Opinión

Por Enrique Lacola

11|S: Luz verde en un día negro

De cómo el 11/S soltó los frenos del dinamismo imperialista y dio vía libre a sus proyectos más ambiciosos. ¿Hubo complicidad o no la hubo de parte de autoridades norteamericanas en el horror que golpeó a Nueva York?

Las cifras redondas ejercen un atractivo arbitrario, pero difícil de soslayar. El décimo aniversario del ataque a las Torres Gemelas ha suscitado una proliferación de evocaciones en el mundo entero. Más allá de la compasión y el espanto que suscita el recuerdo de un hecho tan espectacular y penoso, hay interpretaciones diferenciadas respecto de los factores que jugaron en el ataque. 

 

Los enfoques varían, pero por lo general coinciden en que la fecha del 11 de Septiembre significó un antes y un después en la historia del mundo. No es muy seguro que sea así. Describiríamos ese momento, más que como un punto de inflexión, como un instante de profundización del ciclo perverso en que el mundo está sumido por obra y gracia del capitalismo imperialista. Pues, cualesquiera hayan sido los mecanismos que articularon el 11/S, lo evidente es que dicho momento no hizo sino profundizar una tendencia que estaba activa desde mucho tiempo atrás. 

 

Se podría generalizar diciendo que dicha tendencia está vigente desde que la rapacidad de las potencias occidentales las lanzó a la conquista del mundo, pero más preciso y sensato es referirla al momento en que la caída de la URSS liberó las manos del imperialismo y le permitió planificar y llevar a la práctica un programa expansivo que hasta entonces estaba hasta cierto punto contenido por la presencia de un rival global. El intervencionismo desembozado puesto de manifiesto en la primera guerra del Golfo, simultáneo a la desmembración de Yugoslavia favorecida por el aliento a las tendencias centrífugas de ese estado, fueron las primeras manifestaciones de una voluntad apuntada a ejercer el control a la escala del planeta. 

 

Las fuentes del petróleo y la conquista de posiciones estratégicas que consientan el control militar del mundo eran y son los objetivos de preferencia para esta etapa de la globalización imperialista. Los pretextos para ponerla en práctica –las intervenciones “humanitarias” para preservar a los pueblos de sus propios tiranos o para mantener unas fronteras artificiales, como fue el caso de Kuwait- remiten a las etapas más viejas del dominio colonial de occidente; pero ahora, bajo la cobertura edulcorada de la “guerra humanitaria”, cobran una intensidad y una sofisticación sin límites. Intensidad por lo enorme de la panoplia desplegada sobre el terreno para vencer resistencias militares muy débiles, y sofisticación por el altísimo grado de complejidad tecnológica y de distorsión informativa que la sustenta. 

 

La apreciación del 11/S no puede ser disociada de estos factores. No compartimos en su totalidad las teorías conspirativas que se han tejido en su torno, pero basta leer la actualidad para comprender que ese atentado no se desprende como un rayo de un cielo sereno, sino que es un eslabón en una cadena de acontecimientos a los que sirve de acelerador. Más que de un punto de inflexión habría que hablar entonces de una liberación de energía, desencadenada a partir de un hecho dramático, que sirve para poner en práctica planes largamente madurados. Planes que sólo requerían la suspensión de la capacidad de raciocinio en la masa del público para ser puestos en marcha sin suscitar resistencia. Más aun, para ser vistos como un expediente necesario a fin de recuperar el equilibrio y fundar el orden en un mundo donde, a partir del ataque a las Torres, nada podía darse por supuesto, y donde lo imprevisible aparecía aliado a la locura y a peculiaridades culturales y religiosas inasimilables a la razón occidental. 

 

Eran necesarios un golpe, un sacudón, una provocación que avalase el despliegue de fuerza en el mundo entero. Luego las cosas habrían de marchar por sí solas. Los hechos hasta el momento sustentan esta presunción: a partir del 11/S, Estados Unidos y sus socios de la alianza atlántica han desplegado un activismo arrollador. Invadieron Afganistán, destruyeron a Irak y están liquidando el “Estado” libio, pequeño e irrelevante por su entidad demográfica, pero riquísimo en material energético y bien situado para la prosecución del gran diseño geopolítico. 

 

Este diseño ha sido pensado a gran escala y no se fija plazos. Las palabras de George W. Bush cuando habló, después del horror 11 de septiembre, de “una guerra infinita”, querían significar precisamente eso: la apertura de un período de hostilidades de baja intensidad que deberá prolongarse todo el tiempo que requiera la adquisición de los objetivos que se plantea la alianza atlántica y lo que esta expresa a nivel económico y cultural. Pero para que una guerra sea infinita hace falta también un enemigo inagotable. “El choque de las civilizaciones” es la formulación más adecuada para esta clase de planteo. Los enemigos de la segunda guerra mundial y de la guerra fría, el fascismo y el comunismo, eran configuraciones bien definidas, contenidas en un corpus ideológico y geopolítico determinado. Una vez vencidos, las armas volvían a su funda y las gentes empezaban a ocuparse de sus problemas personales. El terrorismo islámico, en cambio, si bien no supone un riesgo a la supremacía blanca y por lo mismo que no supone tal riesgo, puede convertirse en ese espectro invisible y proteico que está en todas partes y que no se sabe cuándo ha de golpear, lo cual permite al sistema tomarse todas las licencias represivas y extorsivas que desee, por un período asimismo indefinido de tiempo. 

 

En el imaginario popular, en efecto, se ha construido un modelo de musulmán incansable, feroz, fuera del tiempo; es decir, a-histórico y capaz por lo tanto de despreocuparse de los objetivos a corto plazo para erigirse en una presencia irreductible, portadora de una hostilidad permanente. Este personaje es un fantasma, por supuesto, pero por eso mismo puede cumplir el papel de chivo expiatorio útil para concentrar la hostilidad pública, un poco como los nazis inventaron la “bacteria” judía para descargar sobre ella su frustración y su resentimiento por todo lo que andaba mal. 

 

Balance 

 

Por esto es que la pregunta de si, a diez años del atentado y de la puesta en marcha sin cortapisas del proyecto estadounidense de dominación global, este ha tenido o no éxito, se convierte en una interrogación retórica. Pues el proceso no se propone una victoria definitiva. Simplemente es. Su resultado final es imposible de pronosticar. Hay quienes creen que está en vías de triunfar y otros que aducen que ha llegado a un callejón sin salida. Los primeros entienden que Francis Fukuyama ha acertado acerca del congelamiento de las grandes confrontaciones globales y de la reducción de la política militar de las grandes potencias a operaciones de policía, como podrían ser descritas las intervenciones armadas contra países menores e incapaces de mantener el tipo frente a un adversario abrumadoramente superior. Los otros aducen en cambio que la Unión ha fracasado en Irak, que se ha empantanado en Afganistán y que no ha conseguido solventar el conflicto palestino-israelí. 

 

Pero, ¿cabe hablar de fracaso respecto a Irak? Esa nación ha sido prácticamente dividida en tres porciones de diversa confesión o de diferente etnia –shiítas, sunitas y kurdos-, ha desaparecido como factor de poder regional, alberga una guarnición norteamericana de 50.000 tropas regulares más un número indeterminado pero no inferior de “contratistas”, que de hecho son soldados mercenarios de elevada calificación profesional, veteranos de otras guerras y actualizados por organizaciones paramilitares incubadas a la sombra del Pentágono, como Blackwater. Estos mercenarios no sólo sirven para realizar el trabajo sucio sino también para ahondar una pauta propia de la era neoliberal: ahora se privatiza hasta la guerra. 

 

En Afganistán las cosas pueden estar complicadas, pero el desarrollo de los acontecimientos, que indican una fuerte subida de la temperatura en Pakistán, está lejos de indicar que Estados Unidos vaya a deponer sus ambiciones en la zona. Y en cuanto al conflicto israelí-palestino, ¿quién dice que Washington pretende que se arregle? Con toda probabilidad preferiría un estatus quo más apacible que el actual, pero difícilmente renuncie a su alianza privilegiada con Israel, peón de decisiva importancia para sus planes en el medio oriente. 

 

Tal como van las cosas, los próximos pasos de la OTAN apuntan hacia Siria, lo que preanunciaría un posterior ataque a Irán. Nada indica que esta dinámica agresiva vaya a detenerse. Ello sólo podría suceder si contendores de mayor peso entran en la liza, complicando la presencia extranjera en esos países, sea con un respaldo militar explícito a las naciones agredidas o con la sustentación de sus movimientos de resistencia a través de la provisión de armas modernas. Pero no parece que ni Rusia ni China estén dispuestas por ahora a otra cosa que a pronunciar una condena moral. Por prudencia y con la esperanza de que los norteamericanos terminen cociéndose en su propia salsa al acumular conflictos que a la larga les resulten desgastantes e imposibles de resolver, Pekín y Moscú se mantienen más o menos al margen. 

 

El otro obstáculo que podría interferir en los planes de Washington y de la alianza atlántica sería un estallido de descontento social en las mismas potencias metropolitanas. Pero, pese a las manifestaciones de los “indignados” en Madrid y otros lugares, ese malestar, de momento, no parece cobrar un impulso organizativo capaz de articularse en términos políticos, lo que hace temer que su ímpetu se diluya poco a poco. Esto no implica que esa inquietud no vaya a generar en algún instante un movimiento capaz de alterar las reglas del juego, pero eso está por verse y no parece probable que de momento cuaje una instancia semejante. 

 

El tema conspirativo 

 

Uno de los asuntos que más inquietud y especulaciones ha suscitado el 11/S ha sido el de si existió o no una responsabilidad del mismo Estados Unidos en los ataques. Dado que estos suministraron la chispa que hizo arrancar el proyecto hegemónico norteamericano en gran escala, es muy difícil soslayar la hipótesis de que los atentados fueron un escenario preparado con deliberación desde tiempo atrás. Cui bono (¿a quién beneficia?) como decían los antiguos romanos. Pero es imposible determinar la naturaleza de ese montaje y los alcances de la conspiración, si, como presumimos, esta existió realmente. En calidad de observadores externos, lo único que nos cabe es especular sobre las características de esa intriga. 

 

Las tesis conspirativas más extremas opinan que, tras el choque de los aviones contra el World Trade Center, su derrumbe final se debió a la detonación de cargas explosivas situadas en la estructura de los edificios para lograr su demolición controlada. Las torres se hundieron sobre sí mismas, como un barco que se va a pique de popa. Para abundar en este mismo argumento se cita la caída, posterior al derrumbe de las torres, de un macizo edificio situado en las inmediaciones, que no fue alcanzado por los aviones pero que se desplomó lo mismo. 

 

Parece una hipótesis débil. Uno no es un experto en esta materia, pero al menos puede estar autorizado a suponer que el derrumbe de dos torres gigantescas de más de 400 metros de altura es capaz de generar una concusión monumental, que afecte los basamentos de un edificio vecino y provoque su caída. El informe oficial del desastre excluye por supuesto la teoría de la conspiración, pero en las actuales circunstancias tal informe no tiene porqué inspirar confianza. Sin embargo, algunas opiniones independientes pero muy autorizadas –como la del arquitecto argentino César Pelli- estiman que el fuego provocado por los cientos de toneladas de combustible de los aviones estrellados contra las torres, pueden muy bien haber fundido las barras de acero encerradas en concreto, que servían de sostén a una estructura de material liviano compuesta en gran parte por aluminio y vidrio. El Empire State, un rascacielos construido en los años ’30, que fue capaz de sobrevivir en 1944 a un choque parecido, está macizamente estructurado en base a material y hormigón armado. En esa ocasión un bombardero Liberator B-24 se estrelló contra el edificio en medio de la niebla, con un reducido número de víctimas y sin que la construcción se viese afectada en su estabilidad. 

 

La cuestión de si existió o no una conspiración debería plantearse más bien en torno a los porqués de la facilidad con que pudo producirse el múltiple secuestro (los dos aviones dirigidos contra Nueva York, el que se estrelló contra el Pentágono y el presuntamente dirigido contra la Casa Blanca que se cayó a tierra en Pennsylvania). Se sabe que el FBI estaba anoticiado de los pasos de los activistas árabes que luego coparían los aviones, pero los dejó en libertad para perfeccionarse en academias de vuelo y no procedió a su seguimiento sistemático.(1)

 

Las conspiraciones no siempre tienen que verificarse en forma activa; también pueden ser el resultado de una provocación pasiva, que abra el camino para que el enemigo al que se desea atacar dé el primer paso, produciendo una agresión que consienta autoproclamarse como la parte ofendida proveyendo así al verdadero agresor con el argumento perfecto para solicitar el apoyo sin reservas del pueblo.