«Un crimen, un robo, un asalto, un adulterio con homicidio son sucesos sin repercusión social, despreciables y previstos en el equilibrio colectivo. El delito mayor es darles una divulgación indebida, repartirlos por todos los ámbitos, redactados por plumas expertas en sensacionalismo, bajo títulos pomposos, como si se quisiera que todos los hombres tomaran por modelos las fechorías que relatan. Más delito que el delito es la publicidad morbosa del delito.” Raul Scalabrini Ortiz
Esta tarea en pinzas ha permitido generar en el imaginario colectivo que todo lo que hace la política es malo y todo lo que haga la prensa es “santa palabra”.
Dos episodios, entre los miles que a diario sufre la sociedad argentina, son un claro ejemplo.
Primero se conoció el escrutinio provisorio de la elección Primaria, Abierta, Simultánea y Obligatoria del 14 de agosto. Sobre 80.951 mesas de votación en todo el territorio nacional solo el 0,03 % de las mesas fueron observadas.
Pese a la exigua cantidad de votantes que ello implica y sobre todo teniendo en cuenta que esas mesas, aún suponiendo que todos los inscriptos en las mismas hubieran votado en contra de Cristina Fernández de Kirchner, no modificaban la sideral distancia entre el Frente para la Victoria y su inmediato seguidor Alfonsín nada impidió que los actores políticos de la oposición salieran a sembrar dudas sobre la legitimidad de la elección.
Una vez más todo lo que hace “la política” es malo y sospechoso. Le cabrá a algún psicólogo analizar porque, quienes cuestionan a la política permanentemente cuentan con la complicidad de los actores políticos de la oposición.
Pero, rápidamente, los medios de comunicación monopólicos salieron a intentar construir en el imaginario colectivo la idea de los políticos oficialistas amañando elecciones, llevando a cabo fraude, burlando la voluntad popular.
No conformes con ello buscaron mostrar al gobierno obcecado en sostener a autoridades de mesa que habían cometido errores en su tarea.
De nada sirvió la aclaración del Ministro Randazzo que las autoridades de mesa son designadas por la Justicia Electoral, de hecho por el mismo Juez Blanco que habló de gruesos errores.
El periodista Mariano Obarrio de La Nación tituló o dejó que el Editor titule «No cambiarán presidentes de mesa» y en la bajada «Pese a las quejas, el Gobierno mantendrá en octubre a las mismas autoridades que el 14 de agosto».
Lo interesante es que en el interior de la nota, la misma no se corresponde con el título ni con la bajada.
Claro que todos sabemos que la gran mayoría de la gente solo lee los titulares y las bajadas pero además estos titulares son levantados y repetidos hasta el cansancio por los zócalos de los canales de noticias.
Una vez más los “políticos son los sospechosos” y los medios de comunicación los “que nos protegen de las artimañas de los políticos.
Esta sacralización de la “prensa” y de los “periodistas” es sostenida por toda la corporación.
He aquí un interesante caso de doble vara, como dirían en 678, el “santo periodismo” cuestiona y ataca por corporativa cuando alguien de la CGT defiende a un integrante de esa organización.
Pero cuando a un “periodista” se le señala, como mínimo, que ha falseado la verdad publicando una mentira a sabiendas.
La gran mayoría de la corporación saltó como hormigas a la que le patearon el hormiguero y enseguida ADEPA salió a hablar de atentado a la libertad de prensa y el coro de alcahuetes encabezados por Lanata, Magdalena Ruiz Guiñazu etc. más algunos políticos de la oposición que no tuvieron la suerte de ser respaldados en las urnas, Silvana Giudice es el más claro ejemplo, se rasgaron las vestiduras y hasta se atrevieron a pedir que el Ministro “pida disculpas”.
Otro caso de sacralización de la prensa se vivió a raíz de la desaparición y posterior aparición asesinada de Candela Rodríguez.
Sin entrar en lo que es el espacio de la investigación judicial ni en lo terrible del hecho aquí también se volvió a que “todo lo que hacen los políticos es malo” y “todo lo que hace la prensa es bueno”.
Se saturó, a través de los medios monopólicos, a la sociedad sobre el hecho.
En nombre de la libertad de prensa se entrevistó a “expertos”, opinólogos etc., se elaboraron hipótesis y sobre todo se brindó al aire, información útil para quienes habían secuestrado a Candela.
La sociedad argentina es presa de ese juego perverso construido desde los medios monopólicos.
Los jueces, los fiscales, las autoridades policiales y políticas en la mayoría de los casos no se atreven a decirle a los medios “Señores no se le va a brindar ninguna información hasta que sea resuelto el caso”.
Por el contrario se desesperan por su segundo de fama.
Entonces aparecen en cámara el panadero de la vuelta, la maestra, el tío de la compañerita de banco y hasta un transeúnte que no es del barrio, no conoce a nadie pero por las dudas opina.
La gente que sabe en serio del tema, lo primero que explica es que en un caso de desaparición de persona y sobre todo si existe posibilidad de secuestro no se debe brindar información a los medios pues esa información al aire también la reciben los secuestradores y la utilizan.
Pero quien se atreve, en esta sociedad donde la prensa está sacralizada, a ponerle el cascabel al gato.
Otro tema, estrechamente ligado a la sacralización de los medios y a la descalificación de la política y del Estado, es la movilización de vecinos y famosos por el regreso de Candela.
Si los políticos que a través del voto popular son los que conducen al Estado y tanto ellos como el Estado esta tan sospechado y descalificado se hace necesario que otras vías resuelvan estos temas tan graves.
Si como todo parece indicar, la muerte de Candela tiene que ver con una plata que su papá se quedó.
Si como todo parece indicar la mamá sabía que ese era el tema y su interés en que hubiera movilización, cámaras etc. tenía como objetivo lograr de esa manera una negociación que facilitara la liberación de la niña.
Estamos una vez más frente a la consecuencia de haber permitido la sociedad argentina que se instalara la descalificación de la política y la sacralización de los medios.
Señores basta.


