Pero los gauchos de las orillas, con regimientos formados por españoles y criollos no se resignaron ante la realidad y comenzaron su lucha por la reconquista. Se combatió casa por casa, y se logró vencer al ejército del rey inglés. El general Beresford fue tomado prisionero, pero logró fugarse con la ayuda de Saturnino Rodríguez Peña, un porteño anglófilo que terminó sus días en Brasil pensionado por el gobierno de su graciosa Majestad.
Es decir que históricamente en nuestro país siempre encontraremos “compatriotas” con una gran vocación para prestar ayuda solidaria a nuestros históricos enemigos. Cipayos los llamaría despectivamente el historiador y político Jorge Abelardo Ramos; pero esta es una tradición argentina que cada tanto se recicla y reaparece, en estos días el diario La Nación ha venido publicado diferentes opiniones con respecto a Malvinas, a raíz de los últimos incidentes diplomáticos, de esos artículos hubo dos que me sorprendieron especialmente: uno el de la periodista Sylvia Walger donde pide o más bien implora: “Por favor, dejemos en paz a esos isleños” de fecha 15 de febrero, aquí no solamente se “preocupa” por esos pobrecitos Kelpers, sino que además sugiere lo que debemos hacer: “Sorprende que la actual dirigencia argentina no conozca la diferencia entre ganar o perder una guerra. Las guerras se ganan o se pierden, no hay intermedio. Al vencedor no le importa si el que la desató fue Calígula o los kirchneristas. Al perdedor no le caben las protestas sino someterse, rehacerse y recurrir a un diálogo inteligente y no agresivo”, la poca dignidad demostrada en su genial axioma que “al perdedor no le caben las protestas”, sintetiza su pensamiento de sumisión ante el “glorioso vencedor”, tal es así que ni tenemos derecho al simple pataleo, por otro lado exige un “dialogo inteligente” y cuál ha sido en estos últimos años sino la política de ganar consensos en organismos internacionales a favor de los derechos argentinos a las islas. Quizás para la señora Walger haya sido más de su agrado la política exterior desplegada por Guido Di Tella enviando ositos de winnie poo como regalitos y cartitas a los Kelpers durante el menemismo. Quizás sea su antikirchnerismo visceral lo que la pierda y la haga cometer estas gaffes, pero si su deseo esta llevar todo hacia una crítica al gobierno, cosa que está en su derecho de hacerlo, porque no escribe entonces: “antes de recuperar las islas, recuperemos el patrimonio nacional, confisquemos todas las empresas mineras de capital inglés, expropiemos la Shell” y decimos una gran verdad y de paso corremos a Cristina por izquierda, claro de eso sería incapaz, es demasiado extremo, “no sería viable, es poco serio” así respondería y es que sabemos la verdad, que para esas posiciones a la señora no le da el cuero.
El otro de los artículos es el publicado el 14 de febrero y que firma Luis Alberto Romero, titulado: “¿Son realmente nuestras las Malvinas?”, el autodenominado historiador serio ha escrito una de las páginas más humorísticas publicada en los últimos tiempos, a la mitad del articulo tuve que cerciorarme que estaba leyendo La Nación y no Barcelona. Citare una sola de las originales tesis romeriana: “Es cierto que la Argentina tiene sobre Malvinas derechos legítimos para esgrimirlos en una mesa de negociaciones con Gran Bretaña. Pero no son derechos absolutos e incuestionables. Se basan en premisas no compartidas por todos. Del otro lado argumentan a partir de otras premisas”, si como lo lee, Luis Alberto descubrió esta cuestión: la existencia de dos posturas antagónicas que pretenden un mismo espacio. Sostiene además que le resulta difícil pensar una solución para Malvinas sin tener en cuenta a los Kelpers que hace 200 años que están allí; para lo cual propone que se los “corteje”, de qué forma, trate de no reírse de lo que explica recuerde que es un “historiador serio”, dice Romero: “En tiempos prehistóricos -se cuenta- los hombres elegían su pareja, le daban un garrotazo y la llevaban a su casa. En etapas posteriores los matrimonios se concertaban entre familias o Estados. Hoy lo normal es una aceptación mutua, y eventualmente el cortejo por una de las partes. Hasta ahora intentamos el matrimonio concertado, y probamos con el garrotazo. No hemos logrado nada, salvo alimentar un nacionalismo paranoico de infaustas consecuencias en nuestra propia convivencia. Queda la alternativa de cortejar a los falklanders. Demostrarles las ventajas de integrar el territorio argentino. Estimularlos a que lo conozcan. Facilitarles nuestros hospitales y universidades. Seguramente a Gran Bretaña le será cada vez más difícil competir en esos terrenos. Durante varias décadas, la diplomacia argentina avanzó por esos caminos. Había aviones, médicos y maestros argentinos al servicio de los isleños. Probablemente hubo avances, en un cortejo necesariamente largo. Pero en 1982 recurrimos al garrotazo. Destruimos lo hecho en muchos años. Creamos odio y temor, perfectamente justificados. Perdimos las Malvinas. Y, además, perdimos a muchos argentinos.”, me eximo de comentario sobre la idea del “cortejo, si, garrotazo, no”, pero me gustaría indicar algo, un pequeña diferencia si es que no se aburrió y todavía este leyendo este artículo, y es al uso de las palabras, se dieron cuenta que yo me refiero a los “Kelpers” (como los conocimos siempre), en cambio Sylvia los llama “Isleños”, y Luis Alberto los nombra “Falklanders”, porque será me pregunto.
En fin, así es todo por estos días donde parece que Roger Waters la tiene más clara que ciertos “intelectuales argentinos”.


