Patricio Navia. Traducción de Ana Vallorani
Pero su regreso a la presidencia viene con una advertencia importante: la abstención récord pone en duda la afirmación hecha por algunos dentro de su coalición de que los votantes quieren un cambio profundo lejos de las políticas de mercado que han hecho de Chile una estable y exitosa democracia en América Latina.
En 2010, Bachelet finalizó su primer mandato de cuatro años como presidente con un índice de aprobación del 80%. Sus políticas económicas fiscalmente responsables, junto con un fuerte enfoque en los programas sociales para atenuar la pobreza, le permitieron a su gobierno superar la crisis financiera mundial de 2008. Aún así, después de 20 años en el poder, su coalición izquierdista Concertación fue derrotada en las elecciones presidenciales de ese año por el candidato de centro-derecha Sebastián Piñera.
Ahora, tras un solo período de un gobierno de Piñera económicamente exitoso pero impopular, los chilenos le han devuelto a Bachelet el poder. Además de ser la primera mujer presidente de Chile, Michelle Bachelet es la primer presidente desde 1938 en ser elegida para un segundo mandato, y su margen de victoria -62 % a 38 %- sobre la candidata de la derecha, Evelyn Matthei, estableció un nuevo récord. Pero el alto índice de abstención en estas elecciones -las primeras con inscripción automática y voto no obligatorio- significa también que Bachelet se convertirá en presidente con menos votos que cualquiera de sus predecesores desde que la democracia fue restaurada en 1990.
Bachelet no tendrá el lujo de una luna de miel. Durante la campaña presidencial, como candidata de la coalición Nueva Mayoría -la vieja Concertación, más el Partido Comunista y otros pequeños grupos de izquierda- asumió compromisos específicos que ayudaron a elevar las expectativas. Aunque es probable que el programa del gobierno sea menos ambicioso y más restringido que muchas de sus promesas de campaña, los pobres y la clase media baja -su principal base electoral- esperan que ella actúe con rapidez, por ejemplo, para acabar con la educación primaria y secundaria con fines de lucro y ofrecer educación superior universal y gratuita.
Bachelet también se ha comprometido a reformar el sistema fiscal para reducir la desigualdad, fortalecer el papel del Estado en el sistema de pensiones, y mejorar la calidad y cobertura del sistema de salud. Ha prometido incluso una nueva constitución.
Pero, aunque la coalición de Bachelet tiene una clara mayoría en el Congreso, los requisitos de supermayoría la obligarán a negociar con la oposición de la derecha para pasar sus reformas. Además, debido a que su propia coalición incluye partidos desde la extrema izquierda al centro, tendrá que negociar compromisos con sus aliados.
Por otra parte, los tiempos difíciles implicarán decisiones difíciles. Tras cuatro años de rápido crecimiento y casi pleno empleo con Piñera, la economía se está desacelerando. La caída del precio del cobre, principal producto de exportación de Chile, sugiere lo que se avecina. Después de hacer campaña con la promesa de redistribuir la riqueza, Bachelet tendrá que centrarse en fomentar el crecimiento y en generar empleo.
A medida que el panorama económico empeore las prioridades de los votantes van a pasar de un acceso más amplio a una educación de calidad y atención sanitaria a la promoción del empleo. El propio compromiso de Bachelet de reemplazar la constitución -un vestigio autoritario que ella compara con una casa que ya no se ajusta a las necesidades de la familia nacional- ahora va a competir con otras prioridades urgentes. Después de todo, incluso si usted necesita una casa nueva, no tiene sentido demoler la casa antigua justo antes de una tormenta.
En su primer mandato, Bachelet adoptó medidas rigurosas pero fiscalmente responsables, generando para el gobierno enormes excedentes que estaban destinados a una ambiciosa reforma de las pensiones y a un fondo de riqueza soberano para los tiempos difíciles. Llevó a cabo reformas graduales y pragmáticas en la educación, las pensiones, la asistencia sanitaria, y la competitividad, trabajando arduamente para construir consensos y promover el diálogo y la participación popular.
En su segundo mandato, Bachelet tendrá que sopesar su promesa de reformas radicales con la experiencia pasada (la única reforma radical en su primer mandato -un nuevo sistema de transporte público en la ciudad capital de Santiago- resultó muy mal). En su discurso tras la victoria, reiteró algunos temas comunes en la campaña, como la nueva Constitución, las mejoras en el sistema educativo, y la paridad de género en su administración. Pero también insistió en su compromiso con las reformas responsables y sostenibles.
Algunos críticos han advertido que un duro giro a la izquierda le espera a Chile bajo Bachelet. Pero, dado los sólidos cimientos neoliberales del país, las consistentes políticas favorables al mercado, y un amplio apoyo para el cambio moderado, es muy probable que Bachelet cambie de rumbo sólo ligeramente. Chile seguirá estando todavía más a la derecha que la mayoría de los países de América Latina y, de hecho, que la mayoría de los miembros de la OCDE: el grupo de países con los que Chile acostumbra a compararse a sí mismo.
Chile sigue siendo uno de los países menos igualitarios de América Latina. En los últimos años, los movimientos sociales han exigido que el Estado desempeñe un papel más importante en la redistribución, y el mandato de Bachelet será el de reducir la desigualdad. Si ella lo logra a través de reformas moderadas y graduales, la democracia de Chile se volverá más fuerte y más inclusiva. Si, sin embargo, ella marca una preferencia por un camino alternativo, las instituciones democráticas, la opinión pública y la presión económica le recordarán que los chilenos no están a favor de cambiar el enfoque que ha hecho de su país la envidia de América Latina.
Fuente: Project Syndicate, EE.UU.

