Opinión

Gaddafi

Por Enrique Lacolla

El último exponente de la revolución árabe de la posguerra ha sidoeliminado. El futuro de Libia está por ahora en la mesa de juego quecontrolan Estados Unidos y la UE. /Muammar el Gaddafi ha muerto a manos de la OTAN. Según los datos másatendibles, un ataque aéreo destruyó el vehículo en que viajabaretirándose de Sirte, su último bastión. Era un final previsible:desde el comienzo de la operación contra Libia, los intentos deeliminarlo habían menudeado –en uno de ellos perecieron uno de sushijos y varios de sus nietos- y estos ataques habían sido antecedidospor otros, en uno de los cuales –en 1986- perdió la vida una hijaadoptiva del gobernante libio.La hipocresía reinante a nivel global intenta disimular con una nubede palabras la realidad de los hechos. Y esta no es otra que estamos–desde hace tiempo- sumidos en una ola de bestialidad colonialista queha reemplazado el viejo lema imperial de la lucha de la civilizacióncontra la barbarie, por el de la lucha por los derechos humanos de lospueblos oprimidos por sus “dictadores”. Una oleada de abnegaciónasesina conmueve a los gobiernos de occidente: se trata de liberar anaciones cuya libertad se ve sofocada por sus mandantes tiránicos. Noimporta que esos mismos gobiernos del Occidente avanzado estén aliadosa gobernantes que estrangulan a sus pueblos a la vez que sonejecutores eficientes de las políticas del Imperio. Esta contradicciónno tiene importancia, la máquina mediática está allí para atontar alpúblico y para recubrir la crudeza de los hechos con un velo depalabras y de información arbitraria, inconsulta y banal, que otorgala misma importancia a un desnudo en la televisión o a un partido defútbol que a una agresión imperialista. Todo pasa, todo se renueva, yel flujo de las imágenes y el martilleo de conceptos desasidos de todaconexión dialéctica con la realidad, somete a la masa del público auna jibarización mental a una escala que era imposible en el pasado.Nunca se pone de relieve que el abatimiento de los “tiranos” -y lafragmentación de sus países, que suele ser su inmediata consecuencia-está vinculado a la existencia en ellos de recursos estratégicosimportantes para la consecución del poder global, ni al detalle de quelos déspotas en cuestión tienen la originalidad de pretenderusufructuar esos recursos en beneficio de sus propias sociedades. Yeventualmente en provecho propio, por qué no, cosa que permite inflarel discurso redentor de los filibusteros occidentales con los vientosde una retórica de lo más indignada.Desde comienzos del nuevo siglo o incluso un poco antes, las prácticasagresivas de la coalición liderada por Estados Unidos se han cobradouna serie de piezas. Slobodan Milosevic murió en la cárcel encircunstancias poco claras, Yasser Arafat fue envenenado –un datosobre el que sobrevuelan los medios-; Saddam Hussein fue ahorcado trasuna parodia de juicio durante el cual fueron eliminados físicamente yen forma sucesiva los abogados encargados de defenderlo, y ahoraMuammar el Gaddafi ha caído abatido por el fuego de la aviación de laOTAN. Aunque se quiera hacer creer que ha muerto a manos de losrebeldes del CNT; lo cual, por otra parte, de ser cierto, no cambiaríaen nada las cosas. ¡Pero si hasta Yitzak Rabin fue liquidado por unextremista de derecha judío porque estaba llevando el proceso de pazcon los palestinos demasiado adelante!En este carrusel siniestro, cabe destacar que con Gaddafi desapareceuno de los últimos protagonistas de la revolución colonial posterior ala segunda guerra mundial. Había llegado al poder en 1969, derrocandoa una monarquía consubstanciada con los intereses de los paísesoccidentales, y en particular con los de Italia, antigua potenciacolonial que había regido al país desde 1911, en ocasiones conbrutalidad suma. Fue el último de los insurgentes contra el ordencolonial. Coincidió –en el tiempo-con el estallido del Mayo francés yla oleada subversiva e inconformista que lo sucedió, pero sobre todocon los últimos fuegos del nacionalismo militar árabe, que habíadespuntado con la revolución egipcia encabezada por Gamal AbdelNasser. Muy poco después Nasser falleció, y el proceso por élencabezado entró en declive, siendo suplantado por regímenes sin dudadespóticos que, o arreglaron con los Estados Unidos, o se mantuvieronen un difícil equilibrio entre estos y la Unión Soviética. Los casosde Siria e Irak fueron demostrativos de lo último.Gradualmente Gaddafi fue evolucionando hacia actitudes que combinabanuna mayor aceptación del Islam, el ejercicio del terrorismo comoexpediente para replicar el acoso a que era sometido y una apertura alÁfrica negra como forma de escapar al aislamiento y también comoinstancia susceptible de avivar los fuegos revolucionarios en elcontinente negro. Después de la caída de la URSS, sin abandonar susintereses en el África profunda, arregló sus cuentas con Occidente,renunciando a cualquier maquinación de corte terrorista y abandonandosu programa nuclear. Esto le valió el reconocimiento de los gobiernosde la UE y de Washington, muy interesados en explotar el petróleolibio, de gran calidad, y de pisar sobre los recursos hídricos queesconde el subsuelo de ese país. A partir del 2000 Gaddafi dio entradaal país a las grandes compañías de hidrocarburos norteamericanas ybritánicas, aunque manteniendo celosamente la soberanía sobre losrecursos del subsuelo.Si esto indujo a Gaddafi a sentirse seguro, pronto tuvo oportunidadpara desencantarse. En la ola de la reconfiguración del Medio Orienteque la “primavera árabe” ha consentido a Estados Unidos, se convirtióen un blanco predilecto. Desarzonarlo del poder, dividir a su país através de fronteras de diferenciación étnica, como las que puedensignificar la Cirenaica –poblada por árabes puros-, la Tripolitania yel Fezzan, donde la población es más bien mestiza o de origen beduino,se ofreció como una posibilidad muy apetecible. De pronto surgierongrupos que reivindicaban “libertades democráticas” al estilo de lostunecinos y los egipcios. Pero esa evolución hacia la modernidad tuvode peculiar el que fue movilizada en gran medida por ex colaboradoresde Gaddafi y por fundamentalistas musulmanes. Y no tanto de adentro,sino provenientes de Arabia Saudita y otras regiones. Algunos –omuchos- de ellos fueron identificados como pertenecientes a células deAl Qaida. Los “muyajidines de la libertad” redivivos, en una palabra.Entre todos montaron una guerra civil que fue explotada de inmediatopor Occidente a través de una parafernalia judicial y mediática quepuso fuera de la ley al mandatario libio, y de unos emprendimientosmilitares en apoyo de los rebeldes que violaron todas las reglas delderecho internacional, invirtieron la situación operativa en elterreno y provocaron víctimas incontables entre los civiles. Elresultado estaba cantado.A lo largo de su carrera Gaddafi experimentó transformaciones, que loconvirtieron del coronel de apariencia austera del principio, en unaespecie de líder tribal ataviado con ropas típicas. Si esto obedeció aun histrionismo de ribetes patológicos o era parte de una adecuaciónde su personaje a las necesidades que le planteaba su nueva forma deentender su misión, no podemos saberlo. Pero sí que en la última etapade su carrera su apariencia para nosotros estrambótica no impidió alos mandatarios de Occidente abrazarse con él y cumplimentarlo congusto.Hoy Gaddafi ha pasado a la historia. Pero su lugar en ella debe serdeterminado aun. Y estamos seguros de que será mejor que el de susverdugos.