Opinión

Por Gerardo Codina

Chávez

“Murió Chávez”. Simple. Preciso. El mensaje se multiplicó en pocos segundos en celulares y redes sociales. Resonó como un fuerte campanazo que dolió profundo y agitó nuestra memoria de otras muertes, tan duras e inesperadas como las del gigante bolivariano.

Todos sabíamos que Chávez estaba muy enfermo. Que era casi imposible que volviese a ser el huracán caribeño que aventaba las almas de millones. Pero queríamos creer que podría burlar su destino. Que volvería cantando bajo el sol, una mañana. Tan entero. Tan rotundo. Tan de esta tierra americana. 

 

Fue uno de esos imprescindibles. De los hombres que llegan justo a la hora de su pueblo, de nuestros pueblos, que se reencuentran hoy después de una larga jornada de separaciones y olvidos. Un personaje mucho más grande que su persona, que iluminó las mejores esperanzas de millones por su apasionada entrega a la causa de la liberación y la justicia social. Como el Che, como Bolívar o San Martín, como Evita o Néstor, Chávez se trascendió a si mismo y a su Venezuela amada.

 

También Perón como Chávez, volvió a morir a su patria, con su pueblo. Lo sabía cuando emprendió el postergado regreso desde España y lo intuíamos todos cuando una madrugada volvió Chávez de Cuba. 

 

Pero igual nos tomó de sorpresa la muerte de Perón. En el 74 era un hombre mayor y arrastraba sus dolencias. Sin embargo la noticia nos dejó estaqueados por el asombro y la incertidumbre. “¿Qué pasará sin el viejo?”, nos preguntábamos entonces. Una Buenos Aires gris y atravesada por el frío acentuaba en aquellas horas la sensación de desamparo que compartíamos millones. Aleteaban malas sombras sobre nuestras almas, presagiando los duros años que vendrían después.

 

Creíamos que él era la frontera que nos separaba del abismo. Sabíamos que se avecinaba como una tromba el odio desatado de la oligarquía, dispuesta a ahogar en sangre los sueños libertarios de una juventud que había cometido la impertinencia de abatir una dictadura reclamando un gobierno popular y la vuelta del General. Aunque nunca pudimos imaginar tanto horror que luego debimos afrontar.

 

Ese mismo odio estaba latente en nuestra patria otra vez, cuando Néstor nos dejó. Los malos presentimientos fueron aquí rápidamente conjurados por una coraza de millones, que marcaron la cancha a cualquier arrebato revanchista. Centenares de miles de corazones jóvenes arroparon con su militancia recién estrenada el dolor de la compañera Presidenta, que sabe que no está sola y puso todo su temple, su entrega y su genio al servicio de una causa que es del pueblo todo.

 

Igual rencor oligárquico amenaza allí ahora. Los poderosos no le perdonarán nunca a Chávez, como no se lo perdonaron a Perón, su gigantesca obra de restituir dignidad a los humildes de Venezuela. El bolivariano se sentía peronista y su obra recuerda mucho de las hazañas de aquel primer peronismo, el de la exaltada consagración de Evita, que a mediados del siglo veinte le diera sus años más felices al pueblo argentino.

 

Los millones de venezolanos que salieron a la calle en estas horas a expresar su honda tristeza por la pérdida sufrida, dicen que no permitirán que les arrebaten la patria recuperada. No están solos, claro. Con ellos y al lado de ellos, estamos todos los que nos juramentamos cada día con dejarlo todo por la causa popular. Pero la piedra de toque de su fortaleza será la unidad que sepan sostener en adelante. Ayer lo dijo Maduro. Hoy el nombre de su victoria es unidad. Con unidad vencerán el infortunio y el odio.