Los resultados del balotaje fueron seguidos de cerca por todo el continente americano. Por un lado, los gobiernos populares que confiaban en una victoria, ajustada pero segura de Dilma y con ello, una dinámica de continuidad que atravesará al resto de los países que entienden que un Brasil abandonando la integración regional, significaría la fecha de vencimiento del resto de los procesos políticos vigente por el simple hecho que Brasil es la segunda potencia más importante de américa después de Estados Unidos y cumple un rol crucial como nación emergente en contexto mundial actual. Del otro lado, los grandes centros de poder, los medios hegemónicos de comunicación, el sistema financiero y la mismísima Casa Blanca que espera tener más países latinoamericanos más cerca de la Alianza del Pacífico que del Mercosur y Unasur.
A nivel regional, es un primer paso para considerar que todos estos años de integración difícilmente sean desmontados de un día para el otro. Pero, a su vez, sería un grave error descansar en esta victoria electoral sin pensar en un elemento constitutivo para esta unidad continental que tantos beneficios han traído a nuestros países. Se trata de la profundización de los logros y de una agenda capaz de seguir incluyendo a millones. Cada gobierno de cada país de nuestra américa deberá pensar en clave de avance para aumentar la base de apoyo de los pueblos que representan. Un estancamiento significaría un retroceso, ceder a las presiones de los grandes centros de poder expresados localmente en las derechas partidarias y los grandes medios de comunicación, sería equivalente a una derrota política. El gobierno no tiene necesidad de negociar conquistas, dado que la mayoría de los votos siguen siendo del PT, tanto así, como más de la mitad de los estados. A nivel parlamentario, cuenta con una base consistente como para afrontar las reformas que necesita el pueblo brasilero.
Inmediatamente después de la victoria de Dilma, la bolsa brasileña se desmoronó. El índice Ibovespa de São Paulo, referencia del mercado, cayó hasta un 6% en la apertura y la empresa pública Petrobrás, un 13%. Esto es una muestra de que el sistema financiero, con base en San Pablo, jugó un partido a favor de Aeccio Neves. Los medios de comunicación, especialmente la cadena O’Globo y la Folha de San Pablo, no ocultaron su disgusto por la nueva victoria del PT y la violencia del discurso opositor fue una constante durante toda la elección. Esto, sumado a la violación de la veda por parte de la revista “Veja” en una clara actividad proselitista a favor de Neves, y la declaración de apoyo público al candidato opositor realizada por la estrella futbolera Neymar, demuestra que los sectores opositores a la continuidad del PT pusieron toda la carne al asador. No les alcanzó porque la política sigue siendo la que marca el rumbo de los procesos populares y democráticos.
Dilma, en su discurso post victoria electoral, puso en agenda dos temas. Por un lado, la reforma política, la cual necesitará del apoyo opositor, está destinada, entre otras cosas, a ordenar y optimizar la representación política en el parlamento (hay 28 partidos con representación en el enorme congreso de Brasil), y la corrupción, por el otro, donde de alguna manera recogió el guante de uno de los caballitos de batalla del discurso opositor. Está bien querer tender puentes con la oposición, pero no hay que caer perder de vista que lo más importante es profundizar la agenda social, aquella que los grupos concentrados demonizan pretenden frenar con un fin de ciclo de gobierno petista. Las demandas existen, hay una agenda social que incluye al trabajo, la vivienda, la educación, los servicios públicos y el desarrollo industrial. Dilma lo sabe, como también sabe que la integración regional se profundiza o se estanca.


