Opinión

Ha-Joon Chang. Traducción de Ana Vallorani

La austeridad nunca ha funcionado

No es sólo en la situación económica actual. La historia demuestra que los recortes presupuestarios siempre conducen a la recesión

La semana pasada presenciamos una serie de malas noticias económicas. Los líderes de la eurozona parecen no poder o no estar dispuestos a cambiar sus políticas de austeridad, así como Grecia y España se desmoronan y con ellas el contrato nuclear de las economías centrales de la zona euro. Gran Bretaña observa como su economía se encamina hacia el tercer trimestre consecutivo de contracción, con una caída inesperadamente fuerte en la industria de manufacturas. Las cifras de la última semana confirmaron que la recuperación de EE.UU. está trastabillando. Las mayores economías en desarrollo que hasta ahora han proporcionado cierto apoyo a nivel de la demanda mundial – especialmente India y Brasil, pero también China- también se están cayendo lentamente. Cuatro años después de que comenzó la crisis financiera, muchas de las economías capitalistas ricas no han recuperado sus niveles de producción pre-crisis.

 

Más grave aún es el problema del desempleo. La Organización Internacional del Trabajo estima que hay 60 millones de personas menos empleadas en todo el mundo que si la tendencia anterior a la crisis hubiera continuado. En países como España y Grecia, las tasas generales de desempleo se acercan al 25%, con un desempleo juvenil superior al 50%. Incluso en países que sufren «leves» problemas de desempleo, como los EE.UU. y el Reino Unido, entre 8% y el 10% están sin trabajo. Si se incluyen los que han dejado de buscar trabajo o aquellos que se ven obligados a trabajar tiempo parcial por falta de oportunidades de trabajos de tiempo completo, el desempleo «real» podría ser fácilmente de más de un 15%, incluso en estos países.

 

Los remedios que se ofrecen son bien conocidos. Reducir el déficit presupuestario mediante el recorte del gasto; en especial  el gasto «improductivo» en bienestar social que reduce el crecimiento haciendo que las personas pobres estén menos dispuestas a trabajar. La reducción de los impuestos más altos y la desregulación de los negocios (eufemísticamente llamada «reducción de la burocracia») para que los «creadores de riqueza» tengan mayores incentivos para invertir y generar crecimiento, y para que se le haga más fácil contratar y despedir.

 

Cada vez más se reconoce que estas políticas no están funcionando en el entorno actual. Pero menos difundido es el reconocimiento de que hay también un montón de evidencia histórica que demuestra que nunca han funcionado. Lo mismo ocurrió durante la crisis de la deuda en 1982 de los países subdesarrollados, la crisis mexicana de 1994, la crisis asiática de 1997, las crisis de Brasil y de Rusia en 1998, y la crisis argentina de 2002. Todos los países afectados por las crisis se vieron obligados (por lo general por el FMI) a reducir el gasto y mantener el superávit del presupuesto, sólo para ver a sus economías hundirse más profundamente en la recesión. Retrocediendo un poco más lejos, la Gran Depresión también demostró que las reducciones de déficit presupuestario de mucho alcance y demasiado rápidas en el medio de una recesión sólo empeoran las cosas.

 

En cuanto a la necesidad de recortar el gasto social para reactivar el crecimiento, tampoco hay ninguna evidencia histórica que lo apoye. De 1945 a 1990, el ingreso per cápita en Europa aumentó considerablemente más rápido que en los EE.UU., a pesar de que sus países poseían un gasto social estatal en promedio un tercio más grande que en los EE.UU.. Incluso después de 1990, cuando el crecimiento europeo se desaceleró, países como Suecia y Finlandia, con un gasto social mucho más grande, crecieron más rápido que  los EE.UU..

 

En cuanto a la creencia de que hacerle la vida más fácil a los ricos a través de recortes de impuestos y la desregulación es bueno para la inversión y el crecimiento, tenemos que recordar que esto fue intentado en muchos países después de 1980, con resultados muy pobres. En comparación con las tres décadas anteriores de impuestos más altos y una mayor regulación, la inversión (en proporción al PBI) y el crecimiento económico se redujo en esos países. Además, la economía mundial en el siglo 19 creció mucho más lentamente que en la era de altos impuestos y alta regulación de 1945 a 1980, a pesar del hecho de que los impuestos eran mucho más bajos (la mayoría de los países ni siquiera tenía impuesto sobre la renta) y las regulaciones muy escasas.

 

El argumento sobre la contratación y el despido no se fundamenta tampoco en la evidencia histórica. Las tasas de desempleo en las economías capitalistas más importantes fueron entre el 0% (algunos años en Suiza) y el 4% entre 1945 y 1980, a pesar de la creciente regulación del mercado de trabajo. Había más gente sin empleo durante el siglo 19, cuando no había ninguna regulación efectiva en la contratación y el despido.

 

Así que, si toda la historia del capitalismo, y no sólo las experiencias de los últimos años, muestra que los supuestos remedios para la crisis económica actual no van a funcionar, ¿que están haciendo nuestros líderes políticos y económicos? Tal vez ellos están locos; si seguimos la definición de Albert Einstein de la locura como «hacer la misma cosa una y otra vez y esperar resultados diferentes». Pero la explicación más probable es que, al impulsar a estas políticas en contra de todas las pruebas, nuestros líderes están realmente diciéndonos que quieren preservar – o incluso intensificar, en áreas como la política de asistencia social – el sistema económico que les ha servido tan bien en las últimas tres décadas.

 

Para el resto de nosotros, ha llegado el momento de decidir si estamos de acuerdo con este programa o de hacer que estos dirigentes cambien de rumbo.

 

¿Queremos una sociedad donde se mantiene al 50% de los jóvenes sin trabajo con el fin de reducir el déficit del 9% del PBI al 3% en tres años? ¿Una sociedad en la que los ricos tienen que hacerse más ricos para trabajar más duro (en sus supuestos trabajos de inversión y creación de riqueza), mientras que los pobres tienen que volverse más pobres con el objeto de trabajar más duro? ¿Donde una pequeña minoría (a menudo llamada del 1%, pero que es más como del 0,1% o incluso del 0,01%), controla una desproporcionada, y cada vez mayor, parte de todas las cosas; no sólo los ingresos y la riqueza, sino también el poder político e influencia (a través del control de los medios de comunicación, centros de estudios estratégicos, e incluso las academias)?

 

Tal vez lo queremos, pero estas decisiones deben hacerse conscientemente, en lugar de por omisión. Ha llegado la hora de elegir el tipo de sociedad en la que queremos vivir.

Fuente: The Guardian