Lo que parecía ser una misión diplomática y comercial se transformó no solo en el inicio de un introito mercantil sino en un ariete ideológico –en el sentido más amplio de la ideología, para sentar pautas de acción futura frente al hegemonismo mundial y las centrales financieras. El discurso de Cristina presentó clara anatomía premonitoria, como remarcando el final y el principio de dos eras políticas, puntualizando las coincidencias histórico sociales de Latinoamérica y África, planteando lazos y paralelismos, no exentos de referencias pragmáticas.
Si el propósito fue trascender el título del viaje a una atenta consideración de las mesas chicas del poder político y económico mundial, es muy probable que lo haya logrado cargándose al hombro como estadista las advertencias que desde podios académicos en intelectuales lanzan Krugman, Stiglitz y Chomsky entre otros. No sería de extrañar que a partir de su discurso angoleño las computadoras de las inteligencias centrales levanten el puntaje de “peligrosidad” de la mandataria argentina, más allá de lo que reflejó a nivel especulativo su reciente reunión a solas con Barak Obama.
No debe dejar de concatenarse las especies de Cristina con la simultánea declaración del UNASUR respecto al derecho de los países a tomar medidas de Estado en lo que hace al ejercicio pleno de sus soberanías, en clara referencia a la actitud del gobierno español frente al accionar que culminó con el desplazamiento de la anglo hispana Repsol del paisaje petrolero argentino.
El litigio por las Malvinas, por su parte, también abona una fluida relación con los países africanos, sobre todo los gobernados por quienes representan los legítimos intereses nacionales y continentales. Los otros, autocracias o fachadas democráticas serviles y cipayas, pueden dar lugar a esperas previsibles respecto a los nuevos emblocamientos que los analistas perciben y que transforman, una vez más, la realidad del mundo.
INEXISTENCIA O FALTA DE VISION O TEMOR
Si algo caracterizó a la Argentina –y a Latinoamérica en general salvo Brasil- en todo el transcurso de la historia, fue su sentido de ajenidad con respecto a las relaciones con los países del África negra. La excepción se dio en las primeras gestiones de Juan Domingo Perón cuando se designó embajador con asiento en Liberia al médico Hipólito Barreiro, quien paralelamente a su misión diplomática desarrolló una meritoria labor de organización sanitaria con respaldo del gobierno argentino.
Si bien hubieron acuerdos económicos y contactos a través de la Organización de Países No Alineados diluida tras la caída del muro de Berlín y la “globalización” noventista, el nudo del lazo era muy flojo.
Angola, retaceado, distorsionado, mentido por la prensa hegemónica opositora, es la punta de lanza de una hasta ahora inédita política de inserción en naciones que comenzaron a surgir como tales en la década del 60 en su mayoría. Figuras fundacionales como Patrice Lumumba, Jomo Kenyata Kwame Knumah, Leopold Senghor fueron precursores de la liberación de un infamante colonialismo europeo que expolió durante siglos el continente arrasando con civilizaciones y culturas y reduciendo a poblaciones enteras a condiciones infrahumanas que fluctuaron desde la esclavitud a la matanza indiscriminada. No escatimó Cristina puntualizar que el principal proveedor del mercado de esclavos del Brasil y el Río de la Plata fueron de Angola y Mozambique, a la sazón colonias portuguesas y cotos de caza de mercancía humana.
África, desde las estadísticas, es hoy el continente más crítico del planisferio a causa de hambrunas, analfabetismo, mortandad infantil y prematura por patologías varias y violencia étnica y política, estas últimas generalmente inducidas por las ex potencias coloniales como factor de impedimento de una conciencia nacional que les impida proseguir con la exacción de petróleo y minerales preciosos y críticos, a través de multinacionales empresarias. Estas, maestras en el arte de intrigar, fundan sus privilegios en mantener del modo que sea el estado de cosas.
Los tres últimos grandes independentistas, Nelson Mandela de Sudáfrica, Zamora Machel de Mozambique y Agostinho Neto de Angola protagonizaron epopeyas fundamentales, el primo como adalid antirracista y los otros como luchadores contra el neocolonialismo con ayuda importantísima de la Cuba de Fidel Castro, incluida la participación del legendario argentino Ernesto Guevara.
En el imaginario del común hasta la profusa divulgación de su drama, los países africanos, con fronteras arbitrariamente divididas a partir de la repartija colonial sin tomar en cuenta culturas y etnias, constituían algo así como un precioso y gigantesco zoológico afeado por subhumanos que se mataban entre sí, imagen alimentada por los colonialistas “civilizadores” desde su prensa y sus guiones cinematográficos.
Una nueva relación política y económica puede contener gratos e inesperados resultados. A pesar de las crisis humanitarias, Angola en particular y África en general poseen riquezas inconmensurables que solo benefician a las megaempresas europeas y norteamericanas más la reciente penetración del coloso chino. Argentina puede ser, a partir de aportes tecnológicos, un socio interesante, y no solo económico,
Si se superan miopías y prejuicios y se abalizan proyectivamente las palabras de la presidente argentina aunque no agrade su personalidad y no se esté de acuerdo con sus ideas, nadie puede dudar de reconocer que propone una nueva ecuación política que puede ser importante, sobre todo si se evalúa correctamente el rosario de fracasos anteriores.


