Por Binoy KAMPMARK. Traducción de Ana Vallorani
– Norberto Liwski, ex preso político, ESPN, 09 de junio de 2014
Mientras se desarrolla la fase eliminatoria de la Copa del Mundo de fútbol en Brasil, el enfoque político en este tipo de eventos es difícil de resistir. Los eventos deportivos de tal magnitud son promociones políticas y proyecciones. El propio gobierno de Brasil se emocionó con la obtención del torneo, tanto es así que subió las facturas, elevó el costo del transporte, e impuso una serie de medidas casi draconianas para el control de la población.
El regreso de la Copa del Mundo a América del Sur trae en el aire un olor a arrepentimiento y negación. Cuando fue organizada en 1978 por Argentina, el país estaba siendo desangrado y controlado por la junta militar del general Jorge Rafael Videla. Todo en nombre del orden; todo en nombre de la soberbia.
Los chicos locales no decepcionaron al general. El notable Mario Kempes, junto con el volátil mediocampista Osvaldo Ardiles y figuras como Ricardo Villa, ganaron el torneo. El fútbol puede ser hermoso por momentos; Kempes, una bella criatura desgarbada que resultó letal con su bota de oro; Ardiles controlando el juego con una potencia fascinante.
A pesar de sus esfuerzos, no pudieron dejar de ser marionetas de la junta militar, juguetes de un régimen brutal que gastó una cantidad exorbitante de dinero en la organización del torneo. La cantidad, según una estimación, fue dieciocho veces más grande que la de Alemania Occidental en 1974. No se escatimaron gastos.
Kempes, al igual que sus compañeros, negó tener conocimiento sobre las actividades sangrientas del régimen militar. El capitán del equipo, Daniel Passarella, quien recibió el trofeo de manos del propio general Videla, ahora afirma que, si hubiera sabido de las graves violaciones de los derechos humanos, se hubiera negado a participar en la Copa del Mundo.
A tan sólo un millar de metros del famoso estadio de River Plate yacía uno de los mayores centros de detención y tortura de la dictadura, tan colmado que vio pasar a unos cuatro mil internos por la máquina de tortura. El régimen militar tuvo muchos centros de este tipo: cerca de 340 en operación durante su tiempo en el poder. Mientras el fútbol se jugaba en el campo, la tortura se practicaba fuera de él. De hecho, los prisioneros en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) podían oír ambos gritos de placer en el estadio y de dolor por la tortura infligida en el complejo.
Tal es la perversión del ritual tribal que la victoria de Argentina sobre Holanda podía incluso dividir a los presos políticos. El conjunto local se había utilizado como arma, y todo el mundo lo estaba sintiendo, tanto la toxica revelación como el terrible engaño.
Entre 1976 y 1983, la campaña sistemática de desapariciones forzadas y la brutalidad emprendida contra los sindicalistas, los miembros de la izquierda, y los opositores políticos del régimen dejó cerca de 30.000 muertos. 1978 sirvió como pieza central de apología y de promoción: un régimen que no podía ser tan malo si era entusiasta con un juego que los argentinos jugaron bastante bien. Dicho punto quedó en evidencia cuando la venerada revista de fútbol, El Gráfico, publicó una entrevista con Videla que sugería que el líder de la junta, no Kempes, había sido la figura clave para ganar la Copa del Mundo (Play the Game, 28 de junio 2003).
No era más que el lado argentino jugando en una oscuridad simulada de la negación, una ilusión desesperada donde el fútbol podría trascender el momento como un acto de posesión por encima de la política. Los holandeses, que alcanzaron la final en 1978 y perdieron 3-1 ante los anfitriones, no eran muy limpios en su honradez política. Resultaron ser inversionistas de valor durante la época de la Guerra Sucia. El embajador holandés Van den Brandeler fue tan lejos como para afirmar que el general Videla era un hombre de honor. Hasta ese punto los países habían caído en el cortejo hacia el régimen militar.
La historia de los dos países siguen mezclándose: el padre de la reina Máxima de Holanda, Jorge Zorreguieta, fue uno de los ministros civiles mas duraderos de la dictadura militar en Argentina. En 1976, cuando se inició el golpe militar, Zorreguieta dirigía la Sociedad Rural, una organización conservadora que representa los intereses de los terratenientes. Procedió a estar al frente de la cartera agrícola en el ministerio.
Dichos enlaces llevaron al Parlamento holandés a enviar al historiador Michiel Baud en comisión para examinar posibles vínculos con violaciones a los derechos humanos. Los abogados también investigaron. ¿Cuáles fueron los pecados de este padre? Si bien la investigación no desenterró ningún vínculo directo, Baud sugirió que, como «director de la ‘Sociedad Rural’, [Zorreguieta] formaba parte del grupo de personas que por lo menos estimularon al golpe de Estado, y es significativo que se quedara con la dictadura por un total de cinco años, hasta que el propio Videla dejara el gobierno «(News OK, 03 de febrero 2013). Es difícil bajarse de un tren acelerado una vez que se está en él.
Por tales razones, la victoria de Argentina en el Mundial de México en 1986, encabezada por Diego Maradona, sigue siendo idolatrada y mitificada. Los esfuerzos de Kempes y su equipo son notas al pie inadvertidas, que sugieren una forma de olvido frente al dolor. El resurgimiento de algunos de estos hábitos oscuros en Brasil antes y durante el torneo, aunque no son más que pobres imitaciones en relación a Videla, sugieren que el estado policial, con sus tentáculos asfixiantes, sigue siendo más que una simple historia. El fútbol sigue siendo tanto el juego como el código, un arma cruda e intoxicante.
Fuente: CounterPunch, EE.UU.



