Ayer el mundo del fútbol tuvo que mirar lo que nunca desea ver, ese tema que la mayoría de las veces suele ignorarse pero forma parte de la raíz misma del deporte argentino. Un joven de 27 años fue asesinado a golpes -aparentemente con un objeto contundente- luego de una disputa entre las dos facciones de la barra del club Nueva Chicago, del barrio porteño de Mataderos.
Agustín Rodríguez, perteneciente al subgrupo «Los Perales», fue alcanzado en las adyacencias del club -Lisandro de La Torre y San Pedro- por supuestos integrantes de «Las Antenas», que le produjeron «una muerte instantánea», según declaraciones del personal del SAME que llegó al lugar minutos después.
Antonio Fusca, presidente del club, desmintió las primeras versiones que hablaban de una reunión en las piletas (donde comenzaron los hechos) para «acercar» a ambas partes, enfrentadas hace años.
Más tarde, en el Hospital Santojanni, hubo un nuevo enfrentamiento dado que uno de los supuestos agresores -conocido como «Aldo, el paraguayo»- estaba siendo atendido por un puntazo sufrido en la batalla.
Las imágenes que se difundieron por televisión correspondientes a las cámaras de seguridad del hospital, muestran el caos que se desató en la guardia, donde trabajaba personal médico y se atendía a los pacientes.
El episodio difícilmente pueda sorprender o, incluso, llegar a servir como mojón para que comience a cambiar de una vez el manejo de los clubes con sus barras. Pocos -casi ninguno- se animan a enfrentarlos (Independiente, por ahora, parece el único dispuesto a detener esta tendencia a partir de la asunción de su nuevo presidente). Mientras la AFA siga mirando para otro lado argumentando que «de la seguridad no se ocupa» el fútbol ocupará cada vez más las páginas policiales, en lugar de las deportivas.


