Tal vez porque los días en las Malvinas comienzan a ser notablemente más cortos de ahora en adelante y la llegada del invierno se hace inevitable, abril no es el mes favorito de nadie aquí. Como aditivo a lo sombrío de este momento, casi no pasa un año sin que algún periodista – por lo general argentino – llame a la oficina para preguntar cómo estamos «celebrando» el dos de abril, que conmemora el aniversario de la invasión argentina de las Malvinas en 1982.
Para ser perfectamente honesto, aunque soy consciente de su importancia, hasta que no me hacen la pregunta no tengo por lo general presente que se acerca la fecha. Este año, sin embargo, siendo el trigésimo aniversario, esta feliz ignorancia ha sido imposible de llevar a cabo; las llamadas se han multiplicado al igual que el número de equipos de televisión y periodistas de todo el mundo que han aparecido en nuestra oficina.
Frente a una invasión de medios de comunicación sin precedentes desde que el príncipe Carlos llegó aquí poco después de bailar el tango con la hija del presidente Menem en Buenos Aires, no ha sido posible simplemente contestar, «¡No estamos!» y, en cualquier caso, la cuestión ha cambiado sutilmente. Ahora, cada vez más hemos sido interrogados no tanto por las celebraciones que aquí no existen, sino acerca de nuestros recuerdos, pensamientos y reflexiones, treinta años después.
Es difícil explicar el impacto de la invasión de Stanley sin ser capaz primero de describir adecuadamente lo tranquilo que era en aquellos días. Si hubiera habido perros ladrando en la calle, habrían sido inmediatamente arrestados por quebrantar la paz. En un día normal toda la ciudad se encontraba cubierta en una especie de calma continua que sólo se encuentra por estos días un domingo en la tarde en las islas más pequeñas del oeste de Escocia.
Decir que Stanley era un pequeño lugar de sueños es casi una hipérbole, ya que las primeras horas del 2 de abril de 1982 ofrecían pocas oportunidades para dormir, con vecinos golpeando la puerta en busca de refugio, sonidos de granadas y ametralladoras al oeste de la casa en el ataque de las fuerzas especiales argentinas al cuartel de los Royal Marines, y disparos concentrados cerca de nosotros hacia el este en un tiroteo furioso alrededor de Casa de Gobierno.
Todo el curso de la invasión fue transmitido por la estación de radio local, cuyo director, Patrick Watts, mantuvo una línea abierta para los informes del gobernador Rex Hunt, y también para difundir las llamadas de la gente de toda la ciudad, incluso de algunos que estaban bajo su camas o mirando al cielo a través de agujeros realizados en sus techos por las metralletas.
Con la luz del día y la rendición final de los Royal Marines las cosas se pusieron más tranquilas, pero no por eso menos aterradoras. Saber algo de las atrocidades cometidas contra su propio pueblo por la junta militar que gobernaba Argentina en ese momento no era tranquilizador y la serie de comunicados de nuestros nuevos amos en Inglés y Español que comenzó a emitir la radio hizo poco para calmar nuestros temores.
A menos que tuvieramos una razón urgente para hacer otra cosa, se nos ordenó quedarnos en nuestras casas, pero el tiempo era tan bueno en la tarde que nos sentamos en el jardín a mirar los vehículos blindados avanzar, con su tripulación saludando y sonriendo, perplejos al ver que nadie los saludaba ni les devolvía la sonrisa.
No sé hasta qué punto yo soy el típico del ahora cada vez mas escaso número de personas que se encontraban en realidad en Stanley cuando la calma habitual se hizo añicos, pero no necesito un día especial para recordar la mezcla de miedo, incertidumbre y aprensión que sentí en ese día y los siguientes setenta y cuatro. Treinta años después, los recuerdos que yo preferiría mantener enterrados, todavía pueden surgir espontáneamente en cualquier momento.
Ayer, el Secretario de Relaciones Exteriores británico, William Hague, dijo que creía que este aniversario era un momento para la conmemoración más que para la celebración. Estoy de acuerdo con esa opinión. Demasiadas familias en Gran Bretaña y Argentina perdieron a sus hijos, padres o hermanos, para que esto sea un momento de celebración pura y a la lista de los que murieron en combate se puede añadir los números de los ex-combatientes de ambos lados que han sufrido desde entonces.
Una de las muchas cosas tristes que surgen de este episodio es que, a pesar de todos los sacrificios hechos, no se haya establecido una paz duradera en el Atlántico Sur y nada haya cambiado. Me permito sugerir que esta situación va a continuar hasta que no se cumplan los siguientes requisitos:
Que Argentina elimine de su Constitución las cláusulas añadidas recientemente que no admiten ningún otro resultado que volver argentinas a las Malvinas y, por lo tanto hace imposible cualquier discusión sobre otras opciones.
Que Gran Bretaña continúe defendiendo nuestro derecho a la autodeterminación y nuestro derecho a considerar a los recursos naturales dentro y alrededor de las islas como nuestros para explotarlos como mejor nos parezca.
Que Argentina acepte que ya no somos una colonia británica o una parte de Gran Bretaña y reconozca la existencia y legitimidad de nuestro gobierno elegido democráticamente.
Que Argentina deje de confundir a sus jóvenes al enseñarles una versión de la historia que niega los hechos registrados sobre los acontecimientos de 1833, que son claves para su reclamo.
Que Argentina se recupere de la amnesia selectiva que le permite tildar a Gran Bretaña como un agresor colonialista, olvidando no sólo que en 1982 invadió un país pequeño y tranquilo y luego desafió la orden de retirar las tropas dada por el Consejo de Seguridad de la ONU, sino también que, a diferencia de Malvinas, sus propios antepasados inmigrantes aniquilaron sistemáticamente a los anteriores habitantes de su tierra.
Es una lista larga y podría tomar un buen tiempo que alguna vez todas las condiciones contenidas en ella se realizaran, pero a menos que todos los interesados puedan dejar a un lado los prejuicios y trabajar de manera constructiva hacia el establecimiento de nuevas relaciones pacíficas y justas en el Atlántico Sur, debemos considerar a aquellos cuyos sacrificios se conmemoran entre hoy y el 14 de junio no tanto como vencedores o vencidos, sino solamente como víctimas.


