Detengámonos en esta palabra, Sociedad (del societas) es un concepto polisémico, de diversos significados, que designa a un tipo particular de de que se produce tanto entre los humanos ( -o sociedades humanas, en plural-) como entre algunos animales. Aquí radica el principio del gravísimo problema argentino actual, con solo recordar que hay gente “de la sociedad” cuando nos referimos a la alcurnia oligarca, a esas familias acaudaladas que detentan un poder que hace que sean mas sociedad que el resto, como si pertenecer tuviera un escalafón, ya podemos entender que no somos todos, hay un nosotros, ellos y nadies, citando a Eduardo Galeano. Estamos involucionando en lo cultural, estamos perdiendo la razón y la humanidad. Seguimos siendo una sociedad de animales.
La venganza primitiva es tan ancestral como la creación del hombre ya que esta se dio al recibir un daño por una persona, el agraviado tenía el derecho de poder tomar las medidas que a su parecer eran necesarias y “justas” para resarcir el daño, aunque en muchas ocasiones el castigo llegara a ser mayor al daño recibido, por lo que se podía tener mal visto por los familiares de el agresor, pidiendo ellos que se tomara también justicia a su manera, cualquier castigo que satisficiera la revancha, por lo que podría ser un cuento de no acabar. Así fuimos evolucionando entre genocidio y millones de muertes de los que no eran sociedad, hasta la Roma antigua. Para ellos la justicia se podía resumir en tres preceptos, vivir honestamente, dar a cada uno lo que le corresponde y no dañar a nadie.
Nuestro derecho, el occidental, exceptuando al derecho común ingles, que tomó otros caminos hasta llegar al juicio por jurados y sus sentencias, con un curioso “no inocente”, se basa en gran medida en el muy “progresista” para su época, derecho romano. Hemos tomado la racionalidad pretoriana, sapiencia de siglos. Mientras tanto se está reformando el código penal de la nación en un debate mediático mínimo pero que habla del garantismo como si fuera este, una vía libre para que “ellos” delincan, de la reincidencia y otras yerbas con una ignorancia propia del que se acoda en el mostrador de la carnicería y vende lo que “nosotros” queremos ver. Horas de televisión ametrallando con notas de robos, asesinatos, marcas que te harán feliz, violaciones, vacaciones en brasil, torturas y golpes, un auto para vos y tu familia, pungas, mecheras y afines, un yoghurt para cagar y muchos productos que eliminan el 99% de las bacterias.
Entonces de pronto pero explicablemente, la sociedad del nosotros cansada de tanto crimen, se olvida de su propia humanidad, y decide que ellos merecen morir. La masa enfurecida dictamina que aquel, que forma parte de un difuso ellos, los nadie, no tienen derecho a un juicio justo, a un margen de error, a su integridad física ni a su vida. Y golpean ferozmente al sujeto, ese nadie del que “todos están cansados”. Y lo linchan.
La palabra tiene su origen en el vocablo inglés lynching, al parecer originado a partir del apellido irlandés Lynch. Existen dos teorías al respecto. La primera, que se debe a James Lynch Fitzstephen, alcalde de Galway (Irlanda) en el siglo XV, quien se hizo famoso cuando en 1493 hizo ahorcar a su propio hijo tras acusarlo del asesinato de un visitante español. La segunda teoría se refiere a Charles Lynch, juez del estado estadounidense de Virginia en el siglo XVIII, quien en 1780 ordenó la ejecución de una banda de lealistas sin dar lugar a juicio.
Habrá que decidir si queremos ser una sociedad humana o un conjunto de animales, si ellos forman parte de ese nosotros que llamamos pueblo o directamente actuar como seres primitivos, crueles, pero con la penosa condena de tener inteligencia para saber que un niño no nace ladrón, una sociedad no genera miles de criminales porque sea equitativa y solidaria sino todo lo contrario, tendríamos que pensar que responsabilidad nos cabe a cada uno a la hora de tener las desfachatez de llamarnos sociedad y alentar una selección de argentinos jugando al fútbol mientras cuarenta representantes del pueblo matan un pibe que roba.
Nunca son tan peligrosos los hombres como cuando se vengan de los crímenes que ellos han cometido.


