Es sabido que, como dice la popular canción, “si la historia la escribe el que gana, quiere decir que hay otra historia” los argentinos soportamos más de cien años de creer que la historia “oficial” que nos contaban en las escuelas cuando éramos niños era la verdadera, la única.
Fue la preservación del pensamiento hegemónico de las oligarquías el propósito de inculcarle al pueblo argentino, comenzando por los chicos de la escuela primaria la, idea de que los próceres de nuestra patria lo eran por una especie de mandato ineludible dada su enorme estatura moral; aunque uno de estos héroes por ejemplo, pedía que no se ahorrara sangre de gauchos porque era un buen abono para la tierra, o ese otro “cruzado” que junto a ejércitos de Brasil y Uruguay en la Guerra de la Triple Alianza devastó a la quizá más avanzada sociedad de la región, o tal vez como aquel otro, que ganó prestigio y fortuna asesinando a pueblos originarios de nuestra tierra y hoy detenta uno de los más grandes monumentos de nuestra capital.
Ellos, gracias a la prédica conservadora, se transformaron en ejemplos de virtudes cívicas que debíamos, en la medida de lo posible, imitar aunque jamás llegáramos a tener su grandeza.
Por suerte, somos un pueblo que aprende, a veces mal, a veces tarde, pero aprende. Ya sabemos cómo es la verdadera historia y esa práctica de manipular los contenidos relacionados con la argentinidad, terminó por mostrar el revés de la trama; hoy, por mucho que se esfuercen, ciertas academias y los medios concentrados que los representan, en cuestionar cualquier visión de la historia que no sea la que esos sectores convalidan, el pueblo en su conjunto ha comenzado a resignificar esos contenidos y también a esos personajes que, afortunadamente, día a día van siendo confinados a la letrina de la historia pues nunca podrán llegar a ser parte de ese patrimonio simbólico que amamos porque nos remite a lo más profundo e inalterable de nuestra identidad nacional.
La bandera de nuestra patria es quizás el único símbolo que no ha sufrido ese tipo de manipulaciones; tan fuerte es en sus significados que en cualquier época, ante cualquier hecho histórico que conmueva a la ciudadanía, la bandera celeste y blanca está presente en la plenitud de su carácter emblemático. Por supuesto que en muchas ocasiones ha sido usurpada por dictadores y traidores, pero en el ideario colectivo y en el alma de nuestra gente, la bandera siempre conserva su connotación libertaria.
Es por ello que al cumplirse este día el bicentenario de su creación, quienes nos sentimos parte de este proyecto nacional y popular, creemos firmemente que hay motivos de sobra para festejar con orgullo pues sabemos que estamos recuperando los sueños de la patria que iniciaron Belgrano, San Martín, Monteagudo, y tantos otros para independizarnos de la corona española, y que hoy, gracias a Néstor y a Cristina, estamos liberados también de esa otra colonización que se nos impusiera para asegurar a los fondos especulativos internacionales, mayores ganancias a costa de las mayores miserias de los argentinos.
Hoy ya sabemos cuál es la verdadera historia, ya tenemos claro quiénes son los enemigos del pueblo y sus lacayos obsecuentes y quiénes representan verdaderamente los intereses de la nación argentina y su gente.
Aunque nos duela, están los que miran la bandera y piensan en la patria liberada y aquellos que ante coyunturas que afectan el interés nacional, autodenominados intelectuales “independientes”, han aparecido personajes de esos que frecuentemente son convocados por los medios concentrados, mostrando su verdadera vocación anti argentina al esgrimir los mismos argumentos que utiliza Inglaterra para negar la posibilidad de discutir la soberanía de Malvinas. Avergüenza que estas canallescas expresiones de sometimiento al más poderoso, se manifiesten cuando el pueblo comienza a celebrar el bicentenario de su bandera, insignia indiscutida de independencia y ligada para siempre al proyecto mayor de la integración latinoamericana.
Tal vez por eso este bicentenario adquiere mayor significación pues así como en su momento el general Perón y Evita enfrentaron a esos sectores poderosos con aspiraciones de aristocracia europea cuando apenas conformaban una vetusta oligarquía con olor a bosta, hoy Cristina Fernández, acompañada por la mayoría del pueblo, le pone límites a los poderes concentrados que pretenden seguir expoliando a los trabajadores, haciendo honor a nuestra bandera como el símbolo mayor de nuestra independencia económica y nuestra soberanía política. Mal que les pese a los alcahuetes de siempre, disfrazados de democráticos.



