Una manifestación de esas presiones fue la persistente corrida sobre el dólar y la no menos insidiosa inflación motorizada por los monopolios que controlan cada una de las ramas de la economía nacional, la mayoría de ellos extranjeros.
Era indudable que construir autonomía frente a los centros de poder imperial, diciéndole no al ALCA, desendeudándose del FMI, imponiendo un canje de la deuda externa que la hiciera posible de solventar, reforzando la integración regional, al tiempo que se ampliaban derechos para nuestro pueblo y se reconstruía el mercado interno mediante el aumento del poder adquisitivo de jubilaciones, sueldos y asignaciones, era una receta a contrapelo de la que preconizan los centros de poder mundial para todos los pueblos del mundo. Basta ver la medicina amarga que tienen que seguir tragando en estos días, portugueses, españoles, italianos y griegos, por mencionar algunos más próximos a nosotros en la historia y los afectos.
Les molesta, por caso, que los salarios argentinos, medidos en dólares, sean los más altos de la región, al tiempo que los precios de los productos de consumo popular sean de los más bajos. Por ejemplo, comer en estos días un chivito, nombre uruguayo de nuestro lomito, en Montevideo, acompañado de una gaseosa, significa oblar quince dólares. Nadie en Buenos Aires paga esa fortuna. No importa a qué tasa de cambio.
Desde aquellos días hasta ahora, corrió mucha agua bajo el puente. El gobierno se fue defendiendo en cada ocasión como gato panza arriba, zafando de las peores encerronas. Ahora, después de las elecciones de octubre pasado y en la recta final del mandato de Cristina, lo presintieron débil y arremetieron por varios flancos a la vez. Postergar ventas de granos al exterior, adelantar importaciones, dejar de financiarse afuera para secar la plaza de dólares, alimentar la histeria pequeñoburguesa por la disparada de las cotizaciones, acentuar el tráfico por izquierda que forma parte de la extensa tradición nacional de contrabandistas, fueron algunos de los caminos. El objetivo era bien simple. Achicar la cantidad de reservas disponibles por el estado, para forzar una maxi devaluación y devaluar así los salarios. En el borde, el gobierno no pudo resistir la arremetida y cedió un paso. Cualquier boxeador sabe que puede recibir un golpe. El asunto es recuperar el aire rápidamente.
Al retroceder en su política de controlar la paridad cambiaria para contener el alza de los precios internos, el gobierno logró fortalecerse, empezó a recuperar reservas y desinfló la expectativa en torno del dólar paralelo. Pero eso trasladó toda la presión al terreno de los precios. Lo marcó la Presidenta en los dos discursos que realizó por cadena nacional. La avivada de remarcar por encima de la devaluación registrada, como si todo en este país fuera importado, tiene una lógica sustantiva: ellos, que se esconden bajo el eufemismo de “los mercados”, quieren ser los que regulen cómo se distribuye el ingreso nacional. Aunque eso niegue la gobernabilidad democrática de la sociedad argentina.
Sin embargo, subestiman las fortalezas acumuladas por nuestro pueblo en este proceso. Del mismo modo que no pudieron generalizar el caos social que promovieron con las insubordinaciones policiales de diciembre. En esas fortalezas, que se expresan en una vigorosa juventud comprometida con la suerte colectiva, se está apoyando el Gobierno, para vigilar el cumplimiento del programa de Precios Cuidados. El activismo social es imprescindible. Pero debe acompañarlo la firmeza de la sanción estatal.
Para sostener la pulseada, aprovechan sus posiciones dominantes. Denunciarlos, como hace Cristina, abre la puerta al debate político de la estructura económica y a la participación popular. Pero no alcanza. Hay que avanzar en acciones orientadas a desmontar y regular más estrechamente ese poder. Los trabajadores organizados pueden ser parte de ese esfuerzo a partir de retomar la idea de la participación en las ganancias. Para saber de qué ganancias se habla, hay que controlar los números de cada firma.
Ese es un camino. Otro, multiplicar rápidamente los puntos de encuentro entre los productores y los consumidores. En cada barrio puede haber una réplica en pequeño del Mercado Central, con sus precios. Además de participar del control de los listados acordados con el gobierno en las grandes cadenas, los municipios pueden involucrarse en esta batalla, habilitando espacios donde los que viven de su salario puedan defender su poder adquisitivo comprando directamente a los productores.
Por supuesto, más cosas pueden y deben hacerse. De esto se trata cuando se habla de profundizar el modelo. Aquí y ahora, es la batalla de los precios la que decide la suerte futura del proceso nacional y popular.



