Opinión

Por Guillermo Roffé

Recordar con la certeza de que la Patria es nuestra

El Mensajero Diario brinda su mirada al cumplirse el 36 aniversario del golpe de Estado que dio inicio a la última dictadura cívico-militar. Memoria, paz y justicia para un pueblo que sabe que cuando duele, nunca se olvida.

Ese miércoles amaneció frío y gris. Aunque se esperaba desde hacía tiempo la irrupción de las fuerzas armadas en el escenario político, la marea de rumores, de informaciones falsas o verídicas y de las inevitables conversaciones callejeras que definían esa situación  con pesimismo o con optimismo, según los temores o los deseos, de los interlocutores sólo aportaban más confusión acerca de lo que estaba sucediendo.

Los diarios y revistas de la época, reflejaron tibiamente lo que estaba pasando; por supuesto ninguno se animó a definir el proceso como “Golpe de Estado”. La palabra “golpe” era prohibida por imperativo de la simple supervivencia.

Se hablaba de “Cambio de Gobierno”, de “La caída de Isabel”, pero ninguno hablaba de golpe.

Lo más alarmante fueron los tristemente famosos comunicados de la Junta Militar que, sin anestesia, nos informaban que todo, absolutamente todo quedaba bajo el control de las fuerzas armadas,. Que se cancelaban el derecho de huelga, el de reunión, el de libre tránsito por la vía pública, que se establecía el estado de sitio, que no se podía navegar por los ríos interiores, que no se podía volar por los cielos de la Patria sin expresa autorización militar, que se intervenían los sindicatos, que el Congreso Nacional quedaba suspendido. 

Nos avisaban, para decirlo rápidamente, que éste ya no era nuestro país y que entonces ningún derecho republicano nos asistía.

Quedamos presos (valga la metáfora) de la radio. Con la eficacia que nos dio la práctica ejercida durante los dieciocho años de exilio, sintonizamos radios uruguayas para saber que alcance tendría esta nueva (y es de esperar que definitiva) irrupción militar en los procesos políticos de la Argentina.

Mal te veo dijo el ciego, no teníamos ni idea de la que se nos venía. La experiencia, como dijera el pensador Ringo Bonavena, es un peine que te dan cuando ya te quedaste pelado. Nuestro temores, hasta aquel momento eran los de caer en cana y tener que pasar días y aún meses en prisión, ligarte alguna golpiza y quedar escrachado por un tiempo y si ése era el peligro, bueno no había que preocuparse demasiado. Hasta que comenzaron a bombardearnos con los comunicados de la Junta; por ellos descubrimos que si cometíamos el delito de huelga, por ejemplo, seríamos juzgados por la justicia militar, que es a la justicia tanto como es a la música el ruido de una bocina. 

Pero a las pocas horas comenzamos a percibir que la cosa venía mucho más dura de lo que imaginábamos en un principio. Este cronista tuvo ocasión de pasar a escasos metros del local del Partido Comunista cuando uniformados y civiles con brazalete identificatorio se tiroteaban con el único ocupante del local que había quedado como custodia del mismo. Fue impresionante la cantidad de disparos que desde la vereda de enfrente o parapetados detrás de los falcon verdes se hicieron contra el mencionado local. Luego me enteré por los medios que el abnegado militante había sido cosido a balazos por “las fuerzas del orden”.

No pintaba nada bien la cosa. Por otro lado, en las pocas reuniones, clandestinas por supuesto, de los militantes de los distintos partidos u organizaciones populares, lograban cruzar informaciones con cierto grado de verismo respecto de la cantidad de detenidos en las primeras horas de ese fatídico 24 de marzo y sus posibles destinos.  En esos primeros momentos la sangre todavía no había comenzado a teñir el cielo de la Patria.

Los principales medios de comunicación social quedaron en manos militares, los diarios fueron la excepción, tal vez por el disciplinado sometimiento de la mayoría de ellos y los otros fueron clausurados o debieron someter sus ediciones a la opinión de un censor que decidía qué se publicaba y que no. Muchas radios pasaron a manos del Estado y los canales de televisión  fueron considerados un verdadero premio para los afortunados militares a quienes nombraron “interventores” porque así  podían ejercer su infamante poder con actrices y vedettes a las que antes sólo podían desear desde el otro lado de la pantalla.

En los medios poderosos como Clarín y La Nación, por ejemplo y en canales como el 13, los hoy devaluados abogados devenidos filósofos de la patria uniformada, le daban sustento ideológico al terror que comenzaba a mostrar los aspectos más terribles de la violencia estatal contra un pueblo.

Poco a poco, con el correr de las horas y de los días, comenzamos a comprender que existía una línea histórica coherente; que las destituciones de Perón, de Frondizi, de Illia no eran arrebatos solamente impulsados por la simple codicia de poder, como no lo era en ese momento la de Isabel Perón. El proyecto era, de serles posible, retrotraer la Nación al modelo agroexportador, industrialmente dependiente y condicionado por los poderes económicos ligados a grupos extranjeros, siempre necesitados de materias primas y de mercados cautivos para sus productos de alto valor agregado.

No hizo falta mucho para ver quiénes representaban esos poderes que acababan de movilizar a lo más rancio del pensamiento fundamentalista militar para conformar una entente siniestra para asesinar argentinos y establecer el régimen más depredador de la riqueza nacional de toda su historia. Así se fue verificando un aumento exponencial de los patrimonios de civiles asociados a la dictadura militar; los Martínez de Hoz, los Fortabat, los Noble,  la Sociedad Rural Argentina y de allí para abajo toda una caterva de oportunistas y traidores que se subieron al carro de la indignidad anti argentina para hacer del latrocinio una profesión: cuando no pudieron robar propiedades y empresas, se conformaron con robar hasta pequeñas propiedades rurales.

El comprenderlo aportó un refuerzo adicional a la certeza de que sin resistencia y lucha la patria estaba perdida. Y vaya si después no hubo resistencia.

Por eso hoy podemos mirar ese momento con bronca pero sin odios, y con la satisfacción que a tantos compañeros caídos no les hemos fallado. Que hoy, gracias al compromiso de nuestra juventud y gracias al apoyo masivo de la enorme mayoría del pueblo, desde el 2003 con Néstor y luego del 2007 con Cristina, estamos mucho más cerca de lograr por fin el objetivo buscado a costa de tantos sacrificios y de tantos compañeros caídos de tener una Patria verdaderamente inclusiva, integrada a la América que soñaron Bolívar, San Martín y tantos otros patriotas.

Recordar entonces aquel 24 de marzo no es sólo un ejercicio de la memoria, es también la posibilidad de redoblar los esfuerzos al ver lo enorme del camino recorrido y, sobre todo, para tener siempre presente que esos sectores civiles cómplices de asesinatos, secuestros y robos de bebés, son los mismos que hoy , persistiendo en su miserable actitud destituyente intentan sabotear al proyecto nacional y popular de nuestro actual gobierno llegando en algunos tristes y recordados casos, hasta recurrieron al extranjero para denunciar  a nuestro país ante organismos representantes del más ortodoxo neoliberalismo. 

Pero no les da resultado, hoy se han creado centenares de miles de puestos de trabajo, se establecieron por ley los aumentos a nuestros jubilados, se condena la discriminación, se busca la integración de los sectores menos favorecidos a una vida social más digna, se estimula la educación y las ciencias y se  sanciona la llamada  Ley de Medios. 

Por eso, por todo el camino recorrido hasta hoy, aquel 24 de marzo debe quedar siempre en la memoria de nuestro pueblo. 

Recordarlo es una verdadera tarea militante.