Opinión

Por Guillermo Roffé

De la impotencia a la ridiculez

A punto de cumplirse un mes de su realización el “afamado 8N” fue, como la mayoría preveía, una expresión magnificada de la impotencia política de una oposición que no acierta a construir una alternativa medianamente sensata al actual gobierno de CFK.

 

Vociferantes, violentos, debiendo  tragarse los sapos crudos de coexistir con sus tradicionales enemigos (como ejemplo véase a Moyano compartiendo besitos con el representante de la SRA o con el Momo Venegas, cómplice de los grandes pools sojeros en perjuicio de los obreros rurales que él dice representar), los “auto convocados”,  representantes de sectores tan opuestos como el partido pro nazi de Biondini, la Sociedad Rural Argentina, el grupetre de Cecilia Pando, del PRO(Federico Pinedo) de la Unión Celeste y  Blanco de De Narváez entre otros.  

La movilización -que efectivamente fue numerosa- se caracterizó por la ausencia de propuestas. Además de las delirantes y vergonzosas pancartas con simbología nazi o, tal vez peor, reivindicatoria de los militares genocidas, no se vio una sola mención que pudiera ser considerada como tal; sólo generalidades no comprometidas en ningún sentido; “por la libertad”, “para acabar con la dictadura kirchnerista”, “en defensa de la libertad de expresión”, “Basta de inseguridad” etc.

 Inútil  es, por lo tanto, intentar siquiera refutar semejantes desatinos que, por otra parte, se contradicen a sí mismos; Vociferar que “queremos libertad de expresión” en un acto público con pancartas y gestos ofensivos es, cuando menos una flagrante contradicción y no fue la única; hablar de “dictadura” mientras de manifiestan mediante gritos insultantes y gestos ofensivos a la Presidenta de todos los argentinos, cae no ya en la contradicción si no en la ridiculez.

De lo hasta aquí expuesto surge claramente que esa especie de armada Brancaleone que Magneto y la SRA quisieron armar después del conflicto de la 125, está ya en el cementerio de las ideas anti populares y es eso lo que tiene a mal traer a los poderes fácticos que aspiran a llevarnos de vuelta al –para ellos- dorados años `90.

Es por ello que esa clase media que vive como una agresión que ya no se pueda especular con el dólar a su antojo como solían hacerlo para preservar sus escasos privilegios, se desespera ante el terrorífico  escenario de un país donde se verifica una de las mayores movilidades sociales en ascenso de toda América Latina, con índices de crecimiento de puestos de trabajo contabilizado en centenares de miles y una ley de medios audiovisuales que es elogiada en todo el mundo y considerada un ejemplo en su tipo.

Hasta aquí, se pueden resaltar al menos dos situaciones dignas de ser analizadas: 1) El absurdo de que quienes se manifestaron el 8N exigiendo más libertad y más democracia, son los mismos que intentan desconocer la voluntad de más de la mitad del electorado argentino expresada en las urnas que eligió este modelo de país en contra de los intereses del grupo monopólico por excelencia que es Clarín, con lo cual ese dizque reclamo, carece de todo sustento. Y 2) Ante la inminencia de realizarse el próximo 9 de diciembre (9D), una gran acto público para festejar la puesta en marcha de la tan saboteada Ley de Servicios Audiovisuales, creemos necesario despejar algunas dudas que parecen surgir de las mismas usinas mediáticas;  a) No será un acto partidario, será un acto para todo el pueblo. No habrá oradores vociferantes ni pancartas  insultantes para el género humano como la apología de Hitler o de Videla. Será una fiesta con artistas de reconocida trayectoria para que el pueblo pueda disfrutar esa jornada. Habrá, seguramente personas de conocida posición política afín al gobierno, como seguramente lo hay en cualquier teatro o espectáculo del país. Y también habrá quienes sólo se acerquen para disfrutar de esa fiesta de la democracia que es haber logrado que una ley de la Nación tenga, como corresponde, más poder que los grupos monopólicos que sólo se preocupan por sus intereses económicos.

La diferencia es clara: uno fue el acto del odio. Del odio hacia una presidenta que no claudica de sus convicciones y del odio al pueblo trabajador al que acusan de parásitos por recibir la AUH o una siempre tan deseada vivienda propia.

Del odio a toda una clase social que aspira a vivir de mejor manera y hacer estudiar a sus hijos tal como hacen ellos.

El otro acto es el acto del amor; del amor a un pueblo que sufrió desdichas inconcebibles de manos de los genocidas y de manos de los especuladores de siempre. Del amor a sus artistas y creadores que se nutren de ese mismo pueblo para entregar sus mejores obras.

Surge ahora una pregunta. ¿Cómo hará y qué hará ahora Clarín y sus adláteres para demonizar esta convocatoria? Ya tuvieron la experiencia de que en este país, ahora, cuando se piensa en un gran acto público, se piensa en lo que la mayoría de la gente quiere. El Bicentenario fue la demostración cabal de que ya el pueblo no se compra anuncios apocalípticos (véase Lilita Carrió). Así que, muchachos, a ponerse las pilas y hagan funcionar la pensadora si quieren desmerecer ese acto porque tan pobres de argumentos están que un día de estos, hasta Macri les va a ganar en inteligencia.