El subdesarrollo es precisamente la antítesis del desarrollo, es el polo opuesto, opresivamente cargado de ataduras que le impiden dar el salto cualitativo –tremenda evolución- que implica cambiar totalmente de escenario, de contexto socio – económico y cultural, de cambio de actores políticos y económicos, de escalas de valores y de paradigmas vigentes.
La división, hoy clara y tajante, entre países desarrollados y subdesarrollados (con la brecha de los Emergentes, dentro de los que estamos), comenzó a tomar vigencia a partir de la 1º Revolución Industrial, largamente trabajada por Gran Bretaña a lo largo de dos siglos, que terminó de eclosionar a fines del siglo XVIII.
Entonces cobró vigencia el concepto del “taller del mundo”, el cual supuestamente debería operar exclusivamente en el “ombligo del mundo” que por entonces era la Gran Bretaña, erigida en la superpotencia del momento y el único Estado que había adquirido los condicionantes imprescindibles para constituirse en la única Potencia Industrial de ese momento.
Y a su servicio obraron –naturalmente- los intelectuales de La Rubia Albión, para justificar y consolidar “el modelo” –en esos años totalmente novedoso- de único y exclusivo “taller del mundo”, el cual bajo esa concepción nada inocente, debería operar abastecido por las materias primas provistas por el resto del mundo.
De esa forma, los pensadores que resultaron muy funcionales a los intereses del hoy decadente imperio, gozaron de los privilegios necesarios para apuntalar y difundir a escala planetaria sus ideas…lógicamente sin importar que sus acciones personales fuesen concordantes con sus doctrinas, ni que las mismas tuvieran o no bases reales de sustentación. Expuestas las doctrinas, previamente “bendecidas” por el establishment británico, fueron rápidamente impuestas como dogmas indiscutibles, en base a las fuertes presiones culturales, políticas, económicas y militares que derivaban de su rol de mega potencia mundial.
Que John Locke hiciera sesudos análisis y defensas de “la libertad” en abstracto, mientras –según creíbles referencias- se enriquecía con el tráfico de esclavos…¡poco importaba! Las ideas estaban, como sustento de una falaz filosofía al servicio imperial; mientras que “de lo otro”, o sea de las acciones concretas que se daban de patadas con la declamada “libertad”, se lo tapaba con el manto del engaño y el ocultamiento, herramientas de la guerra cultural y psicológica que ya por esos años se practicaba, aunque en aquel entonces no se la llamara así.
Que Adam Smith pergeñara una doctrina económica “casualmente” concebida a la medida de los intereses británicos de ese momento histórico, y que sus bases principales sean meras teorizaciones en el aire, cargadas de falsedades y tergiversaciones…¡nada importaba! Esas patrañas eran funcionales al imperio, y por eso se las revistió con el ropaje de pretendido y nunca demostrado cientificismo, cargándoseles además con el blindaje cerrado del “sacrosanto dogmatismo”. Eso sumado a las presiones del academicismo complaciente –maniobras en las que los anglosajones demostraron gran habilidad- permitió la perdurabilidad como engañosa base de toda la teoría económica “correcta”, compatible y previamente tamizada por “el pensamiento políticamente correcto”.
Al respecto resulta sumamente ilustrativo destacar que incluso la frondosa teoría marxista, toma como base de sus análisis los razonamientos y “leyes” del liberalismo económico, con lo cual se demuestra que las bases económicas del marxismo son tan sesgadas y falaces como las del liberalismo…¡pero de eso no se habla, y los supuestos “enemigos doctrinales acérrimos” (liberales y marxistas) cierran filas y operan juntos para mantener bien ocultos esos juegos de falacias y engaños doctrinales! Internacionalistas, dogmáticas y anacrónicas ambas doctrinas político – económicas, son simplemente el anverso y el reverso de la misma moneda, que pretende arrasar con los Estados Nacionales e implantar la hoy llamada “globalización salvaje”, una bajo la tiranía de “los mercados” (la Banca y grandes corporaciones del poder transnacional, aliados de las estructuras de determinadas grandes potencias, pero con ductilidad para cambiar según las circunstancias, mutando de Estados bases e incluso de ropajes partidarios), y la otra bajo la tiranía “del proletariado”, esquema en el cual se entronizan las oligarquías de los “aparatos” comunistas.
De ese estadio del subdesarrollo lograron salir exitosamente las naciones – Estados que se deshicieron o hicieron caso omiso de los cerrados dogmas del liberalismo, dentro de los cuales directamente no existen opciones reales para el desarrollo, pues el libertinaje económico que implementa el salvajismo de la ley del más fuerte, aplicada impiadosamente a lo económico, lo social y lo político, simplemente perpetúa el statu quo –el estado de las cosas- haciendo perdurar indefinidamente anacronismos anclados en la miseria y el subdesarrollo crónico, permitiendo el drenaje de las riquezas fuera del país respectivo, contando para ello con la cómplice colaboración activa de las oligarquías –grupos de poder enraizado y excluyente- locales.
En las sucesivas oleadas industrialistas que se dieron en el mundo, la transgresión a los dogmas liberales fue la constante. En la Segunda Revolución Industrial se incorporaron Francia, Japón, Italia, Alemania, EEUU y Bélgica. Prácticamente en todos ellos la transformación no pudo ser concretada sin doblegar durísimas resistencias políticas, las que en varios casos provocaron verdaderas revoluciones armadas internas, como los casos paradigmáticos de EEUU (guerra civil), Italia (enfrentamientos por la unidad política y la transformación económica), Japón (el doblegamiento de las estructuras feudales anacrónicas, por parte de las fuerzas progresistas e industrialistas), Alemania (con la dura conducción de Bismarck, basada en las claras ideas propuestas por F. List), Francia (con las profundas transformaciones napoleónicas y post napoleónicas, que a su vez modificaron el caos irrefrenable causado por la Revolución Francesa).
En Argentina, como en Iberoamérica, triunfaron en cambio las fuerzas ultraconservadoras, que excepto Brasil, nos balcanizaron en múltiples Estados –en vez de la unidad soñada por San Martín, Bolívar y Artigas-, y nos transformaron en dóciles colonias económicas de los anglosajones, bajo una división internacional del trabajo que nos condicionó a ser “in eternum” economías primarias al servicio de las potencias industriales, algunas agro – ganaderas como Argentina y Uruguay, otras mineras como Chile, Bolivia y Perú.
Ya en el siglo XX, el cerrado dogmatismo marxista (con su teoría del determinismo histórico y su religiosidad pagana de la historia del futuro supuestamente predeterminada, entre otros nocivos preconceptos), obró en los hechos como aliado funcional a las estructuras oligárquicas y ultra conservadoras –ultra liberales en lo económico-.
Basado en una concepción europeísta decimonónica, pensado desde las industrializadas Gran Bretaña y Alemania de fines del siglo XIX, el marxismo pretendió erigirse en juez y amo de La Historia, y en base a su discutible teoría del determinismo histórico, atacó a cuanto gobierno de orientación nacional y popular hubo en Íbero América, bajo la miope concepción que “solo retardarían el curso de la historia”, pues el marxismo siempre apostó al gran estallido socio – económico, para luego, supuestamente sobre las ruinas de todo, construir el utópico y probadamente falaz “paraíso socialista” (léase comunista).
De esa forma tantas veces se pudo ver codo a codo, a los “revolucionarios de café” del PC, junto a los más crónicos y duros ultra conservadores, junto a socialistas y otros “democráticos declamatorios”, tal como lo hicieron en la Unión Democrática liderada por el embajador norteamericano Spruille Braden, en 1945 (y no fue el único caso).
Es el mismo caso de los “progresistas” que se oponen a todo lo que no caiga exactamente dentro de sus teorizaciones en el aire, con lo que pasan a ser aliados permanentes de los reaccionarios –ultra conservadores- más cerrados.
En las últimas décadas surgieron otros “aliados” (en rigor dóciles marionetas), que por extrema inocencia de los más, y por cómplice espíritu mercenario de niveles dirigenciales seguramente bien pagos, militan en cuanta ONG de corte fundamentalista existe, sean “ecologistas”, “indigenistas”, “derecho-humanistas”, etc. En sus cerrazones mentales, o en sus desinformaciones totales, la mayoría de sus entusiastas militantes no saben que esas ONGs han sido creadas por los entes supranacionales que intentan imponer al como sea, las pautas impiadosas de la “globalización salvaje”, tarea en la cual principalmente las potencias del G 7 juegan un rol relevante, principalmente las anglosajonas (EEUU y Gran Bretaña).
Esas ONGs operan claramente para frenar todo proceso de desarrollo socio económico, según precisas directivas emanadas de los centros del poder financiero transnacional, además de lo cual fogonean odios y divisiones internas –como lo hacen los militantes ultra indigenistas-, como parte de las tareas de fragmentación de los Estados – Naciones subdesarrollados y emergentes, de acuerdo a la vieja teoría –siempre vigente- de “divide y reinarás”.
Notable es que no solo se prestan a ese perverso juego, los habituales “niños bien” con mucho tiempo para gastar y descolgados de la realidad social, hippies anacrónicos y otros similares, sino también muchos marxistas huérfanos de causa, que canalizan sus “odios anti sistema” sin percatarse –por cerrazón mental- que son usados por ese capitalismo transnacional que tanto dicen aborrecer.


