activos externos del sector privado, es decir lo que se denomina “fuga de capitales”. El objetivo es alcanzar la meta de compra de divisas por parte del BCRA, unos U$S 9.000 millones, que permitan pagar con reservas los aproximadamente U$S 5600 de servicios de la deuda externa sin alterar sustancialmente el monto de dichas Reservas. El Gobierno Nacional, claramente consciente del problema, ha decidido adoptar, a mi juicio correctamente, estas medidas.Es lícito preguntarse a partir del debate que se ha generado por qué la estrategia de mantener las reservas internacionales es la primera clave del futuro del crecimiento argentino, que ha sido causa del activismo del gobierno desde la última corrida cambiaria.La Argentina, según la clásica descripción del Ing. Marcelo Diamand, figura central del pensamiento económico heterodoxo, puede definirse como una “estructura productiva desequilibrada”. Desequilibrada porque las divisas que genera dependen centralmente de su sector primario exportador, que opera con una productividad próxima a la internacional y posee un sector industrial heterogéneo, que en promedio opera con una productividad mucho más baja que la internacional (excepto los grandes productores de insumos industriales difundidos, denominados commodities industriales). Como consecuencia de ello, el balance sectorial en divisas de la industria es crónicamente deficitario, hecho que produce que los intensos procesos de crecimiento, que consumen importaciones de insumos, maquinarias y equipos hayan encontrado históricamente su límite cuando la escasez de divisas se manifiesta. En los últimos cincuenta años esta situación ha estado en el centro de las fases llamadas de “stop and go”, o sea crecimiento, estancamiento y depresión cíclicos. Consecuencia: Un muy débil desarrollo de largo plazo.Es en 2011 en que el problema de la escasez relativa de divisas volvió a ocupar el centro de la escena. En los años previos, la abundancia de dólares sostuvo un inalterado e inédito proceso de crecimiento económico, que permitió sortear la fuga de capitales originada en el denominado “conflicto del campo”, la recesión del 2009 y el creciente déficit energético. En 2012 y de aquí en adelante la única garantía de poder continuar creciendo es cuidar los dólares en poder del Banco Central. Dicha lógica no es sólo económica, sino centralmente política, las Reservas son la fuente principal de poder del Estado y de su capacidad de intervenir positivamente en el proceso económico y social sin asumir graves costos en la política de crecimiento e inclusión y de tener plenas facultades para mediar entre los actores económicos y sociales sin sucumbir ante ellos. Esta necesidad de cuidar las Reservas aparece entonces como la condición necesaria para desplegar una estrategia de crecimiento, protegiendo nuestro mercado interno de la crisis internacional y realizando un fuerte activismo gubernamental, que sería la traducción simple de lo que la Presidenta ha denominado “sintonía fina”. Qué debe planificar entonces el Estado en una economía capitalista de mercado no centralmente planificada? En primer lugar los temas que tienen que ver con su gasto, en primer lugar modificar el monto y destino de los subsidios, tareas que se ha comenzado a emprender. Sostener el impulso de la demanda de los sectores vulnerables con la mejora y la ampliación de medidas como la Asignación Universal por hijo y reducir el subsidio a los consumos de servicios de los sectores con mayor poder adquisitivo. En el tema energético la clave pasa por modificar el actual esquema por otro en que el sector petrolero asuma el riesgo de la inversión en exploración y pague de alguna forma los costos de la transición a un régimen basado en la utilización plena de nuestros recursos energéticos. Si en 2011 se gastaron $ 63.000 millones de pesos en subsidios de toda índole ( energía y transporte constituyen el 80% de los mismos) y para el 2012 se presupuestaron $ 75.000 millones, una primera meta sería repetir el monto nominal 2011 sin incrementos en esos rubros.Dado que se mencionó el tema inversión, sin entrar en una discusión académica sobre sus determinantes, es claro que a pesar del alto nivel alcanzado en términos históricos, el mismo debe expandirse, dado que es insuficiente. En ese sentido la inversión debe ser la alternativa a los recursos girados al exterior como utilidades. Por otra parte la inversión local de los sectores productores de insumos industriales difundidos es palmariamente insuficiente para el ritmo de crecimiento y los mismos constituyen bienes estratégicos. La baja productividad industrial debe atacarse con el fomento a las inversiones en tecnología, atacando los cuellos de botella sectoriales y favoreciendo la sustitución de importaciones. En una amplia gama de bienes de capital ello es posible.El crecimiento potencia la puja distributiva, en hora buena que esto así sea. En la depresión sólo es posible para los trabajadores defender el empleo en condiciones de salarios reducidos. Las organizaciones obreras han recuperado protagonismo, discuten libremente en paritarias y han logrado una fuerte recuperación de los salarios, por encima de la inflación, medida como fuere, más allá de la aún existente informalidad laboral y de los graves problemas estructurales heredados. La decisión del Gobierno de incluir las mejoras de productividad logradas por el capital en la discusión paritaria para permitir dotar de mayor contexto a la misma es acertada. La puja entre beneficios, salarios y rentas es fuente de tensiones y alimenta el proceso inflacionario pero constituye una dinámica ineludible. Es acertado bajar el nivel de esta disputa, ampliando y sosteniendo centralmente el mercado interno para que el beneficio empresarial pueda realizarse en un círculo virtuoso con el incremento salarial. El escenario es diferente, lo hemos puntualizado, pero es posible continuar el sendero del crecimiento y la inclusión agregando al pesimismo de la razón económica, que sabe de límites, los instrumentos al servicio de una estrategia de desarrollo también sostenida en el optimismo de la voluntad. El futuro está por escribirse.



