Estos tres últimos, a diferencia de otros interesantes por su valor arquitectónico o mobiliario, fueron elegidos por ser símbolo de identidad barrial.
Según Horacio Spinetto, de la Dirección General de Patrimonio e Instituto Histórico y miembro de la Comisión, “Es un reconocimiento por su antigüedad y fuerte significado en la historia del barrio.
Aún hoy son instituciones de peso para los vecinos”, resume Icono de Villa Crespo, el café San Bernardo abrió en 1912. Durante muchos años fue sólo para hombres, quienes escuchaban tango mientras una vitrolera, la única mujer, pasaba discos de pasta en un altillo. Aún así, en los ‘20 allí tocó –vestida de varón– la primera bandoneonista argentina, Paquita Bernardo.
Hacia 1930, con más de 20 mesas de billar, era una de las salas más grandes en Capital y punto de torneos.
En el piso superior, un Club Social homónimo atraía con juegos clásicos como burako, dominó y naipes; con el pool y billar, todavía vigentes.
Fue el bar que convocó a figuras como Carlos Gardel, Celedonio Flores, Genaro Espósito, Alberto Vaccarezza y Benito Quinquela Martín, cuando en el 35 asumió el primer Presidente de la República de Villa Crespo, con sede en el Club.
Reunió de los 40 a los 60, a innumerables espectáculos. También concurrieron políticos, escritores como Leopoldo Marechal, y actores, como Max Berliner.
Todas las edades y todas las nacionalidades disfrutaron y disfrutan de las noches de ping-pong ( hoy boom entre jóvenes).
Expertos y amateurs, convocados vía Facebook, copan sus 433 metros cuadrados hasta el alba.
“Y cada vez hay más turistas”, dice Laura Avila, con su esposo, los dueños. Para los de Atlanta es la segunda casa.
“Es mi vida, perderlo sería sacarme litros de sangre”, explica Ciro Galeazzi (77), bohemio y habitué desde hace 50 años, bajo un techo de bovedilla en restauración.
En Mataderos, el Glorias Argentinas, es el primer club con un Bar Notable. “Es un orgullo porque es sobre todo deportivo”, sostiene Sergio Tur, presidente e hijo de uno de sus fundadores.
Desde 1941 –el bar es del 42– hoy tiene unos 1.700 socios. Creció con bailes de tango y carnaval y albergó décadas una milonga mítica hasta que la tormenta de abril de 2012 afectó el salón.
En su escenario actuaron Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo y Astor Piazzolla; luego Sandro y el Club del Clan, entre otros.
Junto a fotos de época, tocadiscos y más objetos donados por vecinos, Néstor Miranda (60), concesionario, destaca su rol social en el Oeste.
“Hay actividad cultural casi cada noche, clases de tango, canto, café literario, cine, shows, para 150 personas y clima familiar,” apunta.
“Los platos son abundantes y accesibles –agrega–, así nadie queda afuera, igual que en los viejos clubes de barrio”.
En otro barrio, Pompeya, en una ochava angosta, El Buzón, único Notable en en el barrio, funciona desde la década del 30 en lo que ahora queda en pie del Colegio Luppi.
Allí, Homero Manzi fue pupilo entre 1920 y 1923 y por la ventana sobre la entrada del bar, donde estaban los dormitorios, veía el paisaje del Sur que luego plasmó en su obra. Por eso esa esquina, que hizo inmortal en el tango Manoblanca, es “de gran identidad porteña”, marca Gregorio Plotnicki, de 75 años, creador del museo que lo homenajea justo enfrente.
Su dueño desde hace 20 años, Arturo Antón (57), dice que en general los habitúes son trabajadores de la zona. Algunos vecinos, desde siempre, pero los usos cambiaron:
“Se cuidan más; antes pedían mondongo, ahora pollo con calabaza”, comenta y finaliza: “unos se pasan todo el día; lo toman de oficina, de club. Es que el bar es lo principal en un barrio. Aún más que la farmacia”.

