Hace largamente más de tres décadas, ese maestro del Pensamiento Nacional que fue Don Arturo Jauretche, describió con meridiana claridad y notable simplicidad, las diferencias entre aquella Córdoba tradicional de la primera parte del siglo XX, con la Córdoba tecnológica e industrial en que se transformó desde la masiva irrupción de la industria automotriz y otras diversas actividades industriales y tecnológicas, desde alrededor de los años ’50 del siglo XX a nuestros días.
Aquella imagen bucólica, supuestamente idílica teñida del encanto de lo tradicional –fuertemente conservador- de aquella provincia, que a sus magníficas sierras y a sus producciones agropecuarias, poco y nada de valor agregado le incorporaba, con la excepción de sus bien afamados alfajores y alguna que otra actividad tradicional; escondía la realidad de los profundos contrastes sociales, consecuencia de los bajos niveles salariales, la precariedad y la escasez de trabajo; todo ello característica clásica de las economías primarias y atrasadas.
Jauretche marcaba las enormes diferencias positivas que se concretaron en Córdoba, a partir del enorme crecimiento de la Fábrica Militar de Aviones (transformada en un gigantesco complejo fabril, que daba buen trabajo a varios miles de operarios, produciendo no solo aviones, sino también diversos modelos de automóviles, utilitarios –los conocidos Rastrojero-, tractores y otros productos industriales); situación que mejoró aún más a partir de la radicación de “la Kaiser” (como llamaban los lugareños a Industrias Kaiser Argentina, luego transformada en Renault Argentina); plantas fabriles a las que luego se sumaron las cuantiosas inversiones de Fiat Automóviles, Fiat Tractores y después Fiat Camiones (hoy IVECO Argentina), Materfer (Material Ferroviario), grupos electrógenos y otros; a todo lo cual siguió inmediatamente el crecimiento de las industrias autopartistas; sumado al enorme empuje y creatividad de muchos pequeños y medianos productores de maquinarias agrícolas (resurgidas en los últimos años, y que hoy nos ubican como terceros productores mundiales del rubro).
Con el mismo enfoque nacional y popular, el gran economista sin título específico, que fue Don Raúl Scalabrini Ortiz, narraba en los años ‘50 el profundo orgullo por su tarea –y la satisfacción por percibir un salario mucho mejor que en actividades tradicionales-, de un joven egresado de una Escuela Técnica, que trabajaba en una fábrica de tractores.
Una reciente visita al enorme complejo industrial matriz de la industria JCB, situado en Rocester, Gran Bretaña; productor de diversas maquinarias pesadas para construcciones viales, agrícolas, mineras y de transporte especial; permitió completar las reflexiones precedentes, complementando los análisis referentes a otros complejos industriales y sus fuertes influencias positivas transformadoras; lo que ojos y mente entrenados pueden constatar fácilmente al comparar entornos geográficos y culturales similares, diferenciados por sus respectivas actividades económicas básicas.
En la Gran Bretaña que fuera cuna de la Primera Revolución Industrial, también existen entornos rurales muy pintorescos, cargados de historia y de parsimoniosas actividades tradicionales, como la cría de ovejas. Esos hermosos parajes, jalonados de pequeñas villas, suman a la agricultura y la ganadería los ingresos del turismo, sólidamente basado en el buen nivel de ingresos medios de la población de la Unión Europea, la alta densidad de población, y las pequeñas distancias que sitúan en entornos relativamente cercanos a grandes urbes, a diferencia de Argentina donde las principales ciudades nuestras y de países vecinos pueden quedarnos a varios cientos, sino más de algunos miles de kilómetros de nuestra maravillosa y dilatada extensión territorial.
Pero más allá de esas actividades, el ambiente en áreas rurales tradicionales británicas es parsimonioso, la población tiene mayor incidencia de gente mayor, y no se advierte el movimiento ni el empuje de áreas dinamizadas por emplazamientos industriales.
El caso es que resulta contrastantemente diferente el evidente dinamismo económico y la existencia de mejores condiciones de vida, que posibilitan la radicación de población joven, en un entorno que además de las ovejas, le suma la contundente presencia de uno o más grandes establecimientos fabriles de ramas pesadas y de alta tecnología, como las complejas maquinarias de diversas aplicaciones, del tipo de las descriptas.
Concretar esos cambios requiere vencer las resistencias que suelen ser una negativa consecuencia del ultra conservadurismo, de la falta de visión de futuro, cuando no de la marcada mediocridad de ciertas dirigencias; sumadas a la inexistencia de esos objetivos en el nivel de conciencia de la población; eso es uno de los grandes desafíos de las regiones marginadas y estructuralmente subdesarrolladas de nuestra Argentina, para revolucionar sus estructuras productivas.
Por caso, en Misiones, es realmente impensable se pueda dar trabajo digno y bien pago a la enorme población que tendremos en una o dos décadas; solo con la economía tradicional de la yerba mate, el té, las maderas y otros rubros primarios; sumados incluso al turismo que puede llegar a ser un muy buen complemento.
Ejemplos concretos sobran en el mundo, respecto al indispensable rol dinamizador de las industrias pesadas y la tecnología, en los países y regiones que se benefician con su existencia. Todo ello partiendo siempre de la existencia de enormes y masivas fuentes de producción de energía, como es y será mucho más la hidroelectricidad en el NEA. A esto se referirán próximos artículos, en mérito a la brevedad de este.


