Alberto “Pepe” Robles, Instituto del Mundo del Trabajo
En ese lapso se han producido sustanciales transformaciones económicas y socio-laborales, no solo en Argentina, sino en la mayor parte de Sudamérica, a partir de un notable cambio político que tuvo como común denominador el establecimiento de novedosas políticas económicas no-neoliberales, en el marco de un proceso de integración regional y subregional que rechazó el ALCA (libre comercio) en 2005. En ese mismo lapso, fue tomando cuerpo un sindicalismo opositor, que emergió en 2008 con la CGT Azul y Blanca de Barrionuevo, se amplió en 2010 con la CTA de Micheli, y ganó capacidad operativa en 2012, con la CGT de Moyano, hasta que las tres centrales opositoras confluyeron en la huelga general del 20 de noviembre de 2012.La presencia de un sindicalismo opositor al modelo kirchnerista, indica que un sector de los trabajadores formales se siente sustancialmente afectado por las transformaciones radicales que está sufriendo el sistema de estratificación social tradicional latinoamericano, Argentina incluida, a partir de los nuevos modelos no neoliberales instalados en Sudamérica. Está surgiendo una gran nueva clase media-trabajadora formal, creada a partir de la inclusión de los sectores tradicionalmente excluidos, mayoritariamente formada por jóvenes. Estos nuevos sectores llegan con nuevas ideas, nuevas percepciones y sobre todo nuevas prioridades, a partir de una vivencia concreta de la exclusión.La instalación de gobiernos democráticos con políticas no-neoliberales y la profunda transformación del sistema de estratificación social latinoamericano, implica un gran desafío para el sindicalismo de la región, en especial el del Mercosur. El sindicalismo argentino tiene la particularidad de haberse organizado desde 1955 alrededor de una cultura de resistencia siguiendo el lema de “golpear y negociar”. Con esa forma de acción y esa cultura, el sindicalismo resistió la proscripción del peronismo primero (1955-1973), y luego, la última dictadura militar (1976-1983) y el neoliberalismo (1975-2001).Pero los tiempos han cambiado notablemente: la democracia se ha impuesto en la región y el neoliberalismo se encuentra en una crisis terminal. Hoy, un sindicalismo defensivo, organizado como grupo de presión sectorial, no podrá ser protagonista del nuevo modelo de inclusión y representar a los nuevos trabajadores formales, generados a partir del éxito de las políticas de lucha contra la exclusión. Hoy resistir no es suficiente.Esa tensión puede llevar a que una parte de los sindicatos y del sector de trabajadores formales tradicionales, no pueda asumir su rol protagónico como agente del nuevo modelo de inclusión. Esto es lo que ha pasado con las tres centrales opositoras y la huelga general del 20 de noviembre. El resultado es que una parte del movimiento obrero ha adoptado una posición de resistencia contra el modelo de inclusión, tal como se presenta en Argentina, debilitando la presencia protagónica del movimiento obrero como una sola voz y disminuyendo el componente laboral del modelo.El nuevo modelo sudamericano es mucho más que un gobierno. Implica una transformación histórica de nuestros países, una nueva convivencia entre los sectores sociales que lo integran, resolviendo exclusiones y desigualdades que vienen desde la colonia, y una nueva Sudamérica integrada y protagonista del orden global como bloque autónomo. Estos cambios están sucediendo a ojos vista y en una magnitud descomunal.Pero el nuevo modelo sudamericano es inaceptable para poderosos grupos ligados al modelo neoliberal, porque es incompatible con el modelo neoliberal. La reducción de la democracia en Europa ligada a la criminal política de austeridad, los golpes en Honduras y Paraguay y varios intentos de desestabilización, y la política de recuperación militar de América Latina propuesta por el candidato republicano Mitt Romney, sostenido por los fondos buitres, indican que los sectores que intentan preservar el neoliberalismo, están activos y se preparan para una Restauración Neoliberal.Si bien el modelo de inclusión sudamericano ha producido en una sola década cambios sociales impensables apenas una década atrás, aún es débil y la mayor parte de la población aún sigue excluida: un 70% en América Latina y un 50% en Argentina. A este paso el proceso total de inclusión podría llevar dos décadas más, como mínimo. Que una parte del movimiento obrero decida oponerse al modelo, pone en riesgo la supervivencia misma del modelo y del proceso histórico que vive Sudamérica. Es jugar con fuego.
Huelga general y piquetes
La huelga general del 20 de noviembre de 2012, fue convocada por las tres centrales opositoras (las CGTs de Moyano y Barrionuevo y la CTA Michelli) y tuvo como reclamo de cabecera la eliminación del impuesto a las ganancias que pagan los trabajadores formales que integran el 25% superior de la pirámide salarial.1
Pero no solo el reclamo principal hace de esta huelga general una huelga atípica. En primer lugar se trata de la primera huelga general de la historia argentina que la adhesión de amplios sectores de la derecha, incluidas organizaciones patronales de ideología ultra conservadora, como la Sociedad Rural Argentina. En segundo lugar, es inédita, por ser también la primera huelga general que utiliza los piquetes para bloquear rutas, accesos urbanos y encrucijadas estratégicas, con el fin de impedir el transporte y la circulación. Esto último hizo imposible medir objetivamente el grado real de adhesión de los sindicatos a la huelga. Lo cierto es que los centros urbanos donde se realizan las tareas administrativas se vieron despoblados, pero la actividad fabril no sufrió ninguna disminución.2Finalmente, la huelga también contó con el inédito apoyo de los principales grupos mediáticos como el Grupo Clarín y el diario La Nación, relacionándolo así con la confrontación que el Grupo Clarín lleva adelante para impedir que la nueva ley de medios de comunicación empiece a regir efectivamente a partir del próximo 7 de diciembre.
Los sindicatos principales que sostuvieron la huelga fueron los camioneros, los petroleros, los bancarios, los gastronómicos-hoteleros y algunos de los sindicatos de trabajadores estatales (entre ellos ATE). Por su parte la CGT-Caló y la CTA-Yasky, no adhirieron a la huelga general. Entre los principales sindicatos pertenecientes a estas centrales que no apoyaron la huelga, se encuentran los metalúrgicos, mecánicos, construcción, estatales (UPCN), comercio, alimentación, electricidad, transporte urbano, ferroviarios, sanidad, todos ellos pertenecientes a la CGT-Caló, así como la confederación de maestros (CTERA) de la CTA-Yasky.
No se trata de la primera huelga general contra el gobierno kirchnerista, sino de la segunda, porque la CTA-Michelli ya había declarado una huelga general el pasado 8 de junio,3 pero el dato central es la unidad de acción alcanzada por las tres centrales opositoras (CGT-Barrionuevo, CGT-Moyano y CTA-Michelli), que logra formar un polo sindical opositor de confrontación dura.
La huelga general mostró también un fenómeno incipiente y preocupante: la fractura al interior de los sindicatos de todas las centrales. Varios sectores internos de los sindicatos, decidieron desobedecer a sus respectivas conducciones, adhiriendo o no adhiriendo al paro, lo que demuestra que tanto la corriente sindical que se opone al modelo, como la corriente sindical que apoya el modelo, tienen sectores que adhieren en los sindicatos de las otras centrales.
Una huelga contra Cristina
El destinatario prácticamente único de la huelga general ha sido el gobierno de Cristina Kirchner. Los líderes de la huelga han sido muy contundentes en este aspecto, utilizando un lenguaje muy duro dirigido directamente contra la Presidenta, que demuestra no tener la intención de abrir ninguna instancia de diálogo, sino más bien de profundizar la confrontación. Varias de las figuras del sindicalismo opositor se refirieron una y otra vez a la preparación de una nueva huelga general con bloqueo de accesos urbanos, esta vez durante 36 horas.
En este sentido la huelga también tiene elementos inéditos. No hubo consignas contra el Fondo Monetario Internacional, el neoliberalismo, la deuda externa, o los grupos financieros internacionales y empresas multinacionales, que eran habituales en los paros generales anteriores y que tradicionalmente el sindicalismo argentino ha considerado como responsables de la situación negativa de los trabajadores.
Por su parte, Cristina acaba de ser reelegida un año atrás como presidenta, con un 55% de apoyo de la población, especialmente de los sectores excluidos por el modelo neoliberal, y de los jóvenes. Ese apoyo, a su vez, ha ido aumentando durante la década, pasando del 22% en 2003, al 45% en 2007 y aumentando al 55% en 2011.
Es decir, la huelga general debe necesariamente verse como un enfrentamiento político, entre las tres centrales opositoras y el gobierno kirchnerista. A su vez, este enfrentamiento, no puede aislarse de la dura confrontación que el gobierno viene manteniendo desde 2008, con grupos económicos y políticos que carecen de una homogeneidad política y que en términos muy generales se autodefinen como “La Oposición”. Esa confrontación incluye el largo paro de los empresarios del campo en 2008, que duró 100 días (también sobre la base de un reclamo impositivo), las elecciones parlamentarias que perdió el kirchnerismo en 2009 y que le dieron el control del Parlamento a La Oposición organizada como Grupo A, el duro conflicto por la ley de medios que logró finalmente derogar la que provenía de la dictadura, iniciado en 2009, con diversos grupos económicos entre los que sobresale el Grupo Clarín, y una serie de manifestaciones opositoras inorgánicas organizadas desde Internet que se presentan como apolíticas y que generaron las grandes movilizaciones del 13S y el 8N.
En síntesis, el paro implica la instalación dentro del heterogéneo y desorganizado sector de “La Oposición” de un polo sindical, generado a partir de la unidad de acción de las tres centrales opositoras.
¿Qué está pasando?
Sudamérica entera, no solo Argentina, está viviendo una década de profundas transformaciones sociales. La rígida y desigual estratificación social que ha caracterizado a América Latina por décadas, con fuertes componentes étnicos y discriminatorios que tienen sus raíces en la colonia, se está disolviendo de la mano de procesos políticos y económicos que, por su amplitud continental, no tienen antecedentes desde los tiempos de la independencia, dos siglos atrás. Esto está relacionado con fenómenos de enorme trascendencia, como la generalización de la democracia en una región que fuera azotada por dictaduras militares, la menor dependencia de Estados Unidos y Europa, el desendeudamiento de los centros financieros, el aumento notable de de los productos que históricamente exportaba Sudamérica a precios irrisorios, la duplicación del PBI sudamericano en una década, los procesos de integración subregional y regional como el Mercosur, la Comunidad Andina y la Unasur, la derrota del ALCA y de las políticas neoliberales, la reducción de la desigualdad social, el desempleo y la informalidad, etc.
Luego de una década de cambios sostenidos, la composición social de Sudamérica ha comenzado a mostrar transformaciones estructurales. Eso es lo que marca un fenómeno al que cada vez se le presta más atención: las nuevas clases medias latinoamericanas.
De las implicancias económicas y sociales de las nuevas clase medias latinoamericanas se viene hablando desde hace algunos años, pero un reciente informe del Banco Mundial ha puesto el proceso en el primer plano. De lo que casi no se ha hablado es de las implicancias políticas y sindicales de este crecimiento en cantidad y de la transformación en calidad de las clases medias y de trabajadores formales latinoamericanas.
El Banco Mundial, con datos que llegan hasta 2009 (que se han ampliado desde entonces), informa que en la última década la clase media latinoamericana aumentó un 50%, pasando de 100 millones a 150 millones de personas, equivalentes a una cuarta parte de la población total.4
Para Argentina, el proceso de aumento de la clase media es el más acentuado del continente, duplicando la clase media en esta década. Argentina, que venía sufriendo un proceso de destrucción de su clase media desde la década del ‘70, aumentó de 9,3 millones en 2003, a 18,6 millones en 2009, casi la mitad de la población total. Para 2012, se estima que este sector de la clase media argentina ya supera los 21 millones de personas. Es decir en Argentina la clase media aumentó el doble que el promedio continental y es el doble de grande que en el resto de América Latina.
Es cierto que el Banco Mundial utiliza una definición de “clase media” por el ingreso, que comienza en un nivel mucho más bajo al que suele autopercibirse en América Latina y Argentina en particular.5 Por lo tanto para el Banco Mundial hay mas integrantes de la clase media de lo que en América Latina se suele considerar de “clase media”. Las razones de esta autopercepción son complejas, pero no ajenas a las características específicas de las tradicionales clases medias latinoamericanas, en modelos de extrema desigualdad y exclusión social.
Pero más allá de la denominación, el dato duro es que la estratificación social en América Latina está cambiando rápida y radicalmente, en cantidad y forma. Decenas de millones de personas que se encontraban excluidas de los mercados de trabajo y de consumo, están ascendiendo socialmente y transformando de raíz la antigua estratificación social latinoamericana, de raíz colonial, altamente desigual, con enormes porcentajes de excluidos y fuertes mecanismos discriminatorios de tipo étnico.
La nueva clase media-trabajadora
Por eso aquí no hay solo una cuestión de cantidad, sino además, de calidad. Este ingreso masivo de los que siempre estuvieron excluidos no es un acontecimiento inerte. Genera fuertes tensiones sociales, culturales, laborales y políticas, principalmente en los tradicionales sectores de la clase media latinoamericana clásica y entre los trabajadores asalariados formales. Es que se trata de una nueva clase media y de una nueva clase trabajadora formal, que en la mayoría de los casos están constituyéndose en ambas cosas, una nueva clase media-trabajadora.
Esta nueva clase media-trabajadora está apoyada en una nueva lógica económica, en nuevos valores sociales y en nuevas dinámicas políticas.Como lo señala el propio informe del Banco Mundial, las tradicionales clases medias y altas latinoamericanas tienen una relación débil con el Estado, a partir de un esquema de pagar pocos impuestos y recibir pocos servicios públicos de escasa calidad. Eso la ha llevado tradicionalmente a oponerse al crecimiento del Estado y a recurrir a los servicios privados. Todo este tradicional esquema social latinoamericano, a su vez estaba apoyado en un sistema de exclusión de amplios sectores populares, muy influido por mecanismos étnicos de raíz colonial, que hizo de América Latina la región más desigual del mundo. En sentido metafórico podría decirse que la tradicional clase media argentina y latinoamericana, se parece mucho a la pequeña nobleza, con puntos de contacto con la antigua hidalgía española o los sectores criollos de la colonia, que definían su identidad a partir de la exclusión de los indígenas, los mestizos, los zambos y demás grupos de excluidos denominados “castas”.
La nueva clase media-trabajadora latinoamericana es completamente diferente de la tradicional clase media latinoamericana. Mientras que la tradicional clase media latinoamericana estaba definida en el marco de un sistema de fuerte exclusión, la nueva clase media-trabajadora surge a partir de los nuevos modelos de inclusión sudamericanos. Mientras que las clase medias tradicionales desconfían tradicionalmente del Estado, las nuevas clases medias-trabajadoras surgen de un proceso de fuerte protagonismo y crecimiento del Estado y los servicios públicos. Mientras que las tradicionales clases medias latinoamericanas mantienen una relación muy conflictiva con los amplísimos sectores de excluidos, con fuertes manifestaciones de racismo y sospecha (de la que son víctimas principalmente los jóvenes), las nuevas clases medias-trabajadoras son los excluidos mismos en proceso de constante inclusión.Por eso también el proceso de creación de esta nueva clase media-trabajadora está fuertemente asociada a luchas antidiscriminatorias, como la igualdad entre los géneros y las reivindicaciones de las mujeres, los derechos de las personas gays, la reivindicación de los pueblos originarios, la identidad de género, el mayor protagonismo de los niños y jóvenes, la libertad de circulación y la igualdad de trato para los migrantes, etc.
Pero además, como se ha dicho, las nuevas clases medias latinoamericana, tienen una relación mucho mayor con el trabajo asalariado formal. Son sectores, mayoritariamente jóvenes, que poseen un empleo registrado, quizás por primera vez, integrándose al sistema de salud de las obras sociales sindicales y a la perspectiva de la jubilación. Toda una nueva cultura del trabajo y la inclusión se está formando ahí. Es el germen de lo que Godio llamaba sociedad de trabajo. Su impacto cuantitativo, cualitativo y generacional ya se nota en los sindicatos.
Por el contrario, en las clases medias latinoamericanas tradicionales era muy alto el peso de los profesionales independientes, comerciantes y pequeños empresarios. Su clásico lema era “mi hijo el dotor”, en una época en la que los trabajadores asalariados recién comenzaban su proceso de alfabetización.En realidad hay un proceso que tiende a incluir a toda la población. Un capitalismo de masas, similar en cierto sentido al capitalismo europeo-norteamericano del llamado “primer mundo”, pero con la diferencia no menor de que no se apoya ni puede apoyarse en la exclusión y el saqueo de ningún otro mundo.Entonces lo que estamos viviendo es un cambio cuantitativo y cualitativo de todo el sistema de estratificación latinoamericano y argentino en particular. Cuando se dice “clase media” o “clase trabajadora”, no se tiene en cuenta que no se está diciendo lo mismo, porque aquellas tradicionales clases medias y trabajadoras y estas nuevas, no son iguales, porque se asientan en modelos de sociedad radicalmente diferentes.
Un interesante fenómeno musical argentino, expresa bastante bien la dinámica que está adoptando esta transformación del sistema de estratificación social latinoamericano. Durante la crisis de 2001, apareció con fuerza un género musical juvenil popular denominado “cumbia villera”. El género expresaba la voz de los excluidos, de los marginados, de “los negros”, y solía reivindicar la delincuencia como modo de ganarse la vida. El grupo emblemático de aquel movimiento fue Los Pibes Chorros. Una década después, aparece con fuerza otro movimiento musical juvenil popular, apoyado en la fusión de la cumbia de los ‘90 con el reguetón actual. El grupo emblemático de este movimiento es Los Wachiturros, palabra que ha pasado a simbolizar en amplios sectores medios, todo lo que amplios sectores de la clase media tradicional detestan de las transformaciones sociales en marcha.
Los Wachiturros, de Isidro Casanova (La Matanza), ya no son los excluidos sobre los que cantaban Los Pibes Chorros. Los Wachiturros expresan a los adolescentes de estas nueva clase media-trabajadora, integradas por personas que ayer nomás estaban excluidas. Sus temas no están relacionados la reivindicación de la delincuencia, como forma de ganarse la vida, sino con la diversión y el tiempo de esparcimiento, típico de trabajadores que han comenzado a tener empleos registrados.
Dos sectores de una clase obrera en proceso de renovación y heterogénea
Estas enormes transformaciones sociales son las que están en la base de la huelga general del 20 de noviembre. Vivimos un gigantesco proceso de cambio de status del que nadie está excluido. De cambio de relación entre los diferentes sectores sociales. Sectores, ámbitos, costumbres, actividades, que antes eran “exclusivas”, ahora son “inclusivas”. Millones de excluidos, salen de la exclusión, para dejar de serlo, para convertirse en trabajadores de clase media, con nuevas costumbres, nuevos gustos, nuevas formas de hablar, nuevas músicas, nuevos valores… Y lo que es más decisivo, una nueva dinámica político-económica que genera y renueva constantemente el proceso de inclusión.
¿Cómo reaccionan ante estos cambios las personas que ya estaban incluidas? Bueno, esta es la clave de la situación de conflicto. La reacción es compleja. Algunos reaccionan favorablemente, porque ponen el foco en los beneficios generales de la inclusión masiva. Pero otros reaccionan desfavorablemente, porque ponen el foco en la pérdida de su status (en sentido sociológico), es decir de las ventajas impositivas, laborales, educativas, culturales, étnicas, con las que contaban.
Desde este enfoque se puede entender cómo un sector importante del movimiento obrero pudo llegar a una huelga general llevando en primer lugar un reclamo que no se relaciona con la mayoría de los trabajadores formales, y mucho menos con los trabajadores informales y los excluidos, como es el no pago del impuesto a las ganancias por parte de los trabajadores que integran el 25% superior de la pirámide salarial.
En realidad no es la primera vez que pasa. A fines de 1945, las corrientes sindicales socialistas y comunistas convocaron a oponerse al aguinaldo, como parte de la campaña política contra Perón, mientras que los sindicatos peronistas acordaban con el sector empresario su pago en dos cuotas. En ese momento se produjo una situación social con muchos parecidos a la que hoy se está produciendo en toda Sudamérica. Un sector del movimiento obrero, que era mayoritario hasta ese momento, no pudo comprender la magnitud ni las implicancias sociopolíticas de los cambios que se estaban produciendo en la Argentina. Incluso lo minimizaron con términos despectivos y racistas, sosteniendo que los nuevos sectores de trabajadores eran lúmpenes y “cabecitas negras”. El resultado fue que el nuevo movimiento sindical peronista se consolidó como ampliamente mayoritario de allí en adelante.
Es que el movimiento obrero también se ve interpelado por el proceso de inclusión de millones de excluidos. Porque implica establecer los términos en que se va a dar en adelante la relación con ese enorme sector que estaba afuera de los sindicatos, pero que a medida que van siendo incluidos como trabajadores formales, quedan en posibilidad de sumarse a los sindicatos (y de hecho lo hacen). E implica también establecer nuevas prioridades sociales, nuevos criterios sobre la urgencia de la lucha contra la pobreza y la exclusión, que no siempre significan poner en primer lugar las reclamaciones de los trabajadores asalariados formales, y muy especialmente los que cobran los salarios más altos.
Si bien los datos del Banco Mundial dan cuenta de que hace una década está en marcha un enorme proceso social de signo muy positivo, con Argentina como el país latinoamericano que ha logrado incluir en la nueva clase media-trabajadora al mayor porcentaje de su población (50%), la lectura que resulta indispensable hacer es que aún queda la mitad de la población excluida, sumando a los pobres y a los sectores vulnerables fronterizos.
Esto es, resulta indispensable tomar plena conciencia de lo que significa que la mitad de la población argentina gane menos de 1500 pesos mensuales. Esta es la prioridad absoluta del modelo de inclusión. Todos los recursos del Estado deben estar dirigidos a sacar en el menor plazo posible a esos 20 millones de argentinos que aún no han alcanzado a entrar a la nueva clase media-trabajadora. No se trata de una tarea simple, ni automática. Podría llevar dos décadas, de continuar el proceso a la velocidad que ha tenido en la última década.
Estos son los sectores que los opositores denominan “los vagos” y ante los cuales reclaman airadamente a Cristina que el Estado deje de destinar “su plata” para paliar la exclusión y la pobreza.
Pero la existencia de una enorme parte de la población con ingresos menores a $1500, implica no solo destinar recursos del Estado para atenuar o compensar la pobreza y la exclusión, sino también destinar ingentes recursos para realizar inversiones productivas de alto valor agregado, que permitan crear más de 10 millones de puestos de trabajo registrados adicionales en las próximas dos décadas, además de las que reclamará el crecimiento vegetativo de la población, para terminar con la exclusión.
Esta evolución de Argentina y los demás países de Sudamérica, hacia la conformación de un bloque capitalista autónomo, requiere también de un modelo y un Estado que rechace las políticas neoliberales y ponga en el centro la creación incesante de nuevos empleos formales decentes. Si algo han enseñado los ‘90, es que sin ese modelo, el sindicalismo y la vigencia real de los derechos de los trabajadores son inviables.
Esta visión de las prioridades sociales de los trabajadores es la que produce las fracturas que pueden verse en algunos sectores del movimiento obrero argentino. En un caso, esos sectores se ven a si mismos como grupo cerrado, que debe luchar prioritariamente por mejorar a los integrantes de ese grupo, sin importar el modelo ni el gobierno que está en la conducción del Estado. En el otro caso, la clase obrera se ve a sí misma como un grupo abierto y en formación, que se encuentra en un proceso de enorme ampliación, a partir de la inclusión de los excluidos, en proceso de conformarse como una nueva clase media-trabajadora, en un modelo socio-económico basado en la inclusión y el crecimiento. Son visiones diferentes de lo que debe ser la clase trabajadora.
Algunas reflexiones en voz alta sobre el impuesto a las ganancias
Si bien las centrales sindicales opositoras han dado a conocer diversas reivindicaciones, la huelga general del 20 de noviembre, ha sido masivamente asociada en primer lugar al reclamo de aumento del mínimo no imponible para el impuesto a las ganancias de la cuarta categoría (trabajadores asalariados registrados).
El reclamo es compartido de manera casi unánime por todas las centrales sindicales, tanto opositoras al modelo como defensoras del modelo.Sin embargo no parece haber habido un debate ni una reflexión profunda sobre las implicancias de la medida. Un debate profundo del tema, vinculado con la necesidad de un Estado que cuente con financiamiento sólido, debería tener en cuenta al menos algunas de las siguientes preguntas:
– ¿Si un trabajador que gana unos $10.000, paga $1.000 por ganancias y $2.000 por IVA, por qué exigir la reducción de ganancias y no del IVA?- ¿Si el Impuesto a las Ganancias es el más igualitario, reducir el impacto del Impuesto a las Ganancias no es aumentar la desigualdad?- ¿Por qué no examinar la situación de países equivalentes a la Argentina, como Uruguay, Chile y Brasil? – ¿No resulta más urgente reducir el pago de impuestos para los trabajadores informales, desocupados y pobres, compensándolo con un aumento de los impuestos que pagan los sectores que no son pobres, con un aumento progresivo en relación al ingreso de cada uno?
Conclusión
Argentina (y toda Sudamérica) se está transformando profundamente y rápidamente desde hace una década. Las viejas formas de la extremadamente desigual estratificación social latinoamericana, están sufriendo una profunda e histórica transformación. Argentina (y toda Sudamérica) vive la hora de los excluidos. Estos cambios cruzan a todos los estratos sociales y obligan a todos los estratos sociales a tomar posición frente al proceso de transformación.El movimiento obrero argentino se encuentra ante la disyuntiva de un nuevo modelo inclusivo, de proyección sudamericana, que está cambiando la conformación de la propia clase obrera y la ubicación de Sudamérica. Se trata entender la magnitud del momento y su carácter fundacional. Una nueva Sudamérica inclusiva está emergiendo. Esta nueva Sudamérica necesita un movimiento obrero comprometido con el modelo y el proceso de inclusión, que está creando una nueva clase trabajadora. Para eso se requiere una nueva cultura sindical protagónica, que le permita representar cabalmente a la nueva clase trabajadora, producto del proceso de inclusión masivo, como agente central del modelo. Resistir ya no es suficiente.
Notas
1El monto del salario mensual desde el cual los trabajadores asalariados (4ta categoría) pagan el Impuesto a las Ganancias es de $5.782 para los trabajadores solteros y de $8.000 para los trabajadores casados.2El consumo eléctrico durante la huelga fue de 18.337 mw a las 15 horas, mientras que el día anterior a la misma hora había sido de 17.102 mw. La industria es responsable del 30-40% de ese consumo, de modo que la actividad industrial no se vio afectada por la huelga.3 La CTA-Yasky también realizó una huelga general el 9 de abril de 2007 en repudio del asesinato del maestro Carlos Fuentealba, en Neuquén. 4Ferreira, Franciso y otros (2012). Economic Mobility and the Rise of the Latin American Middle Class (Movilidad económica y el aumento de la clase media latinoamericana), Banco Mundial.5 El Banco Mundial denomina “clase media” a la población que gana entre US$10 y US$50 por día, es decir entre $ 1.350 y $ 5.000 por mes (dólar a $4,5). En Argentina y muchos países de América Latina, la percepción general es que el nivel inferior de la clase media es bastante más alto que $ 1.350. Por lo tanto lo que se considera habitualmente “clase media” en Argentina, es un sector bastante menor al que se refiere el Banco Mundial, de ingreso más alto. Paradójicamente, la percepción general es que este sector de clase media más alta que la que define el Banco Mundial, es mucho mayor de lo que realmente es. Por otra parte el salario promedio en Argentina, a comienzos de 2012 era de $ 3.091 (es decir que si todos los asalariados cobraran igual, cada uno cobraría $ 3.091). El salario gerencial promedio a comienzos de 2012 era de $ 20.000. Fuente: Massa, Fernando, “El sueldo, el último tabú argentino”, La Nación, 12 de febrero de 2012.


