Opinión

En el Día del Maestro

Reflexiones en homenaje a los educadores

Hoy se celebra el Día del Maestro en un contexto internacional y nacional muy especial. El mundo sufre una crisis económica con proyecciones políticas y sociales, que los gobiernos de varios países –entre ellos los de mayor poderío- pretenden enfrentar con medidas de ajuste fiscal, restringiendo presupuestos en las áreas sociales e imponiendo nuevos sacrificios a los sectores más vulnerables de sus poblaciones.

Europa, la cuna del estado de bienestar, desteje a pasos acelerados la inmensa red de protección social que supo construir en la posguerra. Estados Unidos, laboratorio exitoso del keynesianismo, insiste en la aplicación de las recetas que, en su momento, llevaron al desastre a otras naciones, caso de la Argentina.

Entre las víctimas de esos planes de ajuste se encuentra la educación, que deja de considerarse una responsabilidad indelegable del Estado para convertirse en una variable más del mercado, cuya mano es invisible porque en verdad no existe fuera del discurso de los sectores interesados en endiosarla.

Nuestro país, por suerte, marcha esta vez a contramano de ese discurso dominante, junto con otros países hermanos de América Latina. En lugar de reducirlo, se potencia y orienta el gasto público para sostener el crecimiento económico y el desarrollo social. Antes que achicar o eliminar planes sociales se los aumenta y expande para ampliar  la cobertura de los sectores más necesitados. 

En este derrotero que busca alejarnos cada vez más de la trayectoria descendente de norteamericanos y europeos, la educación argentina ha recuperado la centralidad que nunca debió perder dentro de las obligaciones del Estado Nacional. Son de destacar los importantes aportes del presupuesto nacional en educación, ciencia y tecnología. 

Así, se va restableciendo un sistema educativo inclusivo e integrador, fundado por Domingo Faustino Sarmiento con la educación primaria pública, gratuita, obligatoria y laica, y consolidado por Juan Domingo Perón que lo extendió a los demás niveles, inicial, secundario y superior.

Ahora que se ha repuesto su función socialmente contenedora y equilibrante, nuestra educación puede y debe afrontar varios desafíos hacia el futuro:

 

• Revertir la imagen de una educación estatal carente de excelencia, que iguala hacia abajo porque disminuye niveles de exigencia y oculta el fracaso escolar.

• Elevar progresivamente el nivel de exigencia desde la escuela primaria y la escuela secundaria, para que el acceso a la universidad no se convierta luego en un proceso darwiniano de selección natural y brutal. No conformarse con darle el mínimo a todos sino buscar siempre brindarle el máximo a cada uno.  

• Formar docentes con capacidad de enseñar a aprender y de motivar a los alumnos para el aprendizaje permanente.

• Dicen que educar es difícil, pues es una exigencia del educador consigo mismo. Se espera de los docentes que muestren inteligencia, paciencia, psicología y competencia profesional. Se les pide que den lo mejor de sí mismos. A la par de estas exigencias hay que reconocer cuánto se degradó su tarea por razones económicas, condiciones laborales y pérdida de reconocimiento social. Es necesario reivindicar y jerarquizar el trabajo del educador. 

• Brindar en las aulas mayor espacio a la observación, a la experimentación, a la representación y a la aplicación de los conocimientos.

• Despertar y estimular en los alumnos las aptitudes intelectuales para desarrollar un pensamiento crítico. De nada servirá facilitar el acceso a las nuevas tecnologías si éste produce semianalfabetos funcionales que sólo aprenden a pulsar botones de juegos y accesorios.

• La voluntad política es necesaria pero no suficiente para impulsar un proyecto educativo. Requiere del compromiso y la participación activa y conjunta de los educadores, los padres y la sociedad. Claramente, la política familiar forma parte del proyecto educativo. 

 

Por Josefa Prada y Carlos Holubica