Una película de mucho nivel, que devuelve inmediatez física y haceafectivamente reconocibles a dos figuras a las que el imaginariopopular ha tendido a convertir en leyenda./Me resulta difícil, casi imposible, disociar la crítica de unapelícula como *Juan y Eva* de mis propias vivencias. Mi infancia laviví en Buenos Aires, en un hogar politizado si no en el sentidotécnico del término, el de la militancia, sí en el de un interésapasionado por lo que ocurría en rededor nuestro. Eran los años de laguerra mundial y del nacimiento de peronismo. El gobierno de facto del’43 y sus figuras me eran familiares. El 17 de octubre lo sentí conuna inmediatez urgente. Vivíamos en Barracas y tuve ocasión de ver yoír a los grupos de obreros que remontaban la avenida Vélez Sarsfieldrumbo al centro de la capital y la Plaza de Mayo, provenientes deValentín Alsina y Avellaneda. Ese día quedó grabado a fuego en mimemoria. A mediodía parecía todo terminado, pero durante la tarde sehizo evidente que la situación se tensaba cada vez más. Y a la nocheescuché al general Farrell por la radio, intentando hacerse oír por elpueblo en la plaza, su fracaso y el discurso de Perón que cerró lajornada en un baño de masas y una epifanía popular nunca vista hastaentonces.De modo que mi aproximación crítica a *Juan y Eva*, la película dePaula de Luque que engrana sobre una idea original de Jorge Coscia, noestá muy en condiciones de establecer la distancia que se supone debetener un trabajo de este tipo. Y sobre todo es difícil separarla deuna exigencia de pertinencia documental que no es la mejor manera deevaluar una obra de arte. Los obreros con gorra, por ejemplo, queaparecen continuamente en *Juan y Eva*, eran típicos de los años ’20 y’30, no de los cuarenta, como se observa incluso en las tomas dearchivo sobre el 17 de octubre que se muestran en la misma película.En los ’40 los obreros andaban por lo general destocados e incluso elsombrero en la clase media estaba retrocediendo. Más allá de estaobservación, sin duda banal y admito que quizá hasta pedante, tampocopude dejar de sentirme incómodo ante el tono docente y un pocoadmonitorio que ostentan algunos personajes secundarios; tono queremite, más que a la época de los orígenes del peronismo, a lacabalgata romántica del militantismo de los ’70, que tan mal terminó.Pero, si se prescinde de estas observaciones, la película de De Luquees una interesantísima y poderosa aproximación a una historiaromántica que se imbricaría profundamente con el devenir argentino deesos años decisivos. En el ir y venir de la vinculación entre Perón yEva Duarte, y en el trazo que se da a los personajes, hay una historiaíntima y una historia tumultuosa y colectiva, cuya dialéctica no esfácil manejar y que la directora resuelve sin embargo con muchaeficacia. Como observa Julio Fernández Baraibar, la película se abre yse cierra con dos terremotos: el telúrico de San Juan, que brindaráocasión del mutuo descubrimiento de los personajes, y el social del 17de octubre, que pondrá a su relación en el umbral de la trascendenciaa un plano superior, histórico.Es notable aunque no sorprendente, que hayan sido dos mujeres, DeLuque y María Luisa Bemberg, las primeras en combinar en el cine lasignificación social de esa fecha y su llegada a un universoparticular y afectivo, articulando los dos ámbitos en un tramadonarrativo coherente. Para mi gusto, *Miss Mary*, de Bemberg, es lamejor por su categoría poética y en lo referido a la ilación que vaproduciéndose entre lo íntimo y lo social; pero también es natural queasí lo sea pues es un filme en cierta medida autobiográfico y centradoen peripecias personales en el seno de un mundo muy protegido. Esasperipecias, en consecuencia, son impactadas por lo que sucede en elmundo exterior de una manera más bien asordinada. Es inevitable, encambio, que ese universo en convulsión invada la vida íntima de Juan yEva, pues estos son o serán protagonistas directos del dramacolectivo.Contar y combinar personajes y datos que se mueven por este doblecarril supone un requerimiento muy exigente para las cualidadesnarrativas de cualquier autor. Paula de Luque resuelve esta obligacióncon gran eficacia. El guión, el montaje, la fotografía y lacombinación del color con el blanco y negro de las imágenes de archivo-genuinas o reconstruidas- están logrados con total solvencia.Es sin embargo en el trabajo actoral y en el diseño de los caracteresdonde el filme brilla con mayor intensidad y donde el riesgo de caeren la hagiografía apologética es soslayado de manera impecable y hastaimplacable. En la definición de los perfiles de Juan y Eva hubierasido fácil caer en la tentación del panfleto partidista o sumirse enel melodrama, edulcorar a los personajes o convertirlos en losindividuos de una pieza como después los dibujó la leyenda. Por elcontrario, De Luque los enseña con una rigurosidad psicológica pocopropensa a la sensiblería y no disimula aspectos de su personalidadque, desde una mirada convencional o incluso no tanto, podríanevaluarse de una manera negativa. Esos rasgos no distorsionan elperfil de los personajes porque están aprehendidos desde unacomprensión simpática, capaz de concebir a ambos con una miradaabarcadora, asumiendo sus defectos junto a sus virtudes ybalanceándolas en una totalidad humana.Eva no es aquí una tierna niña como la encarnó Flavia Palmiero en unapelícula de Eduardo Mignogna, veintitantos años atrás. Es una jovenvivida (aunque de apenas 25 años), con metas precisas, grandesambiciones y de una decisión a toda prueba. Es con esta que se llevapuesto al coronel Perón, secretario de Trabajo y hombre fuerte delrégimen militar salido del golpe del 4 de junio de 1943. Este, a suvez, nos es presentado de manera simpática, pero sin disimular ciertosrepliegues de su conducta (su propensión por el fruto verde en materiade jovencitas), que bien podrían haber configurado el delito deestupro. Ambos personajes se descubren y se hacen crecer mutuamente enel plano sexual y afectivo. La gazmoñería vigente en el ámbito militardetermina que muchos de sus camaradas le reprochen esa unión“desigual” convirtiéndose en uno de los pretextos para sustentar elgolpe interno de los primeros días de octubre de 1945. Este eraexpresión, en realidad, no de la disconformidad con la vinculación dePerón con una figura del espectáculo, sino de intereses adversos a lasmedidas tomadas por este en materia gremial y de política exterior,que subrayaban un espíritu de justicia social e independencianacional, a la vez que le permitían construir un poder sustentado porbases que iban en contra de los intereses del sistema oligárquico ydel esquema del cipayismo dependiente.Cuando adviene el 17 de octubre, la película elude la fácil tentaciónde otorgarle a Eva un papel que no tuvo en el rescate de Perón. Peroenfatiza con mucho acierto la desesperación con que esta se lanza abuscarlo por los despachos oficiales, sus arrebatos de ira impotente yel estallido emocional cuando lo reencuentra. La estupenda actuaciónde Julieta Díaz toca aquí su punto más alto y la aleja por completo dela tentación de cierto feminismo al uso que quisiera ver en la figurade Eva Perón un adalid en la guerra de los sexos. Por el contrario, lamuestra indisolublemente unida a la figura de su contrapartemasculina. Con esto también traza una raya respecto de la oblicuaforma de minusvalorar a Perón contraponiéndolo a la figura de Evita,cosa más frecuente de lo que se cree. Un rasgo de este tipo lo tuvopor ejemplo la inefable Dra. Carrió cuando dijo que ella era radicalde Alem y peronista de Evita, deshaciéndose así con un encogimiento dehombros nada menos que de Yrigoyen y de Perón, los constructores deesos movimientos… Bueno, la Dra. Carrió es coherente consigo misma:políticamente nunca ha sido capaz de construir nada.La interpretación de Perón por Osmar Núñez es también de primer nivel.Aunque más viejo y menos pintón que el original en los años de susurgimiento, Núñez trasvasa el discurso y las ideas del Perón del 45 aun molde actoral patrocinado por él mismo y dotado de flexibilidad ymatices que conjugan la astucia, la firmeza, el realismo y el amor porla joven mujer que lo ha elegido tanto como él la ha escogido a ella.La responsabilidad de la directora en la marcación de sus actores espor supuesto innegable, y a ella va parte del mérito de la laboractoral. Pero para templar la cuerda de un instrumento y arrancarlelos acordes necesarios, es indispensable que este sea de muy buenamadera. Y Julieta Díaz y Osmar Núñez van a pervivir por este par deretratos que abren -espero- una apasionante bien que difícil veta parael cine argentino.
Juan y Eva
Por Enrique Lacolla


