Opinión

Por Augusto Taglioni

Crisis internacional y disputa por la hegemonía

El contexto internacional atraviesa su momento de mayor disputa desde el inicio de la crisis. Esta, podemos contextualizarla desde las asunciones de Hugo Chávez en Venezuela y de Vladimir Putin en Rusia en el año 1999 hasta el inicio de la “primavera árabe”, la guerra civil en Siria y el comienzo de la guerra en Ucrania en 2014.

Actualmente,  la disputa por la hegemonía se produce en tres bloques.  Estados Unidos, Inglaterra y la Otan, por un lado, Alemania y Francia, por el otro, y China y Rusia, por último. La tensión entre estos bloques dominantes es expresa con claridad en el conflicto entre Rusia y Ucrania. El bloque anglo-norteamericano con su brazo armado de la OTAN está dispuesto a militarizar el mundo con tal de condicionar  y rodear militarmente a Rusia. En medio oriente tiene la misma estrategia, aliado con Arabia Saudita y ahora, con el pretexto de combatir al Estado Islámico de Irak, pretende volver a la carga por Siria y partir a Irak en tres estados: Suní, Chiita y Kurdo. Esto, le permitirá a la Casa Blanca volver a poner su foco en su eterno enemigo: Irán.

Por su parte, Alemania y Francia, juegan un rol bastante ambiguo. Son aliados de Estados Unidos, por ejemplo en el posicionamiento respecto a los Fondos Buitres planteado por nuestro país en las Naciones Unidas, y por otro, no tensionan la cuerda con Rusia y China, ya que, tanto Alemania como Francia, tienen acuerdos comerciales con ambos. Una caída de Rusia perjudicaría a este bloque en dos aspectos:

1-Económico: Alemania consume el 35 por ciento del gas ruso y, junto con Francia, cuentan con acciones comerciales de Gasprom, el gigante ruso estatal de gas.

2-Politico. El bloque franco-alemán no quiere que el dominio estadounidense e inglés, predomine en el mundo. Eso, y los aspectos mencionados en el punto anterior, implicarían una subordinación que no están dispuesto a tolerar. 

El tercer bloque es el que compone a Rusia y China, con metodologías distintas pero con el objetivo de contrapesar el poder hegemónico de occidente. Rusia quiere consolidar su influencia en la zona del este de Europa  a través de la Unión Europea del Este que ya tiene varios países adheridos. El dilema ruso se divide en “La gran Nación rusa” contra la Unión Europea que, vale la pena aclarar, no tiene una posición lineal respecto a su “rival” del este.  

Naciones Emergentes: BRICS

Este grupo ha experimentado un inmenso avance desde su creación. Además de la extensión territorial, la densidad poblacional y el crecimiento del PBI, los países de los BRICS han planificado uno de las políticas económicas más importantes del escenario de multipolar actual. El Banco de Desarrollo del BRICS, que se formará sobre una base económica igualitaria y la sede del banco estará ubicado en Shanghái con un capital inicial autorizado de 100.000 millones de dólares, y un capital suscrito de 50.000 millones, que es compartido por igual entre los fundadores.

Además del banco, los BRICS apuntan a desarrollar un organismo de préstamos que reemplace al FMI y el Banco Mundial. Un Banco de reservas de las naciones emergentes y un organismo de préstamos mundial independiente del dólar y los centros de poder, significaría un verdadero golpe en el corazón del sistema financiero mundial. Muchos hablan, no solo de un mundo multipolar, sino de un contexto mundial multimonetario, dejando relegado al dólar.

La multipolaridad es una oportunidad pero no es una garantía de bienestar. El nuevo orden mundial deberá combinar la gran posición en el mercado mundial con un fuerte crecimiento con inclusión y generación de trabajo para no repetir la perversidad del capitalismo salvaje.

Rusia y China son aristas fundamentales en ese esquema y, si bien tienen perfiles diferentes, ambos vieron en la relación con América Latina, la oportunidad para llevar a cabo la estructuración de mundo con nuevas reglas de juego.

La región

Celac, Unasur y Merosur son las grandes proezas de estos años de cambio en América Latina. Líderes populares como Néstor Kirchner, Hugo Chávez y Lula Da Silva, trabajaron para materializar el deseo de la unidad continental en una nueva arquitectura política y económica de la Patria Grande.

Los logros son notorios y se expresan en los inmensos avances de cada proceso popular abierto desde 1999 hasta la actualidad, en la reorientación económica del Mercosur  y en la respuesta solidaria y rápida de la Unasur en conflictos diplomáticos e intentos de golpes de estado. 

A este balance tenemos que agregarle un complejo análisis de la situación actual. Procesos fundamentales como Brasil y Argentina, dirimirán, este año y el que viene, su futuro en elecciones presidenciales. La parada arranca en poco tiempo en Brasil, y Dilma no la tiene fácil. Las circunstancias terminaron ubicando como candidata opositora a Marina Silva, una ex ministra de Lula, ecologista sin fuerza propia que ha sido elegida por los medios hegemónicos, corporaciones y las Fuerzas Armadas. Una hipotética caída del gobierno de Brasil podría ser el evento más perjudicial de la región en los últimos tiempos. Sin embargo, las encuestas dicen otra cosa, los sectores populares apoyan al PT y después de 12 años de gobierno, la posibilidad de continuidad es una certeza. 

La aparición de la Alianza del Pacífico impulsada por Estados Unidos  generó un estado de quietismo en las estructuras regionales que polarizó a la región entre quienes quieren volver a los TBI con Estados Unidos y los que mantienen el horizonte en la construcción de la integración propia. Argentina, Venezuela y Brasil son pilares estratégicos. La posibilidad de que Ecuador y Bolivia se transformen en miembros plenos del Mercosur sería un gran paso adelante para darle más musculatura al MERCOSUR, como también la continuidad del Frente Amplio en Uruguay.

Pero sin dudas la región tiene una gran cuenta pendiente que explica cierta parálisis actual: El Banco del Sur. Con el Banco del Sur, la región podría constituirse como un bloque emergente independiente de los organismos financieros mundiales.