La crisis en el sistema económico mundial provocada por el colapso bancario de 2006-08 ha precipitado un nuevo momento en la evolución del capitalismo global. Pero esta novedad no es comúnmente entendida.
Algunas crisis anteriores, como la famosa gran crisis y depresión de la década de 1930, produjeron un cambio social radical: el Estado de bienestar y el New Deal, así como el ascenso del fascismo. En los últimos cinco años han aparecido grupos de protesta como los Ocupas, y la resistencia a la austeridad ha crecido. Sin embargo, no ha habido una ruptura en el sistema o en su ideología gobernante. De hecho, las élites han utilizado la crisis en Europa y América del Norte para avanzar en el proyecto neoliberal, como los continuos ataques a los niveles de vida, al Sistema Nacional de Salud y a la asistencia social en Gran Bretaña lo demuestran.
La desintegración de la colonia británica de posguerra fue el proyecto central de una de las figuras políticas más divisivas de la nueva derecha, Margaret Thatcher. Su funeral la semana pasada fue diseñado para instalarla como el emblema de una nación unificada, y poner el sello a tres décadas de trabajo de tres regímenes políticos – el thatcherismo, el Nuevo Laborismo y la coalición – para reformar fundamentalmente Gran Bretaña. Como David Cameron le dijo a la BBC: «Todos somos Thatcher ahora». Thatcher ha muerto, viva el thatcherismo.
¿Qué es lo nuevo de esta fase del capitalismo? Su interconexión global, impulsada en parte por las nuevas tecnologías, y el dominio de un nuevo tipo de capitalismo financiero generan que, mientras que una crisis de este sistema tiene efectos en todas partes, estos efectos son desiguales. Hasta ahora, los países BRIC parecen salir relativamente ilesos, mientras que el impacto de la devastación económica se ha extendido desde Asia y África hacia Europa.
El colapso de las viejas formas de solidaridad social se acompaña del dramático crecimiento de la desigualdad y una brecha cada vez mayor entre los que dirigen el sistema o están bien pagados como sus agentes, y los trabajadores pobres, desempleados, subempleados o imposibilitados.
La crisis ha puesto de manifiesto a una nueva, internacional y étnicamente diversa, elite de super-ricos. La lista de ricos de The Sunday Times está coronada por dos oligarcas rusos y un multimillonario indio. Ellos viven una vida casi inimaginable y totalmente divorciada de la gente común, alimentados por un apetito de lucro aparentemente imparable.
La victoria del neoliberalismo ha dependido del descaro y la ambición del capital global, de su confianza en que puede gobernar no sólo la economía, sino la totalidad de la vida social. Por detrás de una renovada teoría política y económica liberal, sus defensores han construido una visión y un nuevo sentido común que han penetrado en la sociedad. Las fuerzas del mercado han comenzado a modelar la vida institucional y a presionar profundamente en nuestra vida privada, como así también a dominar el discurso político. Ellos han dado forma a una cultura popular que exalta la celebridad y el éxito y promueve los valores de la ganancia privada y el individualismo posesivo. Han socavado a fondo el consenso igualitario redistributivo que sustenta el estado de bienestar, con dolorosas consecuencias para los grupos socialmente vulnerables como las mujeres, los ancianos, los jóvenes y las minorías étnicas.
La explotación corporativa de la mano de obra barata, los recursos naturales y la tierra ha agravado la crisis en el mundo en desarrollo. La degradación ambiental, la pobreza, las pandemias, la educación deficiente, las divisiones étnicas y las guerras civiles se presentan como fracasos inevitables postcoloniales e incitan a las viejas potencias a intervenir para salvaguardar las condiciones de la acumulación capitalista.
La victoria neoliberal ha reafirmado el poder y la posición de las clases dominantes. Pero esta victoria no era inevitable. Ningún arraigo social es permanente, y éste fue combatido, desde el golpe de Estado en Chile y la derrota de los mineros en Gran Bretaña a los ataques actuales a los derechos de los trabajadores y el sistema de beneficios. Hay más de una manera de salir de la catástrofe actual. Siempre hay una alternativa.
Hoy – miércoles – los editores fundadores de Soundings (Sondeos), revista publicada por primera vez en 1995, lanzamos un manifiesto en el que se tratará de esbozar formas de seguir adelante. Durante el próximo año, nosotros y nuestros colaboradores, en una serie de cuotas mensuales, analizaremos diferentes aspectos de la crisis actual y trataremos de formular un conjunto sistemático con las preguntas más usuales. No ofrecemos políticas, sino planteamientos y demandas alternativas que esperamos contribuyan a un debate más amplio que el del entorno en el que operan las autoridades.
Fuera de la política de partidos, los nuevos movimientos sociales, entre ellos, los ambientalistas, los anti-recortes y los grupos feministas, no se han reunido lo suficiente con las viejas organizaciones de defensa de la clase obrera para generar una coalición que les pueda dar una fuerza política efectiva. Sin embargo, hay indicaciones de cómo tal compromiso puede funcionar, por ejemplo, en la corta era de gobierno del GLC (Consejo del Gran Londres) de Ken Livingstone, y en las experiencias en marcha en América Latina. Por el contrario, la inestabilidad en el Medio Oriente nos demuestra lo que sucede cuando no se cumplen las exigencias democráticas, mientras que en Europa la resistencia a la austeridad está hermanada con el resurgimiento del fascismo.
Este no es momento para la retirada simple. Lo que se requiere es un renovado sentido de estar del lado del futuro, no atrapado en las trincheras del pasado. Hay que reconocer que las viejas formas del Estado social resultaron insuficientes. Pero debemos defender obstinadamente los principios sobre los cuales fue fundado – la redistribución, el igualitarismo, la provisión colectiva, la responsabilidad democrática y la participación, el derecho a la educación y la asistencia sanitaria – y encontrar nuevas formas en las que éstos puedan estar institucionalizados y expresados.
Todos los que nos oponemos a la actual dirección, ya sea desde dentro o fuera de los partidos políticos u otras organizaciones, tenemos que inventar. Debemos favorecer la interrupción del sentido común actual, desafiando los supuestos que organizan nuestro discurso político del siglo 21. Esperamos que nuestro manifiesto abra el diálogo con una nueva generación formada por diferentes experiencias políticas. Este es un momento para desafiar, no para adaptarse a la nueva realidad del neoliberalismo, y para dar un salto.
Fuente: The Guardian, Reino Unido


