Opinión

La carne y la piedra

Por Guillermo Roffé

Ese seis de agosto el día había amanecido claro, transparente…el aire tenía una rara cualidad que estremecía de luz del pequeño villorrio en las afueras de la ciudad de Hiroshima. Hitoshi, con una singular eficacia para sus escasos ocho años, encendió el fuego en la cocinilla de hierro y puso a hervir el agua del caldero.Mientras, juntó sus enseres para la escuela, su pequeña pizarra, su ábaco de madera y luego de poner todo dentro de un bolsito de tela con su nombre bordado, le llevó a su abuelo el tazón de té y esperó a que el anciano lo tomara. Desde la pared del modesto cuarto que constituía toda la vivienda, un retrato del Emperador Hiroito presidía la ceremonia cotidiana…ceremonia que con algunas variantes, se repetía en toda la ciudad y sus alrededores. Una ciudad a la que la guerra había privado de hombres jóvenes y condenado a las mujeres a abandonar sus hogares para cumplir agotadores turnos en las fábricas de municiones o en los talleres de confección de uniformes.Hitoshi caminó, como todos los días, casi un kilómetro hasta llegar a la escuela que, a pesar de su rígida disciplina, le parecía que era su verdadero hogar. Desde que a su padre lo movilizaran, la escuela era el lugar donde podía poner a funcionar a pleno sus sueños, sus proyectos…El quería ser marino, soñaba con comandar un barco que recorriera el mundo, ver otras gentes, otros lugares…La mañana transcurrió como si nada estuviera por suceder, el sol, casi cenital a esas horas aplanaba las sombras. Pero algo opresivo comenzaba a crecer en ese mediodía en que un pequeño niño japonés construía sus sueños que jamás se harían realidad…Un súbito destello, un sol explotando sobre los rostros y los sueños de decenas de miles de niños como Hitoshi, el espanto repetido, lo imposible sucediendo, una mano gigantesca amasando la carne y la piedra, el trueno y el grito. Mezcla feroz que marcaría por segunda vez la conciencia de los hombres. Ese seis de agosto de 1945, fue el día en que la ciudad de Hiroshima y su entornos más cercanos fueron  arrasados por una bomba atómica…fue un seis de agosto cuando miles de niños que soñaban un destino sin guerras, fueron masacrados por la más infernal máquina bélica jamás inventada. Quizá no exista siquiera un documento que registre el nombre del pequeño Hitoshi o su corta historia, sus escasos años no habían alcanzado aún a dejar una huella en este mundo. Un mundo que por razones más oscuras aún que el polvo que tapó el sol en Hiroshima, asesinó, hace exactamente sesenta y seis años, las esperanzas y los sueños de miles de niños y, para siempre, la inocencia de la humanidad.