Según Maquiavelo, el Príncipe puede y debe cometer infamias útiles, pero en público debe parecer la moral, la religión y las buenas costumbres encarnadas. Nada de Príncipe tiene quien confiesa la intención de una infamia, no haber tenido tiempo o valor para cometerla, y lo hace cuando ya no puede llevarla a cabo.
Hace años sostengo que el plan maestro de Estados Unidos es suscitar una guerra entre Colombia y Venezuela para quedarse con las ruinas de ambos países. Indicios de que esta intuición pudiera no estar equivocada son: el hecho de que el presupuesto de Defensa de la Hermana República alberga más de medio millón de personas; de que Estados Unidos apoya este esfuerzo armamentista con los raudales de dólares del Plan Colombia y con tres bases militares que aspiraba elevar a nueve; de que en 2004 fueron detenidos más de un centenar de paramilitares que preparaban un magnicidio en Venezuela; de que en 2008 el ejército colombiano con logística e inteligencia estadounidense atacó a Ecuador; de que ambas agresiones fueron rodeadas de persistente campaña para incriminar a nuestro país como narcotraficante, dominado por la guerrilla colombiana y violador de los Derechos Humanos. A confesión de Uribe, relevo de pruebas: durante una década el presidente de un país vecino estuvo planeando invadirnos.
Según contesta Hugo Chávez Frías, tiempo no le faltó, sino cojones. También, lógica. No es una minucia emprender una guerra con una República hermana sin haber ganado la que libra en su propio territorio. No es una menudencia tratar de acabar con un mandatario vecino sin tener asegurada la propia supervivencia política. Un pijama rojo pesa sobre el destino de quien los organismos de seguridad de Estados Unidos catalogan como el narco número 84. Todos los que sirvieron a la gran potencia, desde Rafael Leonidas Trujillo hasta Sadam Hussein en su insensata guerra con Irán, han sido luego destruidos por ella.
No son una excepción los incursos en terrorismo masivo de Estado, como el japonés peruano o peruano japonés Fujimori. El Imperio y las oligarquías locales se sirven de ellos para desecharlos cuando devienen inútiles. En 2007, durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española en Cartagena, vi a Uribe tratando de congraciarse con Juan Carlos de Borbón, clamando con mano en el pecho que los neogranadinos siempre fueron “los más fieles súbditos de la Corona”. La supervivencia de Uribe depende de presentarse a toda costa como el más fiel súbdito de Estados Unidos, aunque ello implique la eternización del conflicto interno y la promoción de un todavía más insensato conflicto con toda América Latina y el Caribe.
Pocas veces la carrera de uno exigió tan atroces sacrificios de todos. Esto debe ser evidente para las oligarquías locales colombianas, que probaron los resultados de una suspensión de relaciones comerciales con Venezuela. Para ellas, Uribe es un advenedizo, útil para ejercer el terrorismo de Estado desde el poder y para cargar con las culpas de él concluida su gestión, pero no para eternizarse como supremo árbitro de vidas y fortunas. Ya se sirvieron de él; no están dispuestas a que él se sirva de ellas.
He señalado que por su posición estratégica entre dos mares, su abundante población, su producción agrícola, sus desarrolladas industrias, su activo comercio, Colombia puede ejercer una razonable hegemonía regional sin necesidad de empantanarse en sangrientos conflictos externos, que la enfrentarían con el ALBA, UNASUR, CELAC, MERCOSUR y el BRIC, y brindarían a la insurgencia interna la posibilidad de tomar el poder. De enfrascarse en esta política suicida, lo haría por decisión consensual de sus oligarquías, que saben lo que pueden perder, y no en interés de un político que lo ha perdido todo. Perro que ladra no muerde, sobre todo si no mordió mientras pudo.
¿Y la oposición venezolana, cuyo jefe de campaña Leopoldo López se entrevistó con Uribe en la frontera? ¿Están con él, o con Venezuela? Que se dejen de hipocresías, recomendó Osvaldo Álvarez Paz. Veremos si se atreven.
* Luis Britto García. Caracas, 1940. Narrador, ensayista, dramaturgo, dibujante, explorador submarino, autor de más de 60 títulos. En narrativa destacan Rajatabla (Premio Casa de las Américas 1970) Abrapalabra, (Premio Casa de las Américas 1969) Los fugitivos, Vela de armas, La orgía imaginaria, Pirata, Andanada y Arca. En teatro, La misa del Esclavo (Premio Latinoamericano de Dramaturgia Andrés Bello 1980) El Tirano Aguirre (Premio Municipal de Teatro1975) Venezuela Tuya (Premio de Teatro Juana Sujo en 1971) y La Opera Salsa, con música de Cheo Reyes. Con Me río del mundo obtuvo el Premio de Literatura Humorística Pedro León Zapata. Como ensayista publica La máscara del poder en 1989 y El Imperio contracultural: del Rock a la postmodernidad, en 1990, Elogio del panfleto y de los géneros malditos en el 2000; Investigación de unos medios por encima de toda sospecha (Premio Ezequiel Martínez Estrada 2005), Demonios del Mar: Corsarios y piratas en Venezuela 1528-1727, ganadora del Premio Municipal mención Ensayo 1999. En 2002 recibe el Premio Nacional de Literatura, y en 2010 el Premio Alba Cultural en la mención Letras.


