Sergio Horacio Pansa se sintió alborotado por la prédica de Lilita Carrió y ciertos medios de comunicación que buscan respuestas en sucedidos frente a los que responden como una nueva derecha no explícita. Entonces, cuando se trataba la votación de la ley de reforma judicial, Pansa, no Sancho Panza a quien la historia merece, intentó y fracasó en su decisión violenta de herir al diputado Agustín Rossi.
Pansa, gerente ejecutivo de los votos de algún Rodríguez Saá de turno, su servidor, pretendió provocar un episodio que lo llevaría a la primera pantalla de algunos medios dedicados a la fabulación escénica de la realidad. ¿Qué puede exhibir Pansa? Bien, fue uno de quienes voto en contra de la recuperación de YPF para el país. Ahí hay una punta interesante, definitoria. En el lenguaje de la presunción de ciertos periodistas corporativos, valdría preguntarse (no hay afirmación en esto) si no habría recibido por parte de Repsol para acudir a afirmarse contra los intereses de su país. “¡Cobramos, Pansa, señal de que cabalgamos!”, se pudo acaso escuchar aquella noche en el recinto de la avenida Rivadavia. Ese voto definió la pertenencia del diputado por San Luis, provincia en la que su gobernador, Claudio Poggi, se expresó a favor del hecho histórico.
Lo curioso es que los medios de San Luis ubican a este diputado conservador, como uno de los hombres que menos habla en su sitial privilegiado de la Cámara de Diputados. Por ejemplo en 2010 no habría registros de su palabra y en 2001 parece que tampoco. Se podría inferir que en su silencio quiso expresarse a través de la violencia, no por la palabra sino por la botella. Un caso que puede sorprender porque indicaría una resuelta ausencia de pensamiento y si, en cambio, violencia. Pansa por lo visto en la sesión de la madrugada del 25 de abril, tiene presencia agresiva contra quien lo pone en situación de pensar o imaginar un horizonte diferente.
Pansa no habló pero votó contra la ley de matrimonio igualitario. Cuidado, está en su derecho aunque los silencios de Pansa sean botellazos sobre la realidad del país. Y si a alguien, hablando (lo que le afecta por lo visto) cuestiona a un senador como el radical Sanz, que quiere que su país caiga como ocurrió en 2001, seguramente recogería su botella y la guardaría debajo de su butaca sin dar palabra.
Sanz tiene a su modo de ver las cosas, un poco de razón. Cuando su gobierno produjo el ajuste del blindaje y pagó 40 mil millones de dólares que el país no tenía, se prodigaron desde las financieras internacionales como la de Prat Gay, comisiones que superaron los 200 millones de dólares (hay aún causas que van lentas en la justicia porque no llegó la reforma). En ese momento Sanz no pedía que su país se derrumbe, se derrumbaba. Y algunos recogían los escombros. Hoy el país se pone de pie, no hay restos, y los hombres de las financieras internacionales, Prat Gay es uno de ellos, reúnen a aliados para reconstruir el frente con el que ilusionan un nuevo derrumbe en el estilo del 2001. Por ese ajuste, los amigos de Sanz (Pansa pudo acompañar esa prédica) les cobraron a los jubilados el 13 por ciento de sus haberes. Se los tomaron como lo hace un arrebatador callejero, sin piedad. Jamás lo devolvieron.
Allí están Lilita (abogada de las empresas extranjeras en el Chaco del festín de las tarifas dólar en los noventa), Pino Solanas, Victoria Donda, Tumini (libres del sur, esclavos del norte, bromean algunos). Ninguno quiere una reforma de la justicia, ningún hecho que afiance la labor del Estado iniciada en 2004. Todos parecen ser parte de la acción de un solitario que arroja una botella en dirección a la nada.
* Periodista, escritor. Autor de los libros: “Guardia de Hierro. De Perón a Kirchner”, “El largo adiós de los Montoneros” e “Historia de la Sociedad Rural Argentina”.


