Yo fui uno de los culpables de 1982. El año anterior, en las conversaciones en mi universidad de Oxford, cuando mis colegas y yo desestimábamos el conflicto de Malvinas como algo trivial, la visita de un mandatario argentino nos dio la impresión de que Gran Bretaña no lucharía por un trofeo tan vano. De hecho, eran pocos los ciudadanos británicos que se preocupaban por «un territorio lejano» del que se sabía muy poco. La inferencia, sin embargo, de que no se pelearía por una cuestión de principios, era falsa.
Gran Bretaña no tenía prácticamente nada de valor material en juego en las islas en el momento de la invasión, el 2 de abril de 1982. Sin embargo, permitir que la Junta invadiera las Malvinas con impunidad era casi tan impensable como permitir a Hitler tomar Polonia. El recurso a la violencia pone en peligro la paz del mundo, ya que las diferencias entre las partes podrían haberse resuelto con compromisos modestos. Hoy, 30 años después de la guerra, dos acontecimientos se suman a la controversia que aún existe más allá de la esperanza de un resultado razonable: en primer lugar, los efectos de la guerra; luego, una revolución en las perspectivas económicas de las islas.
La guerra exacerbó los sentimientos y generó negociaciones difíciles de imaginar. Ambas partes se envolvieron a sí mismas en una ridícula rectitud y una condena mutua poco razonable. En el día de la invasión, un amigo mío argentino se subió a un taxi en Park Lane, sin saber que habían estallado las hostilidades. «Yo soy de Argentina», anunció alegremente en respuesta a la pregunta curiosa del taxista sobre su procedencia. «¡Fuera del auto!» ordenó. «No voy a llevar argentinos sangre fría».
Unos meses más tarde, cuando la guerra había terminado, mi esposa se sorprendió con un gesto un poco más cortés de un peregrino argentino en las escalinatas de la catedral de Compostela. Solemnemente le estrechó la mano, explicando que él la eximía de responsabilidades por la malevolencia, la piratería, los crímenes de guerra, las atrocidades y la agresión cometidas por su gobierno. El peregrino era más bonito que el taxista, pero ambos mostraron la ignorancia insuperable que divide las partes.
De alguna manera, la guerra le hizo bien a los dos países. Los británicos disfrutaron de una extraña oportunidad para auto-felicitarse por la victoria, cuyo heroísmo exageraron y cuya brutalidad pasaron por alto en gran medida. Los argentinos, por su parte, pudieron reemplazar a la dictadura por la democracia y consolarse con la idea de que Albion (antiguo nombre de Gran Bretaña) sólo había triunfado, como de costumbre, de manera tramposa – disparándole al Belgrano por la espalda y restableciendo el colonialismo a punta de bayoneta.
En parte como consecuencia de estas ilusiones reconfortantes, ninguna de las partes pudo recordar la guerra con realismo, o evaluar su locura con objetividad. Para entender a la Argentina, se debe apreciar que el ciudadano medio concibe el pasado de su país como una historia de fracaso y frustración. Dios, creen los argentinos, los destinó a ser una gran tierra, pero en muchas oportunidades ellos han destruido Su obra, permitiendo a los dictadores reprimir sus virtudes y a los extranjeros robarles sus recursos.
La inercia de los conscriptos para enfrentar a las fuerzas británicas era comprensible – de hecho, sensata, si tenemos en cuenta el agravante caprichoso de que han tenido que dar su vida por unas islas sin valor o para satisfacer la vanidad repugnante de General Galtieri y sus secuaces. Pero lamentablemente la derrota fue motivo de vergüenza y de evasión en un país cuyo himno nacional termina con el grito: » Oh Juremos con gloria morir!»
Los británicos, a su vez, fueron víctimas de la maldición del gitano: «¡Tendrás guerras – y las ganarás!» La victoria implicó terribles costos para su penosa economía y una pérdida de recursos en defensa e inversión. De alguna manera, los gastos debían ser justificados y, si era posible, recuperados, haciendo un acuerdo a futuro con Argentina. La oportunidad de deshacerse de una colonia inútil, sin valor se había transformado en la obligación de aferrarse a ella a cualquier precio. Los cambios económicos comenzaron a llevarse a cabo, desesperanzando aún más las perspectivas para una paz duradera. En primer lugar, en la década de 1990, la pesca de altura se volvió altamente productiva, y las flotas de todo el mundo quisieron licencias. Luego, – de manera decisiva – en la década siguiente, las posibilidades de una rentable explotación de petróleo se multiplicaron.
Una vez que se filtran los rumores de petróleo, éstos envenenaron las negociaciones así como las manchas ensucian el mar. Las partes en controversia pasaron a pronunciar una retórica poco convincente. El canto monótono de los derechos de los isleños a la autodeterminación dominaría el discurso del lado británico, como si el puñado de personas en cuestión no pudiera ser fácilmente satisfecho – de hecho, comprado – con tantos recursos a la mano. Argentina continúa adolorida en sus entrañas por la injusticia de la incautación inicial de Gran Bretaña de las islas en 1833, como si algo eso importara ahora. El dominio británico continuo se basa en una cuestión más de fondo. Cuando las islas no eran importantes, su destino habría sido fácil de resolver. La magnitud del problema ha aumentado con la magnitud de las apuestas.
Hubo un momento en la década pasada, cuando Gran Bretaña y Argentina podrían haber accedido a compartir la bonanza. Pero, al igual que la Junta esfumó la posibilidad de una solución racional en un acto de locura en 1982, el presidente Néstor Kirchner arruinó la esperanza de un acuerdo en 2007 mediante el repudio unilateral hacia la existencia de protocolos de intercambio de recursos. Creyó que estaba conmemorando el 25 aniversario de la guerra, distrayendo a su electorado, logrando una pose heroica, y haciendo un esfuerzo meditado para un mejor acuerdo.
Se equivocó en todos los sentidos. Excluyó a la Argentina de una participación en la creciente apuesta por las ganancias e hizo imposible para los gobiernos de Gran Bretaña devolver lo que Argentina había perdido. Su viuda, que ahora ocupa la presidencia, ha quedado sin otra opción que la de justificar o encubrir su error a posteriori. Su bravuconería no puede cambiar la situación. Puede, quizás, ocultar la verdad. En cualquier caso, el problema sigue siendo insoluble: Argentina no puede renunciar a sus pretensiones. Gran Bretaña no puede darles cabida.
Hoy las islas están muy insuficientemente defendidas y, si Argentina fuera a invadir, probablemente habría poco apoyo internacional para el Reino Unido en esta ocasión. Las grandes petroleras desplazarían su lealtad a los vencedores. Esto no va a suceder, pero sólo porque Argentina es ahora endeblemente democrático y sus ciudadanos no van a votar por más guerras como las gallinas para la Pascua. En cambio, podemos ver un largo período de detenimiento, mientras que los isleños se hacen ricos y las relaciones entre Gran Bretaña y Argentina se estancan.
Cuando se avecine la próxima oportunidad para un acuerdo – probablemente en algún momento durante los próximos 20 años, con la renegociación de los acuerdos internacionales sobre la explotación de la Antártida – podría ser posible la transferencia de la soberanía en voz baja, mientras se reparten amistosamente los recursos que quedan. Tal vez entonces seremos capaces de admitir la verdad: no importa quién gobierna las Falklands – o si las llamamos Malvinas.
Los libros de Felipe Fernández-Armesto incluyen «Las Américas: Una historia de dos continentes»
Fuente: The independant; Sabado 31 de marzo de 2012



